Las mil y una noches (nana)

Ea, ea, ea… arrorró, mi niño, a callar, ¡que vas a despertar a todo el ferry!

Almería ya se ve, ya se ve, ya se ve. Apenas quedan seis horitas y, si te duermes, se pasará enseguida. Cuando te duermas, te contaré una historia… ea, ea, ea. Déjate mecer por este Mediterráneo que ya cambia su nombre, por mi mano de luna que ya va apareciendo. Cuando cierres los ojos, te contaré una historia. Si la escuchas ahora, ya no podrás dormir.

(Trasmediterránea. Barco Sorolla.
Fecha: 27-mayo-2015.
Nombre: Massud Gazali.
Ruta: Melilla – Almería.
Salida: 23:30 horas. Llegada: 06:15 horas.
Tipo de pasaje: Butaca.
Precio: Niño – 21,50€.)

Pequeño, éste es el cuento, su cuento, aunque bien podría haber sido tu cuento. A él también lo acunan esta noche las olas: soy la luna que pasa y quiere reanimarlo,
luna redonda de luz de faro.

También él, como tú, tiene hoy colchón de piedra: el tuyo es este suelo de ferry que te ronca bajo las mantas, el suyo son las rocas de Melilla, España. Duerme vacío en un acantilado de Melilla, Europa. Allá abajo hace el frío (ea, ea) del africano hielo…

(El Faro Digital– Notas del redactor. Sección: Sucesos.
Fecha: 27-mayo-2015.
Nombre: por identificar.
Edad: 15-17 años.
Posible causa muerte: intentar acceder ilegalmente a un ferry.
Lugar hallazgo cadáver: acantilado bajo el faro.)

Ea, ea, ea, mi luz tibia será
Ea, ea, ea, su cirio y tu candil.

ilustración

Ilustración de Henar P.

Cada año, varios menores de edad mueren en la orilla africana de nuestro país al intentar colarse en los barcos que cruzan a la Península. Como imagináis, no lo hacen por los métodos convencionales, sino de noche, descendiendo por los acantilados para introducirse en los ferrys sin ser vistos. Cada noche, muchos niños con pasaporte (casi todos marroquíes o españoles, o la dos cosas) cruzan el Estrecho acurrucados entre las mantas que sus padres colocan en el suelo, entre las butacas, pues los camarotes son mucho más caros.

Esta historia sobre niños, aunque no para niños, fue la que presenté al concurso de microrrelatos de Amnistía Internacional Madrid. No gané, pero me gustó mucho el que ganó; y espero poder contaros algún día por qué.

La pintada

El primer lunes después de Año Nuevo, Eugenia y María Teresa se encuentran, como siempre, frente al hogar del jubilado de la Huerta de la Salud. La una pasea un perro minúsculo, la otra su carrito de dos ruedas, vacío todavía (“¡No, no!” Suele exclamar cuando lo trae lleno. “No me entretengo que se me descongelan los congelados”).

Eugenia viene arrebolada, compungida. Tira del animal sin compasión y éste chilla con la vejiga desbordante.

– ¡Señora Teresa! ¡Señora Teresa!

– ¿Qué le ha pasado, doña Eugenia? – pregunta agitada su vecina.

– ¡Ay, qué disgusto! ¡Ay, qué-dis-gus-to! – los años traen consigo un deseo de hacerse de rogar y la señora Eugenia tiene ya una edad. No la sabemos. Sería feo saberlo.

– ¡Cálmese! – María Teresa va a llorar y no sabe por qué – Cuénteme qué ocurre.

La señora Eugenia se toma su tiempo. Se saca un pañuelo del bolsillo del chaquetón y duda entre limpiarse la lagrimilla, el moquillo o el sudor de la frente. Ante esta explosión de fluidos, el perro se hace pis por solidaridad; pero ni por esas consigue algo de atención. Las mujeres consensúan en silencio acercarse a un banco. Se estiran bien el abrigo para forrarse el culo: la madera está húmeda de la noche anterior y no quieren mancharse ni coger cistitis. Así lo comenta María Teresa aparcando el carrito frente a ella, como en doble fila.

– La cistitis es lo que menos me preocupa, amiga – responde una todavía angustiada Eugenia, terca en la intriga, mirando a su alrededor con desconfianza.

– Dígame de una vez qué es lo que ha visto, qué es lo que le han dicho.

– Pues… que parece que tenemos otro criminal suelto en Hortaleza, fíjese.

– ¿Otro? – se sulfura María Teresa – ¿Pero cuánta gentuza vive en este barrio? ¡Virgen Santísima!

– Pues sí, sí, figúrese usted, que después de aquel pederasta que secuestraba niñas en los parques y del estrangulador del otro día, todavía nos debe de quedar alguno suelto.

– ¡Esto con Franco no pasaba! O si pasaba, no se veían tantos. Se quedaban en casita. La gente de hoy en día no sabe ser discreta – María Teresa suspira nostálgica y retira la tapa del carrito, como si quisiera encontrar aquella época al fondo de ese pozo oscuro. Después le sobreviene una duda sobre las fuentes – ¿Pero cómo se ha enterado usted, doña Eugenia?

– Huy, ¡he visto una pintada donde lo acusan! Allí, allí en el hogar del jubilado.

– ¡Serán cochinos! – se altera María Teresa – ¿No pueden avisarnos de otro modo?

– Ya ve. Pues dice hasta el nombre. Un nombre rarísimo – afirma Eugenia.

– Será extranjero, como todos los criminales que vienen a este país. ¿Me lleva usted a ver la pintada?

– Con mucho gusto.

Las mujeres se cogen del brazo como dos amigas. El perro, en su alivio, se despereza lentamente y luego se ve arrastrado de nuevo. Los tres caminan a la misma velocidad y piensan en qué van a comer y a quién van a contar la anécdota del criminal y del orín, ambos fugados.

– Lo que usted decía, señora Teresa. Extranjero, seguro. Me apuesto mi medallita de la Virgen del Carmen.

– ¿Quién será? Suena como italiano – aventura doña Eugenia – Lo mismo ha venido en patera.

– Lo mismo es moro. A saber.

– Vámonos a casa, que aunque ahora es de día, nunca se sabe.

– Sí, sí, yo ni voy al súper. Además, ya me estará esperando mi marido.

Se separan sin despedirse, como se hacía antaño en los pueblos, cuando tenías la certeza de que en unas horas volverías a ver a la otra persona y en vez de “adiós” simplemente decías “venga” o “hale.” Apresuran el paso en la medida en que se lo permiten las articulaciones.

El pobre perro no quiere irse a casa y tuerce el morro. Apenas acaban de salir a la calle y ha tenido que hacer sus necesidades en condiciones irrisorias. ¿Qué menos que un paseo por el césped para jugar un poco con las hojas muertas? Todo por culpa de aquel criminal, piensa mientras gira la cabeza para ladrar con rabia a la pintada: “PATRIARCADO ASESINO”.

Por qué Pérez-Reverte debería dejar de intentar educarnos

Si mañana no tuviese que estar en el metro desde las 8:00 hasta las 9:00, tal vez habría esperado a Arturo Pérez-Reverte en la salida del Teatro Español tras asistir a la presentación de su último libro y, al saludarlo, le habría recomendado una serie documental: Cosmos, un remake de la FOX sobre los orígenes, la composición y el funcionamiento del universo.

Creo que el autor podría aprender mucho de un producto cultural que, como el suyo, llegará a miles de mentes jóvenes recomendado por sus profesores y que, de nuevo como el suyo, cuenta con el respaldo de una enorme empresa que le garantizará dicha audiencia masiva. Y lo creo porque ambos comparten la pretensión de envolver en papel de caramelo una asignatura obligatoria. ¿La diferencia? Que Cosmos agarra de la mano al estudiante y Reverte lo bendice desde un trono. Que Cosmos nos arranca suspiros de fascinación y Reverte, de resignación.

Tengo que ser franca desde el inicio: mi opinión hacia el escritor es un péndulo. Me cayó simpático en una entrevista telefónica en la universidad y ahora, en persona, me ha gustado su tartamudeo, propio de quien tiene el cerebro más veloz que la lengua; e incluso en un momento de la conferencia he pensado que tenía ciertos gestos de Karlos Arguiñano. Pero soy incapaz de perdonarle dos cosas: primero, su frivolidad con las mujeres, que he constatado en varios de sus artículos, y que hoy ha provocado las risas del auditorio (“Sí, la que se salvó fue la fea, a las demás se las llevaron a burdeles en Serbia, y os voy a decir algo, ¡sí que era fea!”) y segundo, su faceta de héroe pesimista.

Me refiero  -y no quería usar esta referencia precisamente hoy- a su constante necesidad de salvar España aunque, según él, estemos condenados sin remedio. A que tome siempre como punto de partida nuestra ignorancia. Me indigné, por ejemplo, cuando presentó su adaptación del Quijote (avalada por la RAE) de la que muy orgulloso eliminó “lo que le sobraba”, como si quisiera convencernos de que nuestros dientes no son aptos para masticar porque aún son de leche. Ahora, con La Guerra Civil contada a los jóvenes, me ha recordado a Luis Alberto de Cuenca escribiendo aquello de “yo no creo en la igualdad”, en su poema Political incorrectness. Huir de lo políticamente correcto no debería confundirse con el insulto, puesto que al menospreciar al lector, Reverte se aleja de él y establece dos estratos. Cae en dos errores de los que supuestamente carece su libro: la generalización y la clásica división de España en dos bandos. En resumen: el autor quiere, sin conseguirlo, desterrar la idea de un conflicto con ‘buenos’ y ‘malos’.

Pues bien, yo añado: ni listos, ni tontos. Está bien adaptar el Quijote, está bien contar la Guerra Civil a los jóvenes. Hacer pensar, sí, pero no desde la violencia intelectual, que recuerda a Jordi Évole y a su falso documental. Ambos parecen advertirnos de que tenemos que indagar más en nuestro pasado y para ello nos llaman idiotas. Y no es necesario.

La juventud, ha dicho hoy Pérez-Reverte, es ignorante; y la juventud, ha dicho hoy Pérez-Reverte, es cobarde (“nuestros abuelos se habrían abalanzado contra los kalashnikovs”, dijo refiriéndose a los atentados de París.) No es justo para los que estamos intentando hacerlo todo, verlo todo, conocerlo todo y no decepcionar a nadie en el intento de mantenernos a flote sobre la incertidumbre económica.

Pese a que el libro va a estar sobre muchos zapatos esta Navidad, no me parece una buena táctica de acercamiento hacia mi generación ni hacia las venideras, que deberán utilizar las palabras de Pérez-Reverte quizás como cimientos, pero nunca como ventanas. Superarlo, en definitiva. Porque él es como el profesor que me provocaba tanto miedo en la E.S.O., el que me hizo creer que yo jamás serviría para la física. Por suerte, siempre me quedará Cosmos.

 

 

 

No hace falta

Hay tanto por hacer
y la mitad ya no nos interesa.

El tiempo, estático, se me ha pegado a la sartén.

Siento un escalofrío que recorre mis hombros con su ciempiés travieso. Somos -¿lo somos?- una mera pieza en el engranaje evolutivo. Atesoro, a ese fin, suerte de anchas caderas, reprobación del otro y risa del espejo. Tengo el culo cuadrado de sentarme y la imaginación en un coma inducido.

No quiero ser mañana herramienta que apriete los óxidos de otras generaciones. Quiero parir buñuelos, cucarachas, caminos y violetas. Abandonar de pronto la línea de montaje para poner un huevo y que no venga lleno. La evolución no puede hacerse repitiendo. Quiero huir de las redes del pensamiento opaco y celebrar las máscaras sólo en los carnavales.

(¿Qué será sin mí el mundo, sino el mismo?)

No quisiera campar a través de la sombra. No al reguero de sangre del sofá de la tarde. No al ladrón. No al cobarde. Sí al pegamento salvo para sueños de plástico. Muerte al ya me da igual y así basta. Sí a dos tazas que hablen encima de la mesa; sí paciencia y esfuerzo de procurar llenarlas. Sí a la dulzura tibia que impregne nuestras pieles de la forma en que ellas decidan que suceda. Muerte a las sobredosis y muerte al arrepentimiento por dichas sobredosis. Cauces a las ideas, y -prioritariamente- acceso a esas ideas: goteros, rampas, puentes, símbolos y sillas bien incómodas. No olvidarnos regar, ni los grifos abiertos. No olvidarnos secar nuestras inundaciones.

El derecho a tachar.

Uno de los mejores profesores que he tenido nunca, cuyas frases, consejos y lecciones todavía recuerdo y aplico, me impedía tachar cuando escribía.
Me espiaba por encima del hombro durante los exámenes, me ridiculizaba delante de mis compañeros por lo que él consideraba otro defecto de mi caligrafía y me bajaba las notas por tamaña estupidez.
Yo era su mejor alumna y él lo sabía. Había leído cien libros más que el resto de mis compañeros, algunos muy por encima del nivel Barco de Vapor que él nos hacía leer. Seguro que no los entendía, pero de ellos saqué cositas curiosas que intentaba regalarle en mis redacciones. También me apunté a sus clases de teatro y gané un concurso de escritura en nombre del colegio. Pero no le bastaba.
“No taches”, me decía, interrumpiendo su propio discurso para detenerse junto a mi pupitre y apretar sus dientes y mi antebrazo. Otras veces lo interrumpía desde la pizarra: Beatriz, deja de dibujar y atiende.
Al margen de mis márgenes llenos de horror vacui y flores y peces y cenefas y quién sabe qué, muchas veces era yo la que más se interesaba por lo que estaba explicando. Lo de dibujar mientras escucho lo sigo haciendo: un día se subastará todo lo que garabateo mientras hablo por teléfono con mis queridos clientes del averno.
Quien pudo haber sido una fuente de inspiración para mí, terminó por provocarme una mezcla de temor y aborrecimiento, tan solo porque quiso que me adaptase a ciertas convenciones que todavía hoy considero absurdas e intento desterrar de mi vida, semejantes a pensar que una persona es peor por llevar sucios los zapatos.
Equivocarse no es delito: es la base de la educación y de la creatividad. Es una forma humilde de intentar superarse a uno mismo. ¡Vivan los tachones y los nudillos manchados de tinta!

Qué cursi soy.

Estoy convencida de que sus ojos son hojas, compost reinventado con el rocío de la mañana, maraña traslúcida que se nublará de cataratas con los años. Son hojas frescas porque están recién muertas, hojas aún calientes que crujen al pestañeo, sopa de hojas para tocar fondo los domingos de invierno. De lo que no estoy muy segura es de si fue allá fuera, allí dentro, donde me ocurrió el accidente. Recuerdo que tenía los pies muy fríos, aunque no lo suficiente como para no notar un hongo enorme y asqueroso que deshice con mi botín. Llevaba el abrigo azul, tan bonito como inútil, como una gota de cielo. Todo lo demás, todo lo que alcanzaba a ver (guantes, pelos, zapatos; y bajo ellos la alfombra vegetal; y sobre ella, algo inquietos, los árboles) era marrón, turrón de chocolate con almendras. Tras destrozar la seta, me agaché sin saber a quién socorrer. Fue un impulso similar al de opinar sobre un asunto que desconoces, fue ridículo e infructuoso, un abrazo a quien no lo está pidiendo. En aquel momento me sentí víctima y asesina en aquel paisaje dicromático. Clavé las rodillas en la podredumbre de hojas, el alma desnuda como las ramas que intrincaban mi corona de espinas. Yo era la terrible excepción del pergamino, una intrusa que aplastaba señales, mancillaba alimentos, evitaba un fatal desenlace o un sueño eterno. Aquel hongo, desmenuzado, desaprovechado, se disolvía en la tierra que me lo había entregado, enmudeciendo para siempre en esa inmensidad homogénea que es la savia que porta nuestros recuerdos. Tras oficiar un íntimo funeral para el hongo, recité, aún de rodillas, una breve oración a los dioses que guían nuestros pasos; y lancé un beso amistoso a los diablejos que les hacen cosquillas en los sobacos. Después me acurruqué y escondí la cabeza bajo el cuerpo, para convertirme en un azul-redondo punto-y-seguido. (Nota: En esta postura puedes siempre proyectarme hacia tus propios bosques, como por una puertecilla de gato, y así saldré rodando del interior de tus pupilas hacia algún otro encuentro.)

Berlín, octubre de 2012.

Uno ha de contemplarse en la intemperie. Uno sólo puede contemplarse en la intemperie.
Hay que abalanzarse contra la soledad; pillarla con los ojos cerrados: verse entonces.
A uno debe cogerle desprevenido el equilibrio. La danza ha de entrar en el cuerpo antes que en el cerebro, antes en el papel que en la memoria. Los árboles deben saber del fuego para hacerlo aliado o contrapeso, para enviar la orden a sus ramas de luchar contra él, o acariciarlo.
Uno ha de competir contra la nada para sentirse algo.
Hay que gritarle al viento sus respuestas, aunque nunca se calle.
Uno ha de comprenderse y después comprender, o quizá en simultáneo.
Los abrigos se nos quedan inútiles en los climas templados.
Uno ha de provocar adversidades, pequeñas, brillantes alfileres, diamantes que adornen la existencia, que molesten al rato.
Uno ha de valorar cuatro paredes para tener derechos en las calles.
Uno ha de agradecerle al mundo su morada, sus duelos, sus fantasmas, los miedos que le producen sus sombras sucesivas sobre las paredes, las identidades ocultas que lo pueblan.
Uno ha de alabar su capacidad para ser tantos.
Uno ha de admitir la derrota de no caber en nada.
Uno ha de temer al ataúd y al odio, ha de beber palabras y lanzarlas, (¿llamaradas de alcohol, vicio cirquense?).
Uno ha de coger aire al despertarse y sentirlo un intruso, un invitado.
Tal vez forjar la supervivencia a base de vivencias.
Uno ha de descartar, tras varias rondas, luchar contra la muerte. Aunque hay que preocuparse, naturalmente, de con qué gesto le daremos la bienvenida, sosiego, acoso, saludo ingrato.
Uno ha de vivir lo suficientemente cerca de sí mismo como para no verse.

Ervin mirando al cielo

Hace poco más de un mes, conocimos a Ervin en Sarajevo, Bosnia. Fue una de esas sorpresas que la vida te prepara para enseñarte algo, algo que no sabes reconocer ni nombrar. Ervin fue un niño cualquiera hasta que las bombas cayeron sobre las calles en las que jugaba; entonces tuvo que huir y refugiarse en España. En lo personal, no todo le fue bien. Sin embargo, su entereza, su pasión por contar y su alegría parecían querer borrar de su existencia cualquier mal recuerdo. Al hablar, formaba una especie de bola con rencor y odio, la lanzaba hacia el cielo y provocaba fuegos artificiales. Todo un ejemplo para mí, para mis compañeros de viaje y para el mundo, de cómo transformar la muerte en arte.

Quise coger el testigo contando la historia de Ervin y lo hice en Extra Fantástica, de Radio 3.

http://www.rtve.es/alacarta/audios/extra-fantastica/descubrimiento-ervin-mirando-cielo-merope-almaraz/2776453/

PD. Las llamadas ‘rosas de Sarajevo’ son un recuerdo a las víctimas de la ciudad durante la guerra a principios de los 90. Se decidió rellenar con pintura roja los cráteres provocados por el impacto de las bombas.

Tarea periodística

¿Tú adónde crees que vamos mientras dormimos?

J.: Yo creo que nos vamos a un cafetería, a tomar café con la gente que queremos mientras nuestras mentes se lo pasan bien jugando ahí fuera.

L.: Nos perdemos. Ayer conocí a gente nueva en mis sueños. Me dio pena despertar y ver que no existían. De esto te puedo hablar horas. Nos perdemos en nosotros mismos. No sabemos lo grandes que somos. Hay veces que recuerdo lo que soñé mucho después.Veo algo e instintivamente lo asocio. Quizás los déjà vu tengan algo que ver con esto. De que en algún momento hemos soñado con algo parecido.

E.: A limpiar el cerebro de sobrecarga informativa, dicen. Yo creo que es algo más. Quizás no tanto como que los sueños tengan un significado clarísimo; pero sí muchas veces me salen las situaciones y las personas que me preocupan. A lo mejor son autoconsejos que no entendemos.

N.: Supongo que no nos vamos a ningún lado porque no dejamos de estar conscientes, aun sin recordar lo que soñamos o cuándo caímos en el sueño exactamente… sabemos que estuvimos dormidos.

A.: A la vida que nos dejamos atrás sin vivirla por miedicas. Aunque a veces nos adelantamos, como para avisarnos de que no la volvamos a liar en el futuro. De ahí los déjà vu. Yo siempre que tengo uno me pongo en guardia.

P.: Siempre he soñado que lejos. Creo que los seres humanos tenemos la increíble suerte de poder cerrar los ojos e irnos lejos. Y dejar que nuestra imaginación nos lleve. Por supuesto, a medida que nos dormimos, controlamos nuestra imaginación menos, y los sitios a los que vamos son más peculiares, aunque sean conocidos. Te deseo un buen viaje esta noche.

Bloglobo

Soñar es peligroso. Los gobiernos lo prohíben, la Historia lo documenta, la Literatura lo avala y los padres disuaden a sus hijos de hacerlo.

No veas esa película, que luego sueñas. Anda, no digas tonterías. Vaya imaginación tiene este niño. No pintes las paredes. No ensucies, no te ensucies, no me ensucies (el suelo.)

Nunca creí en la cigüeña como mensajera. Me parecía inseguro depender de un animal al que, durante su larga travesía migratoria, seguramente le acosara el hambre y confundiese los sonidos de ese diminuto recién nacido con los de un ratón. Además, tratándose de una cigüeña española, no cabe duda de que el encargo llegaría incompleto, víctima de una picaresca con pico.

Ya he dicho alguna vez que yo creo en los globos. Quizás porque hubo muchos en mi infancia, siempre los he relacionado con lo primordial. El útero es casi un globo, un globo de agua que se hincha hasta que explota. Yo elijo creer que todos llegamos en globo: sobrevolamos los encrespados lomos de montañas ancestrales, ya canosos; atravesamos los fríos vientos marinos; miramos las ciudades con curiosidad como desde un avión, distinguiendo piscinas y estadios de fútbol.

Un cordón umbilical nos une a nuestro globo, que permanece invisible sobre nosotros, uniéndonos con nuestra preexistencia. Es por ello que nos cortan ese hilo para traernos a la realidad; con la esperanza de que el globo se pierda en sus eternidades. O mejor dicho que lo perdamos de vista, que olvidemos nuestra conexión con él.

Todos sentimos, de vez en cuando, esa conexión. Quien la busca sin descanso es poeta, quien siente nostalgia de ella es soñador y quien la recupera a intervalos mientras duerme es humano.

Mientras se es niño, el vínculo con los sueños es más fuertemente recordado, por ser más reciente la separación. El adulto lo refuerza inconscientemente con cuentos y bromas. El sueño es lícito en la niñez. Se entiende como efímero y por tanto se perdona.

Sin saber mucho de física quiero creer que la adolescencia es una etapa clave, en la que el globo ejerce una presión vertical máxima. Es lógico pensar que tira tanto que se produce en la persona un crecimiento inusitado, en cuerpo y mente. Si el adolescente no cuida la relación con su más allá –tarea harto difícil porque ese más allá no es un hecho, sino solo una intuición– el globo huye. Y aunque lo vigile, rondándole hasta la muerte desde lo alto, apenas vuelven a comunicarse.

Si por el contrario, el adolescente refuerza ese nexo, el globo se mantendrá fiel y cercano por bastantes años más; a veces incluso para siempre. Ayudan a alimentar la relación los libros, las preguntas y las situaciones sentimentales complicadas.

En todo caso e independientemente del camino elegido (¿?), el choque contra la generación anterior, dueña de las tijeras de la razón, es cuestión de tiempo y prácticamente ineludible. Para aquellos cuyo globo es ya un puntito diminuto, es mucho más sencillo adaptarse a la opinión general, porque los sueños se les convierten en estrellas y se les confunden entre los ajenos. Los que persiguen sueños originales, por el contrario, tienen que saltar muro tras muro; se vuelven ágiles atletas de la dialéctica; se sientan frustrados en los arcenes; se resisten a rendirse y al día siguiente se rinden; pero un día después se reincorporan a la carrera. 

Todo esto da lugar a adultos comodones, por un lado, y a adultos cansados por el otro; que se convierten respectivamente en viejos topos, los primeros, y en viejos búhos, los segundos. La diferencia reside en que los viejos topos luchan en vano contra sus oscuridades; pero los viejos búhos se adueñan de ellas. Poseen un sol que flota, porque no han olvidado.