Y cero.

 

 

CERO 

Según el Libro, el ser humano se desprende al nacer de un gran Árbol con infinitas ramas. Cada rama termina en un fruto. Los frutos que son arrancados a la fuerza, suelen bañarse en un sinfín de comodidades inadvertidas durante toda su vida. Aquellos otros, sin embargo, a los que la casualidad hace caer, chocan contra una tierra reseca que nada les dará excepto pisotones de miseria, viles ladrones de su jugo. En el Árbol, todas las ramas se entrecruzan formando una red que atrapa el sentido de la existencia.

Cuando sopla el viento en la tierra de los vivos, cada individuo se ve a sí mismo catapultado hacia la vida de otra persona. Dependiendo de la intensidad de estas ráfagas, los encuentros pueden ser instantáneos o durar hasta el momento de la muerte; no obstante, lo cierto es que casi todas las uniones abarcan unos cuantos meses, lo suficiente para que esos dos seres queden inscritos.

Y es que, como cuenta el Libro, cada vez que dos individuos se cruzan en la tierra de los vivos, una historia comienza a escribirse en algún lugar. No hay dos historias iguales: las de las madres y sus hijos suelen ser fuertes, intensas, enormes; pesan bastante las de los amores frustrados; apenas hay información en las tiernas amistades de la infancia.

Según practiques la vida en la tierra de los vivos, así será tu recompensa en la tierra de los muertos. Si lo haces bien, al morir podrás pasar a la Sala de Lectura, donde te esperarán  todos los registros que conforman tu existencia. Cada uno de ellos contará tu relación con una de las personas que has conocido y tendrás la oportunidad de revivir tus mejores momentos durante toda la eternidad.

Si lo haces mal, por el contrario, te verás condenado a una muerte fría y sin recuerdos; te engullirá la tristeza y jamás podrás volver a trepar al Gran Árbol del Sentido.

I.

Era de una belleza insoportable. Guardaba trocitos de bizcocho en el bolsillo izquierdo del mandil y miraba pasar los tricornios amparada a la sombra, tras su cortina de fideos, mientras afuera el mundo se derretía al sol.
Le gustaba andar descalza para notar las diferencias de temperatura en las baldosas. Se escabullía en cuanto parpadeabas un poco más intensamente de la cuenta; y corría a perderse entre aquel mar de olivos que escoltaba su casa. Una vez, estuvieron buscándola toda la noche y al alba, la encontraron dormida en una rama a punto de quebrarse.
Tenía suerte, malicia y ganas de vivir.
(También tenía unos zapatos, pero los tiró al río.)

Cuando le diagnosticaron tasbamia, la enfermedad del silencio, no temió por su vida pero tuvo que confesarle al especialista que temía por su muerte.

¿Esa vieja alondra? Le respondió él. Tranquila, te ha cagado en el hombro, pero no en la cabeza. Y salió de detrás del biombo dejando tras de sí un rastro de confusión, unas huellas visibles de suerte dorada y una seguridad bastante convincente, pese a que él nunca había tratado a una paciente como aquélla.

Creció y la existencia le regaló todos los dientes que se había llevado el Ratoncito Pérez. Cuando tocaban las campanas, los enseñaba todos y su sonrisa iluminaba la estancia con la misma intensidad que los televisores de los solteros: un poco triste, quizá ignorada, pero lo suficientemente brillante como para calmar a sus allegados.

Después de misa, jugaban a las cartas. Lo que pasaba era que ella sólo hablaba lo necesario, decían los muchachos para autoconsolarse, y porque el ser humano siempre quiere no sólo buscar una razón, sino tenerla. Y es que sus ojos parecían impregnados de puro azar.

¡Tú siempre ganas! Y ella les respondía con una mirada indiferente.

Años más tarde, piensas que tenía sentido aquello de “sumergirse en la lectura” porque, si sujetas por el lomo un libro de pastas blandas y lo agitas como un abanico, emite un sonido que recuerda al chapoteo de los pies en el agua. Por averiguar esto te han expulsado de clase con carpeta, dignidad y prisas, tus tres rasgos distintivos pero tan de moda por aquí. En el baño te esperaban unas gotitas impertinentes. No sabes adónde ir y el césped se convierte en un mullido lecho en el que recostar tu imperturbable disolución de ocio y cargo de conciencia.

II. 

Mercè terminó de hacerse las trenzas estirando con tres dedos la pequeña goma negra y enrollándola en la punta del pelo con un gesto automático y acostumbrado. El sol lucía radiante y hería los cristales, que actuaban como lupas en sus pupilas recién levantadas. Parecía mentira, ¿cómo era posible que Alphonse no se hubiera despertado? En el norte, recordó, aunque estén agradecidos a cada rayo de sol, ni siquiera lo notan cuando se les intenta colar en los sueños.

Mercè se apoyó en las plantas (un 37) de los pies y el suelo frío crujió. Su rodilla derecha chascó y ella cerró los ojos pensando “mierda”, mientras él los abría. Una voz gangosa emergió de entre las sábanas. ¿Adónde vas?
Fuera, los niños se agolpaban a las puertas de un colegio al que ninguno quería entrar. La planta del rincón -a ver si la regaba- la miraba curiosa, no llegaba a expectante; parecía cansada de tener que esperar siempre con los brazos alzados. Debajo de la cama, una maleta hecha y guardada en secreto, es decir, escondida. Sus párpados se elevaron lentamente por segunda vez en aquella mañana; un escalofrío pareció zarandearla. En media vuelta dio media vuelta a todas las convicciones rumiadas fielmente durante la noche.
A ningún sitio, dijo y se volvió a tumbar.

Primero clavó las rodillas y el colchón se hundió como para ayudarla; y por último apoyó la cabeza en la almohada empapada, percatándose de que Alphonse había vuelto a dormirse.

A ningún sitio…

III. 

No se habían visto nunca ni se vieron después, simplemente porque pertenecían a ámbitos paralelos. Por eso, un segundo antes de morir, Mercè sabía que no iba a leer ningún registro sobre la chica de la tasbamia y ésta, un segundo antes de ser atropellada por Mercè, que no iba a leer nada sobre ella en la tierra de los muertos, si es que llegaba hasta allí.

Lo último que escucharon ambas fue un frenazo sobrecogedor que provocó revuelo en las ventanas de las aulas, gritos en las verjas y auxilio inútil en la calle. Las lágrimas se repartieron entre unos cuantos compañeros. Las culpas sólo entre peatón y conductora. 

Mercè no la vio. No se vieron, no se verían nunca más.

II. 

Los nudillos, que apenas rozaron la puerta en realidad, parecieron clavársele en el alma a Mercè, que volvió a la Tierra de un respingo. Adelante, y unos ojos tímidos y rasgados se asomaron por el quicio de la puerta. Son las nueve, señorita, y continuaron con la chirriante supervisión del brillo de los azulejos.

Mercè se incorporó despacio, como con miedo a que, si tocaba algún objeto a su alrededor los exámenes corregidos, el fantástico reloj termómetro, el marco que hacía semanas había castigado a permanecer bocabajo sobre la mesa– el mundo entero se desmoronaría dejándola atrapada bajo sus escombros.

La despertó la luz de una farola: fuera, la niebla comenzaba a lamer los jardines del campus, tan misteriosos de noche como festivos de día.

Alargó un brazo para coger su maletín Profesora Mercè Marín– y con un movimiento brusco de hombros obligó a su americana a colocarse correctamente. No era la chaqueta lo que más pesaba. La duda y la certeza protagonizaban una lucha interna e incesante que ella ya no podía soportar. Se encontraba débil y lo único que deseaba era permanecer en ese despacho para siempre; para así no tener que regresar a casa.

¿Casa?

El teléfono rasgó el silencio con un doloroso ruido ensordecedor. La mano le temblaba al aferrarse al auricular.

¿Dónde has estado?

Los labios de Mercè se abrieron inseguros, como un niño que no sabe si salir o no de su escondite, por si el que se la queda anda merodeando cerca. Apenas lo recuerda, pero sus dedos realizaron un movimiento descendente de la frente a los lagrimales, donde se posaron durante unos segundos. Los tacones iban a partírsele, aunque había adelgazado demasiado como para que ocurriera.

¿Dónde has estado?

La voz de Alphonse tenía garras, unas garras perfectamente diseñadas para incrustársele en el cerebro y hacer que ella no pudiera reaccionar, no pudiera dilucidar, no pudiera volar.

En ningún sitio…

El ascensor era un invento para ingrávidos y la razón un camino para escépticos. Ella elegía el primero siempre, por los tacones y la razón algunas veces, por si las moscas.

El sexto A se abrió ante sí antes de que pudiera meter la llave. Un beso y un te he visto llegar por la ventana. El maletín aterrizó sobre el parquet, había limpiado, siempre tan detallista.

La impertinencia estaba concentrada en un plato de cena fría, en un sofá hundido y caliente, en el sonido de las cañerías, los vasos sanguíneos del edificio que parecían en ebullición.

Un mechón de pelo le tapó la verdad al agacharse, y recompuesta emergió a la superficie, cogió aire y una patata del plato. Les falta sal, y le devolvió el beso.

Él servía vino y recogió con una servilleta la caprichosa gotita roja que se escurrió desde la boca al cuello de la botella. Mercè bebió y de un largo trago vació el vaso.

La verborrea atravesó su garganta en sentido inverso y escupió contra Alphonse todos los detalles insignificantes de su día. La anécdota de la grapadora del director del departamento fue interrumpida por un de dónde vienes.

Ella, paralizada por la incredulidad, depositó los cubiertos sobre el plato sin dejar de agarrarlos y miró a Alphonse directamente a los ojos.

Él estaba en paro, sí. Su cara reflejaba un método curioso de captación ajena, una farsa creada para que la atención recayera sobre él; su cara reflejaba que él sabía todo esto. Y también reflejaba que jamás lo reconocería.

¿Dónde has estado? 

Contra la acusación irreprimible de unos celos sin argumento, Mercè sólo pudo tragar el trozo de carne que tenía en la boca y articular, antes de dar otro bocado, un: en ningún sitio… bastante indefinido. 

I. 

Que el sol jugaba con sus pecas era algo que nadie podía evitar ni tampoco negar, justo como el hecho que se aproximaba ya hundiendo sus pies en la hierba y sus ojos grandes, dispuestos a inundar– en el cuerpo de la muchacha.

Se sentó un par de metros más allá, no iba solo. Escudaba su espíritu frágil tras una capa de individualismo incomprendido e intenciones de hacerse querer por todo el mundo. Luchaba a muerte contra la vida a base de pilas de manuales, libros y carpetas de colores, tras los que se parapetó con sus amigos. 

Derecho, Retórica, Estadística y una chica que buscaba el sentido en su pelo sin saberlo. Se había sentado a su izquierda y prestaba atención a todo lo que él decía; reía sus chistes y memorizaba sus gustos.

La chica de la tasbamia los contemplaba en silencio desde su reducto inescrutable de paz y sosiego. Para ella, no eran más que formas de colores que se movían impulsadas por la misma energía con la que volaban las hojas o caían en picado los pájaros. Se acomodó incluso más, lista para ser espectadora de una película cotidiana, de esas que de puro repetida creía saberse de memoria.

Fueron tres miradas.

La primera, Derecho, por encima de un grueso volumen de reglas. A él le sirvió para hacer acto de presencia y a ella para asomar la cabeza desde su ensimismamiento. Apareció la magia y les cegó.

La segunda, Retórica, fue para que él levantase su voz hasta el objetivo y para que ella se irreconociera, perpleja. Unas cuantas nubes pedalearon alegres enmarcando la escena.

La tercera, Estadística, fue el detonante para que, una vez calculadas todas las probabilidades, ambos se levantaran. Sin embargo, los resortes del chico fueron activados por el deseo y a ella la empujó el miedo en dirección contraria. Echaron a andar. Él, hacia ella, se detuvo. Ella, hacia ella. Y no se detuvo.

 La magia les apuñaló en forma de estalactitas de lluvia.

 

 CERO.

Lo cierto es que el Libro está equivocado.

Al morir, los seres humanos vais al mismo lugar, que son en realidad distintos lugares, pequeños recintos separados por cristales opacos que os hacen sospechar que no estáis solos.

Esos cubículos están repletos de libros. No existe un Libro único que marque la ruta que habréis de seguir, sino muchos, miles y de todos los tamaños, que contarán cuál es la que habéis recorrido para llegar a vuestro destino.

Nadie decidirá por vosotros y para vosotros un cielo o un infierno. No os encontraréis con un todo pleno ni un vacío nada, sino un inevitable algo. Habéis sido creados para que vuestra racionalidad os conduzca hacia el lugar último, adecuado, donde residiréis para siempre: el Recuerdo.

Al entrar en el Recuerdo, Mercè, que no reconocía el origen de su desazón, abrió las manos lista para recibir su vida en fascículos y, por un momento, se asustó al pensar que quizá no la había vivido de forma correcta, porque no ocurría nada.

Se vio cegada por un resplandor y cuando se quiso dar cuenta, ya no podía salir de allí. A los lados, paredes translúcidas. Arriba, ningún techo; se veía el mar y no el cielo.

Curioso, muy curioso… una estantería repleta de sí misma la esperaba. De un rápido vistazo, leyó el lomo de lo que parecían álbumes de fotos ordenador cronológicamente y se dispuso a elegir el etiquetado con Carnavales en el Colegio.

Pero no pudo.

Su voluntad no le permitió hacer ademán de cogerlo, simplemente no pudo realizar el gesto. Bien, pensó, quizá no esté preparada para recordar momentos tan felices, elegiré otro que me resulte menos doloroso. Sin embargo, tampoco se sintió capaz de leer Vacaciones en la Playa, Viaje de Novios ni Tesis Doctoral. Ni siquiera la Primera Comunión, que le fue indiferente, ni siquiera la Muerte de su Bisabuela, que le dolió un poco.

Inquieta, fascinada y a la vez arrepentida, desesperada, comprobó cómo su mano se acercaba a Alternativas a Alphonse Nunca Vividas; cómo lo abría por la primera página y lo devoraba hasta la última, una y otra vez. Pese a que ninguna fuerza externa le obligaba a ello, Mercè leyó su gran error durante toda la eternidad.

 Mientras, en la estancia contigua, ella chascaba la lengua al comprobar qué poco había vivido, pero se sentía feliz porque era capaz de sacar todos los libros y vaciarlos con avidez, exclamaciones y carcajadas. De vez en cuando se le escapaba algún quejido nostálgico, como queriendo expresar todo aquello que podría haber mejorado. Aquel chico del campus era un ejemplo del que, en el fondo, tampoco se arrepentía demasiado. 

Nunca la escuchaste hablar, por supuesto. Padecía tasbamia, la enfermedad del silencio. Tú, Mercè, condenada por tu propia identidad, desagradecida a la suerte de haber nacido como un fruto alto arrancado por las mejores manos, que no aprovechaste lo que te fue concedido por conformarte con una sola posibilidad cerrada, nunca lo sabrás.

Pero sólo aquéllos que, como la chica a la que atropellaste, se mantienen fieles a sí mismos, serán capaces de revisar su vida sin prejuicios, sin culpas ni disculpas, aceptando las diferentes tonalidades de cada gama que compone sus días y la incertidumbre que estrangula vuestras noches, el no saber.

Sólo aquéllos que son capaces de arriesgar merecerán aprender todo eso de lo que un día habrán de examinarse.

Moriréis la vida que viváis.

Vosotros y nadie más que vosotros, forjáis vuestra propia condena.

Anuncios

3 pensamientos en “Y cero.

  1. Bienvenidos. Escribí este cuento hace un año aproximadamente, cruzando Guadarrama p’allá y Guadarrama p’acá.

    No sé por qué lo he elegido para la inauguración, porque ya casi no lo entiendo, pero espero que os guste. :)

  2. “El ascensor era un invento para ingrávidos y la razón un camino para escépticos. Ella elegía el primero siempre, por los tacones y la razón algunas veces, por si las moscas.”

    Pues a mi me ha gustado mucho :)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s