Hilvanados

Sucedió que su vida resultó parecerse a un jersey de rayas: por mucho que se estirara por cualquiera de sus extremos, la linealidad haría preso a todo aquel que la utilizara como medio de transporte.

– ¿Tienes frío? – le preguntó la abuela mirándolo por encima de sus gafas de media luna mientras tejía, como si en vez de en otoño estuvieran inmersos en un invierno alpino hechizados por el encanto de una chimenea.

– Ya antes te dije que no, abuela- contestó echando la cabeza hacia atrás y estirando un poco más las piernas. Aprovechando el movimiento del cuello torció la vista hacia la ventana y comprobó que todo seguía en su sitio, excepto los niños que jugaban a conducir coches invisibles y los conductores, también invisibles, que jugaban a ser niños dentro de sus caparazones metálicos. Marc no se propuso pensar que quizás esos adultos apresurados podrían estar cantando a voz en grito, pero lo hizo. Lo hizo tanto, que él mismo se puso a cantar y la abuela se sobresaltó, hincándose la aguja de hacer punto en la yema de un dedo.

– ¡Ya basta de hacer el inútil aquí dentro!- le espetó a Marc- Sal ahí fuera y róndate a alguna muchacha, date a la bebida o búscate algún final trágico que relatar.

Las duras palabras de la abuela no alteraron a Marc, quien, además de estar acostumbrado a este tipo de comentarios, sabía que su compañera de piso preferida (y única) sólo velaba por su bienestar: de día, a la hora del desayuno, de la comida, de la merienda y de la cena; de noche, cuando fingía dormir y la ausencia de ronquidos despertaba en Marc unos profundos remordimientos.

Así que terminó el estribillo, dio un par de palmas al aire y un par de besos a las arrugas de su abuela y se encaminó al vestíbulo a peinarse con los dedos. Si le preguntan, intentará convencerlos de que lo suyo es dejadez pero, para qué engañarse, piensa mientras se sonríe sin pudor en el espejo, lo único que le sobra en este mundo es chulería y como buen nieto de cristiana, tiene que repartirla.

La razón por la que la abuela le empuja a tan tremendas ridiculeces, dignas del director de cine más estrafalario, es un estatismo que le invadió el 9 de marzo del año pasado y del que todavía no ha podido desprenderse ni siquiera para ir al baño. Ni soñar le deja; y Marc ya está cansado. Necesita crearse una historia o buscarse un trabajo, pero la segunda opción le queda tan grande que se ahoga entre sus hebras sólo de imaginarlo.

A Marc le encanta el barrio a estas horas, porque los transeúntes ponen todo su empeño en alargar las tardes hasta que pueden criticar al alcalde por encender las farolas cuando todavía es de día. Los niños se niegan a ponerse el abrigo y piden una más en el tobogán; pronto crecerán y la pedirán en algún concierto de rock. Y un poco más tarde, ni eso, como Marc.

Decidió acercarse al pabellón multiusos, que lo mismo servía para un roto que para un descosido, como diría su abuela. En él había disfrutado de partidos de baloncesto femenino con Casti y Carrasco, sus dos mejores amigos de la adolescencia. Recordó también un cantautor al que sólo escuchó en directo porque a ella le gustaba. “Un mundo de contrahechos se esparce en la cartulina, bordado con punta fina como los pelos del pecho”. Vaya, pero si hasta en tu memoria quedaron las letras que al principio no entendías y después significaron tanto, se sorprendió Marc para sus adentros.

El pabellón aún no estaba iluminado, parecía un gran reducto improvisado en la ciudad, una cueva para masas, el regalo de Reyes del hijo de un arquitecto borracho. Notó que estaba sudando y se percató de que había acelerado el paso, nada más. Pero lo cierto es que estaba nervioso, lo cierto es que permanecía al acecho, como en busca de un trocito de pasado que le ayudase a no salirse del camino.

Cuando parecía que la vida se le había anudado en la garganta de tal modo que creyó no poder volver a pronunciar nunca otro verso más, echó a correr a grandes zancadas, sólo como un metro noventa sabía pisar, potente como el más impulsivo de los propósitos.

– ¿Adónde crees que vas?- le preguntó una voz ronca desde el otro lado de esos arbustos, tan espinosos que parecía imposible que nadie se hubiese escondido detrás – ¡Mira que la noche no es segura para la gente que huye de ti!

Contrariado y curioso, Marc se detuvo. Un poco indeciso, gritó:

-¿Quién está ahí?

– ¿Ahí? Tú –respondieron- Aquí dentro sólo yo. Se está a gusto. ¿Entras?

Como si fuera la señal que estaba esperando, Marc se arrastró a cuatro patas la cavidad que quedaba entre las dos plantas, el punto del que parecía salir toda esa sarta de incoherencias. Su espíritu aventurero había vencido, definitivamente, a toda la precaución que sus padres le inculcaron antes de morir y que su abuela se encargó de eliminar del todo.

– ¿Me estabas esperando? – preguntó Marc a lo que creyó era un anciano pordiosero.

– Qué va, esa frase es de mafioso de Hollywood o de pitonisa de feria – contestó carcajeándose.

Cuando las pupilas se le dilataron lo suficiente, Marc empezó a intuir una corbata. Entonces sí que comenzó a asustarse. ¿Qué hacía un hombre tan bien vestido agazapado tras un arbusto?

– Estabas huyendo – sentenció ante Marc.

– No –respondió él.

– No era una pregunta. Nadie corre porque sí, ni siquiera aquellos que creen lo contrario. Esos corren porque no saben que en realidad, si se pararan, no encontrarían ningún motivo para hacerlo.

– No estaba huyendo –repitió el chico, preguntándose por qué le estaba dando explicaciones a aquel desconocido tan siniestro – Bueno… es que mi abuela prácticamente me ha obligado a huir – reconoció.

– Chico, qué mal mientes y qué mal hueles.

– Gracias, hombre- dijo Marc picajoso. Pensó en ducharse al llegar a casa.

– Lo más sencillo es culpar a todos los que nos rodean de nuestra propia huida, pero la responsabilidad reside en ti y sólo en ti – dicho esto, el sabio abrió un maletín y sacó una banana. Se dispuso a pelarla mientras decía: -Tarde o temprano, todos hemos de desprendernos de la cáscara.

Marc no podía contener su fascinación ante un ser que, salido de la nada, le había soltado ya varias verdades irrefutables como quien informa de la hora que es. Sin embargo, intentó ocultar ese sentimiento con una bomba de preguntas:

– ¿Y usted qué hace aquí?

– Me estoy comiendo una fruta.

– Pero… ¿vive en la calle? ¿Se está escondiendo de alguien?

– No, es sólo que va a llover.

– No le creo.

– Pues espera un rato y verás – dijo tranquilamente mientras daba el primer mordisco a la banana.

A lo lejos ya sólo se escuchaban los últimos vehículos y los últimos estómagos, todos dispuestos a hacer un último esfuerzo para llegar puntuales a cenar. Era cierto que el cielo se estaba cubriendo de nubes, la brisa refrescaba, pero Marc no veía ninguna necesidad de moverse de aquel arbusto cercano al pabellón.

– Una vez besé a mi chica junto a aquella tapia – le explicó al mendigo trajeado.

– ¿Qué fue de ella?- preguntó él con la boca llena.

– Se la llevó el viento – tanteó Marc.

– Lástima. Lo mismo me pasó a mí con un sombrero.

– Nunca podemos recurrir a su regazo cuando comienza a llover ¿verdad? – bromeó Marc.

– Cierto- respondió el hombre- pero para eso están los arbustos. La naturaleza es sabia y cuando Dios cierra una puerta siempre abre una ventana. En este caso, no sirve para nada porque se moja el parquet y hay que cerrarla.

Los desvaríos duraron hasta bien entrada la madrugada y se animaron cuando el extraño sacó de su maletín una botella de vino blanco que sabía a rayos, pero que ayudó a soportar la humedad que se entrometía en sus conversaciones desde fuera del refugio.  La ciudad dormía y ténganlo por seguro, los niños chapoteaban en sueños por alegría todo lo que no podían chapotear despiertos por civismo. Nuestros amigos planeaban grandes proyectos, los dibujaban gesticulando en el aire, los eructaban sin querer, los abrazaban abrazándose el uno al otro y riendo sin cesar.

La oscuridad y el alcohol habían borrado los pocos rasgos que Marc pudo adivinar en aquella persona tan peculiar y, cuando la mañana le embarró de vergüenza y resaca, sólo quedaba en aquel parque la botella de vino vacía y algunas huellas que conducían hacia la carretera. Intentó seguirlas pero tuvo que sentarse a los pocos metros. No sabía cómo iba a presentarse ante su abuela sin ninguna excusa y sin un céntimo.

Al sentarse, su pantalón crujió y lo que podría haber sido un ticket del supermercado en el bolsillo de atrás resultó ser una entrada para un concierto esa misma noche. Entonces sí que Marc fue presa del pánico y totalmente desconcertado, trató de relajarse y recordar alguna palabra de aquel mago callejero que (estaba casi seguro) había estado dándole consejos varias horas antes. Fue en vano. Se lavó la cara en la fuente del parque, alzó los ojos hacia el mamotreto gris que un día fue cadalso de sus ilusiones y cabizbajo, procuró no pisar más el barro e inventar un pretexto para salir de aquel atolladero.

No fue necesario elegir entre las tres historias que había trenzado en diez minutos y que en el ascensor rifó a pinto, pinto, gorgorito porque, al entrar en su casa, una bofetada de olor a albóndigas le estremeció hasta la médula. Todavía no era la hora de la comida, ni siquiera del desayuno. ¿Adónde habría ido su abuela tan temprano, dejándole el almuerzo preparado como si no fuera a volver hasta pasado mucho tiempo?

Le respondió una imagen cruda con sabor a cocida, por la fragancia que desprendía la cacerola, más que nada. Su abuela yacía en el suelo con impecable solemnidad, como quien deja todo atado con nudos de marinero y apaga las luces antes de salir. Para Marc, quedarse solo en el mundo no significaba gran cosa, porque sabía que todos nacemos solos; incluso los gemelos, que vienen además estorbándose. Lo único que le preocupaba era que el suelo de la cocina, que allí no era de parquet, estuviera demasiado frío y a la abuela se le congelara el chal, con todo lo que tardó en tejerlo.

Con mucho cuidado, la arrastró despacio por el pasillo y la llevó hasta su cama, donde le cerró los párpados dispuesto a pensar. Al verse reflejado en el tocador de su abuela, Marc se avergonzó un poco, lo suficiente como para querer quitarse la ropa manchada, pero no tanto como para olvidar que si él debía a alguien su forma de ser, era precisamente a quien dormía ahora a su lado.

Volaron las horas por encima de sus cabezas, la una vacía, la otra llena, quién sabe con cuál se corresponden cada una de las descripciones. A Marc le fastidiaba el hecho de que su abuela no le hubiera escrito una nota, como siempre que se marchaba, explicándole lo que había de primero, de segundo y de postre, pese a que podía adivinarse perfectamente levantando la tapa de las sartenes. Se acordó del papel que tenía en su bolsillo cuando ya caía la tarde. Antes de tomarlo entre sus manos de nuevo, pensó en llamar a alguien, en poner una esquela en el periódico, en enterrarla con sus propias manos. Pero no lo creyó necesario, puesto que al velatorio no acudiría nadie. Con un poco de suerte el tendero, con ánimo de lucro post mortem por si acaso las costumbres fueran hereditarias.

Marc leyó la entrada de nuevo, dentro de las posibilidades que su flequillo sucio le dejaba. Aún tenía tiempo de acercarse al pabellón, personaje principal de sus fábulas y reino prohibido a la vez. Se adecentó como pudo, tapó a su querida abuela y cogió una albóndiga con dos dedos antes de cerrar la puerta tras de sí para no volver nunca más. Seguía lloviendo. Menos mal que el pabellón era un lugar cubierto. Sólo le importaba no mojarse mucho más, porque ni siquiera conocía el nombre que figuraba en el ticket.

Hacía unos años, solía correr tras la apertura de puertas para ocupar la primera fila delante del escenario pero ahora, rumiando los sueños y arrastrando los pies, su lugar se situaba en un punto cualquiera de las gradas. Esperó ver desde ahí arriba a su extraña aparición, o a una aparición nueva en la que su abuela le reprochara no homenajearla en un funeral digno. Cuando se apagaron las luces, una emoción antigua se apoderó de él y comenzó a llorar en silencio, como un niño castigado en medio de un restaurante.

El escenario estaba vacío, exceptuando una silla de madera que se alzaba tímida en el centro. Un hombre vestido con un traje gris y una corbata verde se sentó apoyando una guitarra en sus rodillas. Saludó y el público estalló en aplausos y vítores. Lo que la noche anterior fueron gotas de vino, esa noche eran lágrimas, por lo que Marc no se dio cuenta en un principio de que aquél era el hombre que le había llamado desde el arbusto; y continuó llorando en soledad.

– Este tema – murmuró el artista al micrófono – trata de la lluvia y de los mil y un trucos que los seres humanos inventamos para no mojarnos.

Marc se sorprendió tarareando la canción como una oración aprendida en la infancia y rehusada después; como si aquél cantautor y él fueran una única voz con un mensaje con el que cautivar al mundo.

“Los hilos que mueven al mundo penden de tus dedos/ los rostros que miran al cielo buscan lo que ansían/ las manos que abren los paraguas esconden secretos/ el pelo mojado en tu espalda perdona a la mía. / Los astros avistados de lejos transcurren tranquilos/ los seres durmientes de antes son polvo y son frío/. Los hilos que mueven el mundo te atrapan si quieres/ las páginas sólo se empapan si llueve vacío/ las gotas de lluvia te hablan si tú las entiendes/ los muertos dichosos al alba ya se han desprendido.”

Por la mente de Marc titubearon imágenes lejanas: Sus padres riñéndole por saltar en medio de los charcos, donde a él le gustaba fantasear con que no hacía pie. Su padre alterado al teléfono, tomando notas en el despacho como si estuviera escribiendo una retahíla de hache dos o, hache dos o, hache dos o. Su madre haciendo la lista de la compra antes de comprar y calculando los gastos después. La monja que le impartía lengua y literatura componiendo un esquema en la pizarra, lleno de flechas y otros signos inhumanos que sólo sirven para retener. Casti y Carrasco, eligiendo cuidadosamente las botellas con las que irían a emborracharse un rato después, junto con varias decenas de jóvenes, a la misma zona donde él se había topado con el misterioso cantautor; motivo que precipitó la soledad de Marc, que siempre quiso permanecer libre de ataduras. Su monitor de natación secándole concienzudamente el pelo antes de salir al frío invernal. Sus padres llenando el depósito de gasolina aunque estuviera casi lleno, sólo por si acaso y por el qué dirán.

Entonces comprendió. El cantante y él se reconocieron desde lejos mirándose a los ojos y la abuela, muerta en su cama, sonrió con complicidad ahora que nadie podía verla. Ella soñaba con otra tarde parecida a aquella en que falleció. Marc tenía dos años menos y muchos granos más y entraba empapado en el salón mientras ella tejía una bufanda sin ningún patrón, larga como una serpiente.

– ¿Qué tal estaba la lluvia hoy? – le preguntaba a Marc. Éste se sentaba en el sillón junto al radiador, aunque sus defensas se encontraban a prueba de balas.

– Radiante como el sol – contestaba escurriendo todo el agua en el parqué.

También veía a un Marc de cinco años lleno de pecas que le tiraba de la chaqueta de lana mientras ella se contoneaba ante los fogones.

– Abuelita, ¿qué haces?- decía siempre él.

– ¿Te huele bien?

– Sí.

– Pues entonces da igual lo que sea. Lo bonito es jugar con los ingredientes y disfrutarlo, como si fueran manualidades. Escúchame una cosa, hijito.

– ¿Qué, abuela?- preguntaba Marc.

– Nunca dejes que te regañen por mezclar en una bola plastilina de diferentes colores. Y mucho menos si, aunque a ellos les parezca horrible, el resultado te parece fantástico.

– Vale, abuelita.

Esta última frase ya no sabemos si se dijo entonces o la masculla Marc dentro del pabellón, rodeado de una multitud embriagada de lírica, sepultado en un ambiente en el que millones de recuerdos individuales se fusionan con los versos del poeta que, solo ante el peligro, regala a través de palabras y notas las experiencias que ha ido recogiendo entre los arbustos.

Al llegar a casa, Marc ya no tiene miedo de que su abuela le reprenda. Es más, sabe que si ella tuviese el don de gritarle desde el más allá (como quien oye un “date prisa” apremiante mientras se ducha), no lo haría para preguntarle por qué había dejado todo para última hora, como siempre. Ni para llamarle desastre. Ni para implorarle a Dios que este chico encontrara algún día su cabeza perdida.

En el merchandising del concierto había comprado una chapa que decía “mójate, no te escondas, vive”. Pensó guardarla en un cajón como souvenir fúnebre, pero cambió de idea cuando, al entrar en el comedor y sentarse en su butacón habitual, se dio de bruces con la última obra maestra, caótica, de su abuela. Se trataba de un enorme conato de jersey rayado, en el que las líneas dibujaban bandas onduladas. Un océano de lana, no premeditado, deforme y multicolor. Ideal para calarse hasta los huesos durante todo el otoño.

Marc desprendió las agujas, como lo hicieron los muertos de la canción, dejando el jersey sin rematar y se metió dentro. Se quedó un momento agazapado planeando que aquél sería su nuevo arbusto, de aroma a albóndigas y de tacto áspero. Después prendió la chapa a la altura del corazón y miró al cielo, de un negro pardusco y sobre todo, nada uniforme.

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