Meh, Zamira.

Zamira tiene un pie en el cielo y el otro sobre el infierno. Ayer se encontró un fruto en el suelo y decidió comérselo, soplándole un poquillo la tierra que se le había quedado pegada al caer. Primero se le nubló la vista, como cuando su óptico le ponía aquellas monturas de Bartolo antes de ajustarle las lentes. Después, todo se esclareció, desde el primer día de su vida hasta el último.

En el primer charco, que era de sangre, Zamira se vio nacer entre un mar de lágrimas: de dolor, por parte de quien más la quería en este mundo; y de emoción, de quienes la apreciaban simplemente y estaban asomados por un cristal al quirófano, vaya americanada y qué paradoja de llanto.

Siguió caminando hasta el siguiente charco, el de vino. Al principio pensó que el líquido escarlata era sangre también porque, dentro y profundo, se escuchaba una especie de sollozos ahogados. Pronto, se dio cuenta de que tenía razón en lo de dentro y profundo, pero no en la procedencia de los sonidos: eran otro tipo de gritos. Al nacer, las cuerdas vocales pronuncian un saludo de bienvenida; en esta escena, confidencial e íntima, eran llanas palabras de acogida. Escarlata se puso ella al contemplarse en semejante rito paleolítico, vanguardista, en fin, universal.

Tras el último grito creador final, siguió caminando. El siguiente charco era de agua clara y tranquila, con orillas rizadas como el pelo de una sirena. Se agachó y, al no ver nada, decidió sacar la lengua y probar ese fragmento solitario de su historia. Zamira se volvió animal para lamer la vida que supura la propia tierra, agua a agua, charco a saliva sin trasbordos. Y notó sal.
Oh sí, aquello era el mar, sin duda.  ¿Cómo podía caber en ese charco? Se fijó  mejor. Sus veranos se desarrollaban ahí abajo, coloridos como arrecifes de coral, quietos pero vivos. Se acordó del videojuego de los Sims y se propuso comprarse una esmeralda para hacerse un sombrero cuando ahorrara un poco.

Zamira se despidió de sus veranos y fue a decirle hola a sus inviernos: el charco cuatro estaba congelado. Le hizo un agujerito y colocó el ojo sobre él. Oscuridad. Pegó su boca y gritó: ¡Quiero hablar con el encargado! ¡Soy Mademoiselle Zamira, hija del cielo y del infierno! No obtuvo respuesta tras esta declaración de remitente. Debían estar todos hibernando en tinieblas. Ellos se lo pierden.

El último charco no es charco. Zamira lo observa mirando hacia arriba, así que ha de medir como mínimo un metro setenta y tres. A Zamira le extasía el sonido de esta catarata desconocida para ella. Miles de gotas se precipitan en un suicidio bullicioso al final de su camino, se han resignado a la gravedad, se han tomado muy en serio su función en este mundo cíclico. Zamira ve lanzarse a sus amigos, pequeños como hormigas; y ninguno naufraga, todos se ahogan. Algunos estaban muertos ya, otros parece que se hubieran reservado para esta ocasión especial y gritando “¡Jerónimo!” dicen adiós al mundo, sacando una manita a la superficie.

Zamira quedó hipnotizada unos cuarenta minutos. Pronto dejaron de caer personitas hacia sus pies, pues ya no conocía a más gente. El agua seguía fluyendo  en vertical y ella se preguntaba cuándo sería su turno. Lo preguntó en voz baja pero los pequeños cadáveres tenían suficiente con intentar mantenerse a flote con dignidad y asegurar con ello el dramatismo de la imagen.

De súbito, Zamira comprendió, con el hueso del fruto en la mano, que sus pies ya estaban mojados, que ella estaba dentro del charco desde que lo reconoció como última parada. Se dejó absorber como por arenas movedizas. Los liliputienses ahogados le tiraban del dobladillo del pantalón, ven con nosotros, Zamira bonita, no hay otra opción, lo pasaremos bien.

Zamira tiene un pie en el cielo y otro en el infierno, ambos están hechos de agua abismal. Aquel fruto debe venir del árbol prohibido, Zamira maldice su mortalidad y lamenta no haberse quedado un rato más contemplando los otros charcos. El agua cubre a Zamira y le tapa la nariz, la coronilla. La estrecha entre sus brazos y se siente aspirada, como si se la bebieran por una pajita. Zamira siente dolor y ya no sabe quién es. Nota cómo la tubería se ensancha y aprecia algo de aire, vislumbra algo de luz al final. Zamira huele la viscosidad de la sangre que la empapa y la empuja, resbalando, resbalando de nuevo hacia el primer llanto, hacia el mundo.

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