Las dos utilidades de un caparazón.

 

Mustacha había estado esnifando polvo de hada hasta bien entrada la noche. Minutos antes de que lo encontraran sus amigos tirado unos metros más allá de un buzón, recordó aquel pacto de silencio que había firmado en Hannover. Philip le había dicho:

– El luto es un derecho humano universal y cada uno ha de guardarlo durante el tiempo necesario para que éste alcance su fecha de caducidad.

Él había rubricado su conformidad con la sentencia de su compañero de viaje y, a la mañana siguiente, habían subido al primer tren con destino a Basilea. En los ojos del revisor brillaba piedad; animadversión en los de la señora de allá, la de la pamela y el caniche insoportable. Philip y él no habían hecho el menor caso a cuanto sucedía en aquel vagón lleno de humo de carbón, de toses, de lamentos impacientes por cruzar la frontera suiza. Habían continuado con la elaboración de su ruta, una ruta visual que seguía la silueta arbolada del paisaje; una ruta azarosa, porque desconocían las curvas de aquellas vías y el carácter de cuantas les quedaban por conocer.

Balón les estaba esperando en el andén con las manos vacías. Después de los abrazos fueron a la taberna, apalancaron los bártulos bajo los taburetes y pidieron magia con hielo. El camarero dejó a la vista la etiqueta de la botella, pero como ninguno de los tres amigos sabía leer, las advertencias de posibles efectos secundarios pasaron desapercibidas. Dar la vuelta a las palabras era uno de esos efectos. A Balón se le dio la vuelta el nombre, quedándose en Nólab y rascándose la nuca sin preocupación, contento incluso. A Philip se le cambió el lenguaje entero, pero todo el bar achacó a su embriaguez que murmurara cosas como:

– imponen se nunca, exponen se ideas Las.

Lo de Mustacha fue mucho más grave: se le dio la vuelta la firma con catastróficas consecuencias en su pacto de silencio, que transformó su luto en letanía. Parecía un tuno expulsado de la universidad que se hubiera rebelado contra su mala suerte a base de gritos. Salió del antro, alzó y estiró mucho los brazos y proclamó calle a calle lo triste que era comprobar cómo ya no la necesitaba.

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