El sencillo cuento de Buenas Noches.

 

Layla Sayida salió de su jaima enfundada en las vestiduras de beduino de su hermano mayor, quien permaneció durmiendo mientras ella desataba las riendas del camello y se hundía en la fría madrugada del desierto. Se hundían también las pezuñas del animal en la arena, blanca de día y de cerca, amarilla de lejos, de noche gris por si se requieren más datos.

Layla Sayida no tenía brújula; sólo un viejo amuleto heredado, bastante inútil en cuanto a desempeñar labores de orientación geográfica (para guiar al espíritu era bastante bueno). No sabía adónde iba, ni qué rastro seguir.

El camello iba dejando sus huellas, por supuesto.

Cuando amaneció, Layla Sayida desmontó y pensó ceñuda en que aquellos pasos de camello podrían ser su “hoja de ruta”. Caminaría hacia atrás, allí donde sabía exactamente qué y quiénes la esperaban.

El camello habló; efectos de la insolación:

– Layla Sayida, tengo reservas para muchos días. ¿Para cuántos? Un número tan indeterminado como tus horas de vida. ¿Te animas?

Ella miró hacia adelante, donde no había nada más que un horizonte amplísimo y sobrecogedor. Le embriagó la emoción, se mareó un poco, se colocó bien el turbante y continuó la marcha sin huellas que seguir.

Y si crees que el cuento no tiene final, pueden pasar dos cosas: que no sepas vivir o que te hayas quedado dormido.

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