Demo.

 

Los enanitos llevaban cuatro días y tres noches apostados en el asfalto de la calle principal. Pese a ser pequeños, eran cuantiosos por lo que, al dormir, se clavaban los unos a los otros los vértices de sus gorritos puntiagudos; así que no era de extañar que de vez en cuando se escuchara un “‘¡auch!”, seguido de un “shhh” que pedía silencio.

Se habían declarado en huelga porque, decían, tenían los bracitos cansados. Había uno, con pinta de no haber dormido en toda la noche, al que los brazos se le habían estirado tanto, que caminaba arrastrándolos como largas serpientes. A él se le había encomendado la función de escudo protector contra el posible cordón policial que viniese a desalojarlos. En el simulacro se había enganchado a dos farolas, una a cada lado de la calle, y había cantado frente al estupor general  su propia versión de “A tapar la calle, que no pase nadie”, canción del verano de 1932.

Los colectivos no tardaron en unirse. Cada enanito buscaba a los de su propia condición: forzudos con forzudos debatían las mejores formas de mantener el equilibrio; los que llevaban rollos gigantes de cinta adhesiva se sentaron sobre ellos; y los encargados del hilo de sutura y las agujas, vigilaban con cuidado que ningún niño enanito que se aproximara por allí resultara herido. Fue precisamente un niño enanito, que se encontraba en sus tiernos 48 años, quien se acercó corriendo y se encaramó a la gran seta que ocupaba el centro de la calle principal.

– ¡Está funcionando! – gritó con toda la fuerza de sus minipulmones.

Efectivamente: por la calle perpendicular, apenas un callejón, fluía cuesta abajo un líquido rojo y oscuro. En él flotaban, como en una sopa, letras de todos los alfabetos y de todos los tamaños. El caudal fue creciendo ante el nerviosismo de los enanitos. Tras unos minutos de tensión, uno de los dirigentes de la huelga se subió a la seta y dijo:

– Creo que será suficiente como para que nuestras peticiones sean escuchadas: la reducción de jornadas se llevará a cabo y tendremos derecho a vacaciones, ya lo veréis. Volvamos al trabajo antes de que ocurra un desastre – sugirió.

En tropel, chapoteando sobre la sangre, los enanitos subieron la cuesta dificultosamente; en especial los que portaban herramientas, que quedaron relegados al final.

Al llegar a su obra de arte, que palpitando supuraba vida por diversas grietas, se apresuraron a arrimar las escaleras y coser todas las heridas. Los forzudos, bajo órdenes de sus supervisores, se colocaron en sus puestos y comenzaron a empujarlo, introduciendo cuñas de madera en su base para que no saliera rodando como una pelota. Algunos limpiaban con paños el estropicio, sintiéndose un poco culpables.

Y es que aquella semana de primavera, los enanitos se habían hartado de retener al corazón.
Los amordazadores habían dejado a un lado sus mordazas y las palabras habían salido propulsadas como géiseres. Los costureros habían abandonado las agujas; y al órgano le habían crecido ramas, hojas, flores. Parecía a punto de derrumbarse cuando llegaron, hacía días que no lo apuntalaban.

Iba a explotar, menos mal que apenas se asomaron unas gotas de todo lo que se escondía dentro. Llegaron a tiempo; y nunca sabrían los pequeños personajes si hicieron bien o si hicieron mal, al convertirse en enanitos esquiroles.

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