Autonecrológico.

 

Hacía 12 años que no hablaba con mi abuela y sentía deseos de pedirle consejo para los tiempos que corren, como si el tiempo fuera algo plural (no hay más que el mismo para todos); y como si existiera algún tiempo que no corriese.

Quise alejarme del mundo real y os diré la verdad: saqué la mesita de café extraordinariamente a la terraza como acto de rebeldía bohemia, cerré las ventanas para no tentar al polen y allí me quedé, en postura de semiloto y en pensamiento semipresencial, mitad globalización y demás angustias humanas, mitad verdadero yo en el otro barrio.

Digamos que intuí su cara hasta lo que la memoria me dio de sí, que no es mucho. Le pregunté mientras los cristales de las ventanas y de mis gafas hacían un doble efecto lupa. Estaba anocheciendo. En este lugar, al salir y al ponerse el sol, el cielo se llena de pájaros negros, tipo Hitchcock. Traen buenos recuerdos.

Esto es lo que oí y aquí os lo dejo escrito, por si sirviera de consolación, brújula o divertimento:

“Cuidado con los pactos que haces contigo misma.
Cuidado con los sueños y con los ideales.
Porque no se cumplen más que tus años.
No se entierran más que los muertos.
No se sabe, ni siquiera el presente.
No se sabe ni tampoco se atrapa.
Ahora corre, a vivir.
Cuando llegues me cuentas.”

Si hay algo de lo que hoy me arrepienta, es de no haberle sacudido el agua a mi columpio la última vez que quise, y no fui capaz, de sentarme en él.

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