El sol no da de beber.

“El sentido se me escapaba, pero Guillermo hacía rodar de tal modo las palabras que parecía oirse el sonido de las olas y la espuma del mar.”

Era uno de los primeros días de verano y habíamos querido celebrar el solsticio escondiéndonos del estruendo, huyendo a las afueras, en la oscuridad y sin fogatas. A Guillermo se le había olvidado el vino pero no los vasos. Para restarle importancia y no hacer que se sintiera peor, jugué con el plástico, tarareando algo, hasta que mis dedos lo despedazaron en tiras blancas que salían de un punto central, blanco también; formando dos astros que brillaban con fuerza en la noche.

Después le pinché la cara sin querer con los rayos de uno de ellos, al intentar regalárselo. Estábamos tumbados en el suelo, ni césped ni arena: meseta castellana labrada con sudor. Guillermo se quejó entre carcajadas pero yo sospechaba que la barba había amortiguado el roce cortante. Fingía. Le acaricié el pelo con una mano y con la otra, alcé el vaso rasgado más allá de sus ojos. Aprovechándome de que los labios se me habían detenido en el semáforo de su oreja, le pregunté deprisa, por si el ámbar:

– ¿Dónde crees que brilla este sol, esta noche?

– Obviando que aquí, entre tus manos – me respondió él – también lo hace en Nepal, entre animales lanudos; en Belfast, entre bombas; en Sao Paulo, por entre las favelas. Allí donde no llega la electricidad, o allí donde se grita “¡fuego!”; allí se enciende la luz del sol.

Después me contó cuentos durante toda la noche, ¿sabes? Y yo escuchaba atenta el torrente que me arrastraba lejos, hacia todos aquellos lugares chamuscados.

“- ¿Estaba loco?
– No sé, no era de mis islas. Escucha esto otro: dice que hay doce maneras de designar el fuego, ignis, coquihabin (quia incocta coquendi habet dictionem), ardo, calax ex calore, fragon ex fragore flammae, rusin de rubore, fumaton, ustrax de urendo, vitius quia pene mortua membra suo vivificat, siluleus, quoud de silice siliat, unde et silex non recte dicitur, nisi ex qua scintilla silit. Y aeneon, de Aenea deo, qui in eo habitat, sive a quo elementis flatus fertur.
– ¡Pero nadie habla así!
– Afortunadamente. Eran épocas en las que, para olvidar la maldad del mundo, los gramáticos se entretenían con problemas abstrusos. (…)”

 

 

N.d.A: Los fragmentos entrecomillados pertenecen a El nombre de la rosa, de Umberto Eco, a una página abierta al azar. El título del cuento lo es también de una canción de S. Rodríguez.

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