Cotidiano tacto.

Ginés doblaba su ropa cuidadosamente, como quien acuesta a un bebé, todas las noches. Realizados los pliegues, olidos los tejidos, recorría con las palmas de las manos sus pequeños detalles, limpios, preparados para su boda con la mañana, impolutos. La dureza de los cuellos de la camisa, la caricia áspera de los vaqueros; pero el recuerdo a gato persa de la bufanda y los escalofríos del pelo de la oveja hilado en gorro.

Ginés se desperezaba rozando con los nudillos el cabecero de madera de su cama y los dedos resbalaban por el barniz como en un parque acuático. Entonces recordaba todo lo que había soñado: reía de los disparates y, al hacerlo, aprovechaba para tocarse los dientes y comprobar que seguían en su sitio, igual de afilados. Algunas mañanas lloraba de melancolía y se extendía las lágrimas por el rostro para que se reabsorbieran, porque intuía que le quedaban pocas.

Ginés cogía el bocadillo de encima del mueble del recibidor y la pala del rincón. En una mano sentía el frío del papel de aluminio, y su rugosidad le hacía acordarse de la barba de su padre. En la otra, la tibieza llana, sin fisuras ni cortes, del palo de madera: los besos largos de su madre. Ginés se dirigía a su trabajo en el hoyo. Durante toda la mañana, vaciaba el trocito acordonado de terreno para hacer crecer el montículo de tierra y, por la tarde, volvía a llenar el hueco haciéndolo menguar, hasta que otra vez quedaba el hoyo lleno y se marchaba a casa.

Ginés era feliz, pero le perseguía una única obsesión: tenía que morirse un mediodía.

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