El inspector de toboganes.

Todo sea dicho, yo llevaba realizando mis tareas casi dieciocho años, con la máxima eficacia y un número muy reducido de tornillos flojos. No es que mi trabajo me disgustara, porque la sonrisa de un niño es uno de los mejores premios que pueden recibirse: te hace posar la cabeza en la almohada por las noches y caer en un plácido sueño de satisfacción. No era eso, no. Pero dieciocho años en el mismo parque llega a decepcionar: he visto morir a dos generaciones de ancianos, de los que solían mirar sus días pasar sentados en bancos, de tres en tres, sin sospechar que serían los últimos. De los niños prefiero no hablar. El tránsito de los berridos de alegría que dan en los columpios a las risitas que se escuchan entre los arbustos cuando crecen, es demasiado rápido. Y uno comienza a cansarse de ser intemporal, de no tener edad y de estarse perdiendo todas esas sensaciones, la muerte incluida.

Por eso, cuando me trasladaron de departamento, me alegré. No sé muy bien si me ascendieron o en realidad sucedió lo contrario; el caso es que me cambiaron de plano y ahora inspecciono toboganes interiores. Cuando cuento esto, la gente suele imaginarse un ADN e incluso algunos -qué risa- mencionan esas barras de metal que atraviesan verticalmente los edificios y por las que se tiran los bomberos.

Los toboganes interiores están dentro del alma de las personas. Son su núcleo.

Normalmente, son plataformas rectas pero inclinadas, por las que fluye la energía de cada individuo, como un tobogán ordinario. Sin embargo, algunas jornadas tengo que hacer horas extra porque mi trabajo se complica soberanamente. Me introduzco en personas con problemas, con preocupaciones, con dudas; y no os podéis hacer una idea de lo enredados que están sus toboganes. Un parque temático para las penas, vaya. Los atascos suelen producirse al final, donde una maraña de energía se acumula sin poder salir. Yo lanzo unas pompas de jabón, es sencillo, y espero a que estallen contra ella exactamente ocho. Si chocan más de la cuenta, tenemos un problema y hay que volver a empezar.
Con los restos de jabón que dejan las burbujas, froto con cuidado el entuerto hasta que se disuelve. Los elementos sobrantes suelen salir en forma de palabras o de lágrimas, en los casos comunes; y en forma de enfermedades en los casos más graves.

Por supuesto que los toboganes de cada persona tienen unas escalerillas por las que se puede subir a lo más alto de los mismos. Cuando acabo mi trabajo, subo a ver ponerse el sol a la cima del tobogán, con mi cerveza y mi bocadillo. Desde allí, despido con la mano a las pesadumbres que se alejan, flotando en el río o volando, depende. Entonces mastico el pan y pienso que me encanta mi trabajo.

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