Escurridizo.

Esta historia se desarrolla en un lugar cercano a sus casas, por el que seguramente hayan caminado cientos de veces sin percatarse de la magia que gotea por sus canalones y se estrella contra las huellas de sus nieves. Por eso ahora, antes de que comiencen a introducíserla en el cerebro a golpe de parpadeo, quisiera recomendarles que presten atención a los nuevos tiempos que se les vengan encima como una avalancha: cada tramo del camino estará señalado con un color diferente; un obrero les indicará los desvíos sonriente, agitando una flecha de plástico y los sonidos que se atrevan a flotar se considerarán a sí mismos inconfundibles. En definitiva, la exclusividad estará al acecho, todo será único. No se angustien cuando les confirme que los mililitros de aire que están inhalando en estos momentos se van a morir en unos dos segundos. Es la hora.

El lugar en el que decidió ducharse Manuel Schneider era de carácter público, que no por ello exhibicionista. Una semipared cubierta de azulejos dejaba espacio a la imaginación de los más imaginativos, al rubor de los más ruborizados y sobre todo, al vapor que desprendía día y noche el agua caliente que corrió durante el tiempo suficiente para alcanzar un nuevo record Guinnes. Les adelanto que al final, Schneider se convirtió en un garbanzo y dedicó su vida a rodar por las laderas alpinas austríacas y a reproducirse para garantizar la seguridad alimentaria en países que otras naciones habían subdesarrollado previamente.

Manuel Schneider decidió dar un sentido a su peripecia, como quien firma un acta de matrimonio antes de compartir su vida con alguien o como quien coge otra patata frita más de la bolsa y se la mete en la boca cuando ya ha llenado un plato, porque si no la deposita en el plato no cuenta. A este personaje no le gustaba hacer las cosas porque sí, ni dedicar su tiempo a una sola tarea. Por lo tanto, en los veintiocho días y siete horas que permaneció en las duchas de aquella piscina municipal, le prestó a sus vecinos esponjas llenas de cuentos. Los cuerpos de los aficionados a la natación se impregnaron de historias ajenas, de historias propias cuando se las aplicaban a su propia experiencia, de historias escurridizas que se escuchaban por encima de esas paredes que no llegaban al techo, entre y con el ruido de los chorros al caer.

– …y en ese instante, las escamas del pez se convirtieron en preciosos diamantes que el niño no pudo comerse. – narraba Schneider – El pequeño permaneció a la orilla del lago arrepentido, observando cómo el sol se reflejaba en el objeto de su desdicha.

– ¿Y qué pasó luego? – preguntaba una voz infantil a la que su progenitor frotaba los restos de cloro.

– Cuando la noche cayó, el niño se quedó dormido. Sólo entonces pudo desprenderse de su avaricia y la luna le perdonó. Al despertar, su cesto estaba repleto de peces de todas las formas y tamaños. Dos de ellos seguían vivos, y los devolvió a sus aguas. Desde ese momento, el niño regresa a recuperar su inocencia cada veinticuatro horas, presa del deseo de continuar viviendo.

Manuel, mojado y feliz, imaginaba la sonrisa de las personas que lo escuchaban. No podía verles la cara, pues no podía salir de aquella promesa que se había grabado a fuego. Pero estaba seguro de que también ellos sonreían.

Nadie nunca volvió a ver al auténtico Manuel Schneider porque, como les he adelantado, al concluir su récord y al agotar sus recursos narrativos, se convirtió en garbanzo y se escurrió gritando por el sumidero en busca de nuevas aventuras.

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