UARS.

La humanidad, harta de dar una importancia suprema a cepas contaminadas, profecías repetidas durante siglos y otros muchos miedos a la única cosa que no se debe temer, porque no nos va a hacer nada, decidió aquella noche organizar una fiesta de palabras.

Los invitados comenzaron a llegar un rato antes del comienzo del telediario, asqueados de escandalizarse día a día, con los ojos y la boca cansados de tanto abrirlos, inmunes a cualquier novedad que, una vez procesada por sus cerebros, se convertía en algo más obsoleto que el Internet Explorer.

Las conversaciones se tiñeron de un tono interesante: las guerras de religión en la Europa del siglo XVI, el último partido de la selección de waterpolo de San Marino, o los posibles resultados que se obtendrían al cruzar un pato con un erizo, que aunque tendían a cero, no eran cero. Sin quererlo, los alegres asistentes demostraban con sus construcciones gramaticales y sus razonamientos lógicos que la humanidad todavía era capaz de opinar por sí misma. Aquella noche, las personas decidieron que los medios no pensarían nunca más por ellos.

Sin embargo, las palabras de aquella gente perdieron profundidad, se fueron debilitando a causa del alcohol y del paso del tiempo. Sobre las tres de la madrugada la casa quedó en súbito silencio, acompañada sólo por el arrullo de los grillos que poblaban los arbustos del jardín.

Cuando llegué, agriada por que no me hubiesen invitado a la fiesta, contemplé un desolador panorama repleto de cadáveres: por las esquinas, encima de la mesa, por entre los abrigos desparramados sobre el sofá, se encontraban las palabras mutiladas, destrozadas, sangrando tinta por las tildes y los apóstrofes. Las estrujé entre mis manos desesperada, atónita al mismo tiempo, mirándolas desde detrás de una cascada de lágrimas. Abrazando un ‘para’ que había quedado reducido a un ‘pa’, me di cuenta de que la utopía había fracasado en favor de la ironía. 

Y es que las probabilidades de que el ser humano hubiera alcanzado, mediante el uso de la palabra, la libertad de pensar por sí mismo, eran igual de ínfimas que las de que un antiguo satélite ruso del tamaño de un autobús cayera sobre esa casa y sobre todas sus palabras (Dios las tenga en su gloria). Aquella noche, después de la catástrofe, las personas volvieron a creer en el alarmismo y en todos sus patrocinadores.

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