El cuento que le debía a Miguel.

Regina estaba nerviosa y creía que, si se parapetaba tras las sábanas, el sol no iba a entrar en su vida esa mañana. Le dolían los músculos del cuello; no recordaba en qué posición había dormido. Había soñado, de eso sí se acordaba, con el ridículo en forma de barbacoa, que reía mostrando sus dientes metálicos y gritando: ¡Mañana te van a freír!
Pero eso no es lógico, pensó Regina apagando el despertador, que se estaba pasando de listo. Las barbacoas asan, no fríen. Hablar, quizás…¿pero freír?
Su mente comenzó a esbozar, a toda velocidad, teorías que se daban un aire a la capacidad comunicativa de los personajes de La Bella y la Bestia. Tenía que distraerse como fuera de la raíz de toda su angustia matutina o vomitaría el desayuno: en tres cuartos de hora presentaría su tesina, titulada “De por qué la mayoría de los seres humanos duermen abrazados a una almohada”.

Nunca nadie averiguó con precisión qué estudios realizaba Regina, pues cuando alguien pretendía mantener una conversación con ella, se topaba con una respuesta gemela, trilliza, cuatrilliza respecto a las anteriores y a las siguientes: No, lo siento, pero no tengo tiempo; debo invertir mis días en mi trabajo de investigación.
Después, Regina desaparecía y nadie la veía ni en la biblioteca, ni en las aulas de informática. Alguno de sus compañeros mencionó una vez la palabra misterio para referirse a este suceso; Regina no tenía Internet en casa y por lo tanto, debía conocer unas fuentes que ocultaba al resto de los estudiantes. No era de extrañar, por tanto, que aquella mañana no asistiera casi nadie a la presentación de aquel proyecto que había le arrebatado por completo su vida social.

Las luces y el proyector se apagaron y encendieron respectiva y simultáneamente. Ella carraspeó y puso voz de exposición:

He recurrido a una bibliografía muy particular para realizar este trabajo, que ha requerido mi tiempo aunque no mi esfuerzo. Al final de la presentación descubrirán el significado de estas dos afirmaciones.

Mi primera teoría para dar respuesta al por qué los hombres y las mujeres necesitan una almohada para quedarse dormidos, se remonta a principios del siglo XX, con la irrupción en la industria textil de un nuevo compañero de cama: el peluche. ¿Por qué estos simpáticos acompañantes pasan, en un mínimo período de tiempo, de ser objetos de culto a una razón para sentir ridículo? Algunos expertos afirman que el cerebro del niño sufre una conmoción al darse cuenta de que los osos reales son mucho menos adorables que sus teddy bear; otros, que la mente infantil sigue los pasos del personaje de Michael en la película de Disney ‘Peter Pan’, el cual se desarrolla vistiendo de indio a su muñeco al principio de la historia pero decidiendo volver a Londres al final de la película, en lugar de permanecer en Nunca Jamás siendo un niño para siempre. Los niños contemporáneos se ven despojados por la sociedad de sus peluches a una edad cada vez más temprana, cayendo en una espiral de juguetes cada vez más duros: en los 90 fueron los tamagochis y, actualmente, toda la gama de productos tecnológicos de Apple. ¡El niño necesita algo blando que abrazar! Y por eso recurre a las almohadas.

Una teoría más arriesgada sobre la paulatina desaparición del peluche tiene carácter conspiratorio. La empresa IKEA aumenta cada año su presencia en todos los continentes, gracias a la venta de cojines con forma de corazón con brazos. Sospechoso, ¿verdad? ¿Estaría IKEA abriendo una de sus tiendas en Dubai si las adolescentes, en lugar de derramar lágrimas sobre una almohada con caducidad programada, se desahogaran hablando con un osito?

Pero la pasión por las almohadas puede provenir de muchos siglos atrás. La tradición romana nos legó, a través de sus expresiones artísticas, una serie de imágenes en las que se pueden apreciar diferentes emperadores disfrutando de un racimo de uvas mientras se recuestan sobre un diván. ¿Puede el acolchamiento haber perdurado hasta nuestros días, como el acueducto o las calzadas? ¿Son los sistemas de irrigación o las autopistas el equivalente a la almohada?

No obstante, es altamente probable que la necesidad del ser humano de poseer una, incluso a veces dos almohadas, nazca en la esencia misma de nuestra existencia en este planeta. ¿Representa la almohada el paraíso que Dios le negó a Adán y a Eva? ¿Es esta búsqueda de la verdad, de las razones que nos han creado, lo que tanteamos en la oscuridad de nuestras noches, a lo que nos aferramos en ese instante en que nos dejamos caer al vacío para dejar de ser personas por unas horas -o quizás para serlo de veras-?

Éstas son las tres teorías que podrían explicar este fenómeno. Y la conclusión a la que he llegado es la siguiente:

El sentido de la vida es blandito.

Muchas gracias.

Tras los aplausos, que resonaron en la sala de forma espantosa por no alcanzar en total las diez manos, el tribunal cuestionó la veracidad de las fuentes utilizadas durante la investigación. Regina las explicó y se fue a casa para esperar los resultados.
Días más tarde, recibió la mala noticia de que su tesina no había sido aceptada. Todo el mundo comprendió entonces por qué Regina denegaba siempre la oportunidad de formar parte de cualquier compromiso social. Los profesores la habían frito viva.

Regina investigaba en casa, en su cama, abrazada a una almohada.
Dormía. Soñaba.
Y así creaba sus mejores hipótesis.

Por supuesto que lloró un poco sobre su almohada al percatarse de que nadie tomaba en serio sus temas de investigación; pero al día siguiente se levantó renovada y dispuesta a repetir su proyecto, pero con un título diferente: “De por qué el imaginario colectivo se empeña en hacer hablar a barbacoas y otros objetos del mobiliario del hogar”.

Seguro que IKEA tenía algo que ver.

Y las fuentes… pensó Regina para sí… las fuentes, esta vez, serán las mismas.

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