La hipérbole,la.

Se tragaba las pastillas de dos en dos, víctima de una escena urbana cualquiera, consciente de que contradecía las recomendaciones y su propio sentido común. Se sentaba en la gota de agua y echaba a volar, o a llorar. Al final suspiraba; miraba a su alrededor -intentando hacerlo siempre por debajo del hombro, lo que le concedía una pose tragicómica digna de paréntesis- y volvía a llamar a la puerta de la vida.

“Toc, toc”.

– Pase, por favor, tome asiento.

– Gracias. Por el asiento, digo.

– Déjese de impertinencias formales y de formalidades impertinentes.

– Y usted pare de jugar con su patrimonio lingüístico, que es también mío.

– De acuerdo. ¿Qué le trae por aquí?

– Verá, señor. Sus alarmas no funcionan.

– ¿Han irrumpido en su domicilio? ¿Todo está en orden?

– Se rompió la vajilla buena. O así sonó.

– ¿No estaría usted haciendo malabares con ella? Sabemos que tiene antecedentes.

– Podría ser – dijo, y tragó saliva, porque las pastillas colgaban dentro del bolso, en el perchero.

Narró la cadena de acontecimientos. En el tercer eslabón se perdió y no fue capaz de encontrar la garantía. Se le humedecieron los ojos y se le emborronó el gesto: la gota de agua comenzaba a temblar, las uñas se condensaban, el aire resplandecía y, no, señor, le aseguro que yo no me tragué la garantía.

– No podemos ofrecerle una nueva alarma gratuita. Tiene antecedentes.

– Pero señor – “¡Glups!”- yo la necesito. Me moriré si no instala una alarma que funcione, se lo aseguro. – Con ansiedad, miró hacia el bolso.

– Tenga – le ofreció unos chocolates- coja uno. Déjeme pensar alguna opción.

Y se subió a la silla para ver la vida desde arriba; y la bombilla le chamuscó los pelos. La idea sobrevino en forma de descarga eléctrica y símil repetitivo y literal. La bombilla farfulló una excusa.

– Veamos. Si invierte aquí su nómina – explicó, mostrando un saquito con el símbolo del dólar, tan despreciable que parecía sacado del Magia Borrás – podemos regalarle un iPud Touch Revolution Tian’anmen Revival 5, o -añadió, abriendo un cajón- este bonito biombo de flores perteneciente a la Nancy Supermodel de 1994, perfectamente instalable alrededor de cualquier objeto frágil mediante una sencilla intervención quirúrgica cuyos gastos no están incluidos en la oferta.

Con la aguja a punto de traspasar su gota, hizo de tres un solo gesto: abrir el bolso, echar las pastillas en el saco, morder el biombo como un animal furioso sediento de paz.

– ¿Estamos en paz?

– Grrr.

– Viva.

 

 

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