Aquí voz y después sombra.

Sucedió que, visitando el país de los elefantes, se encontró con la voz que todavía amaba y se negó a escucharla. Trepó, primero, la montaña de papel; después, el tronco de cera y por último, la frondosidad de plumas que coronaba su descanso nocturno.

¿Soñaba? El bosque entero tenía sus mismos iris.

Su verde le había devuelto un día las ganas de pensar. Hasta por teléfono era capaz de mirarle a los ojos y descifrar su maullido. Por eso temió que aquel sonido se transfigurase en tacto y le imantara las manos para obligarla a trenzale el pelo una vez más. Maldito timbre cubierto de sirope. Nunca me empalagarás, nunca me alcanzarás, amenazó expectante, equilibrándose en lo alto de su morada.

Casi cayó. Las comisuras de los labios, erguidas desde que oyeron su tarareo, se precipitaron hacia el suelo al comprobar su indiferencia. Él prosiguió el camino, lanzando proyectiles de miradas doradas, de mechones dorados, de palabras con tanto sentido que, de haber tenido tiempo para descender y poder seguirlo, la habría conducido hasta la madre de la primera semilla del mundo.

Se fueron de nuevo sus ojos de fresno, de castaño y cisne, montados en el pequeño elefante alquilado; y le robaron la escalera.  El aislamiento sería indefinido: él no reparó en la silueta femenina sobre la piel del paquidermo. Se fue. Sin mirar al cielo.

La noche, se acunó ella, no es lugar para arrojar sombra.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s