Zumo del fruto del Árbol de la Ciencia

 

–          Pase, por favor, señor – me indicó compungida, las manos retorciendo el borde la falda, los ojos girando en todas direcciones, posándose un instante en la lámpara de araña, otro en la alfombra persa chorreante, otro, el último, en los míos; y vuelta a empezar.

–          ¿Dónde está el problema? – empezaban a contagiárseme las ganas de saltar al vacío.

–          En el cuarto de baño, señor – intentó saltar los ríos que cruzaban el pasillo, pero arrastraba los pies como si guardase todos sus ahorros en las alpargatas, por lo que el intento fue en vano y la suerte le propinó un resbalón tipo pastilla de jabón. Entonces vino el llanto: – verá, señor, fui yo qui, quien lo descubrió – no podía contener los sollozos y el agua ya nos lamía los tobillos.

–          Tranquilícese, a ver, ¿de dónde proviene la avería? Está todo demasiado azul, déjeme ver el color de las cortinas de su bañera.

–          No, por favor, de, déjeme explicarle lo sucedido –suplicó ella al borde de la histeria – mi, mi hijo padece un tipo muy concreto de da, daltonismo desde mucho antes de nacer porque… bueno, mi marido y yo estábamos viendo un western en bl, blanco y negro cuando lo concebimos; y mi abuela se lo atribuye a eso.

–          Señora, no podemos perder más tiempo o el seguro no se hará cargo. ¡Señora, coja al gato, se ahoga!

–          ¡Felipe! – nombró en un alarido al animal, el cual, entre maullidos agónicos, trepó hasta los brazos de su dueña y, cambiando de opinión, la utilizó de trampolín hacia lo más alto del más alto botiquín medicinal.

–          ¡Retruécanos – inspeccioné el techo –es la primera vez que veo algo así en mis 35 años de experiencia! ¿Y dice que el niño no notó estas manchas color Pitufo maquinero?

–          Él es quien pasa más tiempo frente al espejo con el bote de gomina, señor, pero asegura no haber visto nada, señor, le pareció agua corriente.

–          Correr corre, desde luego.

–          ¿Cómo?

–          Nada. – concluí -¿Y su marido?

–          Es poco amigo de la higiene, señor, gastamos una barbaridad de dinero en toallitas húmedas. Apenas pasa por aquí y… bueno, tenemos un jardín…

–          Desconcertante – apenas escuchaba las mentiras de aquella madre divorciada -Verdaderamente desconcertante.  Sus vecinos de arriba, ¿son tintoreros?  ¿Peluqueros de la Movida Madrileña? ¿Químicos narcotraficantes? ¿Criadores de pájaros de Twitter? ¿De dónde viene este azul tan azul que lo está inundando todo? – Felipe seguía maullando, aterrado.

El tiempo no le concedió la palabra a aquella pobre mujer, puesto que, al abrir la boca para desvelar mi incógnita, un chispazo colosal inundó la pequeña estancia, dejándonos a oscuras. Abandonamos el lugar asustados, corriendo como corceles indómitos y dejando tras nosotros varios sonidos consecutivos de… no podía ser cierto, ¿aquello eran truenos?

Lo último que vi antes de cerrar la puerta de la casa, mientras Felipe incrustaba sus uñas en mi cuero cabelludo y bufaba como poseído, fue una suerte de rojonaranjaamarilloverdeazulañilyvioleta que flotaba en el aire de la vivienda, cada vez más y más encharcada por lo que parecía el jugo de una extraña fruta tropical desconocida, que supuraba del techo, del suelo, de todas partes.

Me desentendí completamente de la reparación y llamé al seguro para que se hiciera cargo de buscar un especialista en fenómenos paranormales de fontanería. Como apenas podía dormir reconcomido por la curiosidad, una tarde llamé a la familia monoparental afectada. Me contestó el hijo, el de la gomina; y al mencionarle el tema me explicó que ya no podrían vivir nunca más en aquel piso:

–          El seguro que contratamos no cubría los casos en los que, por descuido, el cielo se filtra por las cañerías e intenta asesinar al asegurado.

Expresé mis condolencias y murmuré para mis adentros: el propio paraíso prometido, al llegar nos desahucia.

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