Mi amante de mercromina.

Había transcurrido un año desde mi internamiento en aquel centro de retención y yo aún recorría mentalmente los posibles motivos mientras jugaba con mi yoyó. Tenía la horrible sensación de que jamás sabría si estaba loca o había cometido algún delito. Lo que estaba claro era que no querían dejarme salir de allí porque su terror me señalaba como merecedora de mi aislamiento y sus dedos, como culpable de su terror. Y así podría continuar recitando durante horas los elementos de una cadena que comienza en nuestros propios dedos índices –cuyos nombres indican, precisamente, que han de ser usados para indicar, y no para rascarse, por ejemplo – y termina en el prado que vislumbro por mi ventanuco, signo de nuestra propia libertad.

Seguí soñando con dicha cadena, que en mi cabeza tenía siempre forma de sábanas atadas unas a otras para escapar, cuando el chirrido del carrito de la comida nos despertó a mí y a mi apetito. La mujer que siempre respondía a mis interrogatorios con su silencio me entregó el doble de la ración acostumbrada de desayuno y pronunció unas palabras casi mágicas:

–          Feliz aislaniversario, tiene usted varias visitas.

Dicho lo cual, me indicó con su dedo índice el pasillo que sólo una vez, hacía justo un año, tuve la oportunidad (para un buen optimista), o la decencia (para el resto de la sociedad), o la maldita suerte (para mí) de recorrer. Salí, y la luz me hizo daño (“Soy la primera Mujer de la Máscara de Hierro”, pensé para mis adentros, ya que, después de tanto tiempo sola, había perdido hasta la facultad de pensar en voz alta). Con una mezcla de ilusión y nerviosismo, imaginé una sala con cámaras, donde un apuesto abogado de los países nórdicos me informaría de que venía para representarme.

Se me hundieron las ideas cuando la mujer me condujo hacia una celda idéntica a la mía, con el mismo ventanuco del tamaño de una cara; oscura, sucia, vacía. No acerté a decir nada; y ya cerraban la puerta tras de mí. Paseé unos segundos, desconcertada, expectante, frotándome los brazos para entrar en calor. Deduje que estaría amaneciendo y pensé que me harían bien unos rayos de sol. Descorrí las cortinas del ventanuco y proferí un grito de terror  –¡bien, había recuperado mi voz!– .

Una cara asomaba por el orificio de la pared, que colindaba con otra celda contigua, por lo visto. Una cara masculina. No la reconocí.

–          ¡Hola! Soy el director de este centro. Quiero darle la bienvenida a su regalo de aislaniversario. Como ya lleva un año con nosotros (quiero decir, con usted misma, ¡jaja!), tiene derecho a oír una palabra por parte de algunos de sus seres queridos y conocidos. Sólo una. Al año que viene tendrá derecho a dos, al siguiente a tres; y así sucesivamente. ¡Disfrute del espectáculo!

Parpadeé contrariada.

Quisiera contar el resto de la historia, el espectáculo, como se refirió a ella ese señor extraño, en forma de diálogo teatral, pues al fin y al cabo no pude intervenir ni interactuar: fui mera espectadora de un torrente de vocablos potentes como escupitajos, que apenas duró treinta segundos. Me referiré a las caras con los nombres de quienes las poseían:

-Se abre el telón-

MI MADRE – “Decepción.”

EL DIRECTOR DE MI CAJA DE AHORROS – “Paga.”

MI MEJOR AMIGO – “Aguanta.”

UNA NIÑA PEQUEÑA – “¿Mamá?”

EL HOMBRE DEL TIEMPO – “Nublado.”

EL PRESENTADOR DE AQUEL CONCURSO – “¡Correcto!”

EL PROFESOR DE CIENCIAS – “Suspensa”.

EL PSIQUIATRA – “No.”

LA BIBLIOTECARIA – “Sí.”

MI AMOR –

-Se cierra el telón-

Tardé días en aceptar y comprender por qué mi amor había desperdiciado ese par de segundos, esa ventanita abierta hacia mí. Al principio pensé que un “te quiero” eran dos palabras y no una. O que le entró parálisis. ¿Por qué prefirió sólo sonreírme? ¿Por qué calló?

Porque sabía que en su silencio cabían millones de opciones, páginas blancas como su sonrisa, ejemplares eternos para llenar mis noches, pozos oscuros de profundidad indefinida.

El Universo.

Me dio la nada entera para que la mordiese, la aborreciese, la embriagara ahogándola con el propio transcurrir de mi tiempo hasta que fuera capaz de devolvérsela planchada, pura, llena de posibilidades a elegir.

Llegué a pensar que había entrado en aquel lugar por voluntad propia y comprobé que las puertas estaban abiertas. Pero me quedé. Haría falta otro par de aniversarios para fabricar con palabras ajenas una respuesta coherente.

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