Sammy.

 

Podría haberse llenado los pulmones con aquel aire navideño cuajado de tropezones almendrados, pero volvió sobre sus pasos porque tropezones, oh, querido Sammy, ya había sufrido suficientes, ¡como para arriesgarse ahora a patinar sobre el resbaladizo envoltorio de turrón blando, de espumillón punzante y de risas familiares más punzantes aún!

Había olvidado las llaves colgadas de la cerradura, solas, pobrecillas, tiritaban tintineantes de frío metálico. La puerta estaba abierta, así que volvió a entrar y dirigió su vista a ti, Sammy, sobrealimentado para soportar un fin de semana invernal. No eres precisamente un gato montés, reconócelo, te gustaban más los olores penetrantes de curry, de albahaca, de ratón de rojo tejado de callejón céntrico. ¿Recuerdas cuando saltaste sin pensarlo y desgarraste su blusa blanca? Mientras te mirabas las uñas culpables, ella lloró un poco. Pero no te preocupes, porque no fue por ti. Fue por mí, o por mis comentarios.

La montaña es fría y sé que no te gusta. Un día le pediste que te dejase la calefacción encendida mientras se iba a trabajar, ¿no es cierto? Tienes que perfeccionar tu mirada de súplica; sabes que ella no cuenta con mucho dinero y que ya el otro día compró un camión para envolverlo de capricho y dárselo a su sobrino. Se quieren, pero no se comprenden.

Sammy, cierra los ojos, está desnudándose de nuevo. Parece decidida a quedarse -y eso que dejó el juguete en el maletero-. Está harta de formalidades. ¿Que cómo lo sé? Se lo he escuchado murmurar mientras se recogía el pelo, qué manías tan trilladas tiene esta mujer. Tiró la blusa y podría haberla remendado; total, siempre la llevaba bajo el mismo jersey y apenas asomaban los cuellos tímidamente junto al suyo propio.

Qué curioso, también aquel día calentó la sopa en el microondas… no sé por qué se engaña a sí misma fingiendo que le gustan las cosas rápidas y mal hechas. Antes, podía pasarse horas coloreando formas abstractas, dibujadas la noche anterior mientras hablaba conmigo por teléfono. Ha envejecido.

Sammy, los copos de nieve no son buenos por estas fechas, yo sé que te llenan de curiosidad y regocijo, pero traen recuerdos, y la irrealidad a veces lleva a cometer locuras. Ya, ya sé, mucha apariencia de locura no tienen una bata, un tazón humeante y un televisor como única lámpara. La escena me resulta tierna pero ridícula, ¿a ti no?

Su buhardilla del centro se llenaba de agua cada vez que nevaba. Una mañana me despertaron las goteras y di un manotazo al aire pensando que eras tú, que jugabas a lavarme como si fuera tu cría. Ella se levantó maldiciendo, pero al final conseguí que se riera; y se me erizó la piel. ¿No te está ocurriendo lo mismo, Sammy, acurrucado a su lado en el sofá? Bajamos a desayunar y Ahmed no nos puso el habitual bombón junto al café. Yo estuve confuso durante dos minutos sin saber por qué, hasta que ella lo comentó decepcionada, y yo me di cuenta de que llevaba puesta la misma blusa que tú le habías desgarrado, Sammy. Me quedé sorbiendo una extraña mezcla entre el ayer, el hoy y el mañana pero, Sammy, soy un cobarde, no me atreví a preguntarle si se había comprado otra igual.

No hemos vuelto a la sombra eterna de ladrillo y ella se siente más libre rodeada de nada. De vez en cuando pasa cerca un ciervo. Vamos, Sammy, no fastidies que tú no lo oyes, o lo hueles, o lo que hagáis los animales para reconoceros los unos a los otros, para recoger el acuse de recibo de vuestras respectivas presencias.

Mi única forma de llegar a ella, qué frío, es a través de tus cristales empañados, caleidoscópicos y esféricos. Mírala bien, Sammy, deja que te acaricie la espalda un rato. Sus recompensas ya no me corresponden; no lo hacen desde que ella decidió barajar las fechas como un tarot que pretendiera una predicción nueva. No lo hacen desde que se dio cuenta de que los momentos no deberían atarse a un tiempo perfecto, a un lugar adecuado.

Cenamos solos, Sammy. Tú que te has encargado de llenar tu propio vacío, mírala, mírala bien, y llena el nuestro.

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