Los diez dedos de Dios.

Se acicaló el pelo un poco. Tenía la sensación de que sus manos supuraban una sustancia untuosa; quizás saliera del pelo propiamente. Dios Santo, aquel lugar le imponía un tremendo respeto que no conseguía canalizar más que hacia fuera, en forma de sudor, si es que el sudor se amoldaba a alguna forma. Desconocía los motivos por los que su interlocutor lo había citado allí, bajo la techumbre de telarañas que parecía haber cumplido un papel de paracaídas durante, al menos, un par de siglos. Si toda aquella mugre se derrumbaba sobre su cabeza, al menos ya no tendría que preocuparse por la grasa resbaladiza de su piel. El frío llegaba sin precisión, en ráfagas de viento escandalosas como viejas y juguetonas como niñas. Aquellas eran las únicas mujeres de su vida y, de momento, él no había tenido ocasión de aprender a remendar sus propios trapos. No era tarea de hombres ocuparse de sí mismos por entonces, y esta norma era aplicable incluso sobre aquellos que, como él, no debían mantener a nadie más. El viento le trajo un sombrero, como una madre que le remediara los desastres con un “anda, ponte esto”. Pasaron aún las ovejas; el pastor, arrastrando los pies y la cayada y el zurrón; los perros sarnosos; y entonces, ya por último, el barbudo, cabizbajo y de semblante místico pordiosero que lo había amedrentado esa mañana en el zoco con sus advertencias inesperadas y sus ridículas gesticulaciones de ofuscamiento. Qué día tan desagradable. Y aún tenía que colocarle la guinda final escuchando lo que tuviera que decirle.

Nada más se cruzaron sus miradas, le reprochó su desacierto en la elección de su tapadera; y acto seguido se preguntó a sí mismo si las persuasiones del viejo le inducirían a cometer un crimen o, peor aún, a convertirse en la víctima del mismo. Hacía noches que el hambre no le dejaba dormir, y sólo por esa razón había accedido a este desvarío de resultados inciertos. El hombre se abalanzó sobre él buscando un apoyo para su tos, pero él se inclinó hacia atrás al presentir la amenaza y dejó caer al pobre viejo, que una vez en el suelo se estremeció entre enfermas convulsiones.

Una vez repuesto y calmada su faringe con un trago de agua, el hombre barbudo miró de nuevo a los jóvenes ojos cubiertos de legañas, y susurró:

– Me muero. Hasta ahora, lo que voy a entregarte me ha salvado del sueño, del aburrimiento vital, de mis persecutores, de las iras meteorológicas de Dios, del desamor y a veces, incluso, de la sed. Porque lo que voy a entregarte hace olvidar la propia existencia. Pero ahora me muero, y el olvido no puede vencer a la muerte, porque son la misma cosa. He aquí el objeto que ha de conducirte hacia tu olvido y acompañarte hasta tu muerte.

Introdujo la mano izquierda en su maraña de harapos y extrajo un objeto proveniente del futuro; o quizás de un pasado muy lejano. En todo caso, una fantástica figura cilíndrica de varios colores ante la que la capacidad de asimilación del joven muchacho quedó anulada. Estupefacto, cerró los párpados al viejo, sin lamentar su partida. Lo único que podía lamentar en esos momentos es que se hubiese marchado sin narrarle las instrucciones de uso de aquella joya puntiaguda que irradiaba magia y se adaptaba a la escareada palma de su mano, a la adecuada flexión de sus nudillos. Las contó: eran diez las diminutas piedras preciosas que, incrustadas en la parte superior del cilindro, atrajeron su atención. Quizás pudiera venderlas, pensó, y se le iluminó la cara. En el mercado negro podría cambiarlo, no sólo por víveres, sino quizás por un palacio mediano, por otras ropas. Las gemas le librarían de la cárcel, de las cloacas, de alimentarse del desperdicio ajeno y ser tratado como tal. Se lo llevaría a Nikolaj, él sabría tasar aquel regalo y recomendarle qué hacer con él.

En el rincón de siempre, el macabro Nikolaj espiaba los andares de las prostitutas a la espera de nuevos y también acostumbrados clientes. A lo lejos, el sonido de un violín circulaba por el cielo nocturno, rajándolo de arriba abajo y de dentro afuera. Los cristales rotos crujieron bajo sus suelas, rotas también, cuando se acercó a saludarlo. Nikolaj expulsó el humo de sus bronquios y le invitó a tomar asiento a su lado, pese a que no había asiento alguno. Estaba harto de aquella broma rutinaria, pero aquella noche necesitaba complacer al comerciante, así que fingió una carcajada que se le quedó medio atascada en la garganta, igual que a Nikolaj el humo del cigarro. Tosieron un poco, pero con energía, como para compartir un instante de virilidad exacerbada. Después le mostró el objeto y, tras observarlo unos segundos, Nikolaj le espetó:

– Quienquiera que te diese esto debía haber perdido la cabeza. Es una baratija de finales del siglo número veinte, un capricho de niños fácilmente resquebrajable. Un trasto para dibujar, inútil y sin ningún valor. Como máximo, puedes cambiarlo en la tienda de antigüedades por un molino de café, pero no creo que tengas una repisa donde colocarlo; y tampoco nada que moler.

Con la crueldad de su risa aún palpitándole en los oídos, se alejó del maldito Nikolaj condenando su suerte, su sombra, la noche, el violín y sobre todo al viejo, que había dedicado al mundo una última mueca asomando entre sus barbas, una mueca de burla hacia él, ahora estaba seguro.

Fue a protegerse del frío a la taberna del Primo, quien le dejaba sentarse junto a la maloliente estufa sin consumir nada. Tampoco nunca lo invitó, pero le permitía entrar en calor y mirar a los borrachos si se quedaba callado y procuraba ceder su silla en caso de que todas se ocuparan. Él lo prefería así: solía rumiar las peripecias del día y meditaba soluciones para salir vivo de las del día siguiente, mientras los guantes se le secaban contra la ardiente superficie de metal dilatado. Como le tocó silla y también mesa, cogió una servilleta de papel con la intención de dibujar un sombrero: le pondría ojos y una boca sonriente para prolongar la única experiencia satisfactoria, el único encuentro feliz de la jornada.

Sacó el enorme bolígrafo de diez colores que le había sido legado. Ahora le parecía enorme y grotesco, como si ocupase un espacio que no le correspondía entrelazado entre sus sucios dedos. Resplandecía, aquello no podía negarse. Parecía esforzarse, en su voluntad de servir, por ofrecer su decena de posibilidades en un espectáculo de feria. Giró aquella noria de plástico que le invitaba a elegir el color de su sombrero. Pues que fuera verde.

Todo lo demás sucedió terriblemente deprisa, y ahora él lo lamenta, pues quisiera haber podido poner un poco de orden en su memoria antes de que la Mujer entrase a hacerse un hueco en ella.

Los perseguidores de misterios lo habrían calificado como escritura automática; él, sencillamente, no supo si las palabras que se escurrían a lo largo del bolígrafo procedían de su mente o las enviaba otro ser mediante algún milagroso tipo de ondas. La única certeza era su color verde. Porque él las escogió verdes, al parecer. Era curioso que aquel verde, que era el detalle de menos importancia, resultara también lo único en lo que podía fijar su interés, mientras el rumbo de los acontecimientos a su alrededor se desenvolvía y contoneaba sin sentido. Aquel objeto le estaba hablando y él, él no sabía qué responder. Pero sobre todo no sabía cómo responder. Intentó utilizar el mismo canal sin confiar en que la treta funcionara y, pasada una eternidad, se topó con toda una conversación reproducida en servilletas. Y en verde.

– Muy buenas noches, amigo, y bienvenido. Nos alegra que haya acertado eligiendo la opción introductoria, para que puedan así serle explicadas las artes del artilugio que danza entre sus dedos. De acuerdo con el color que pulse, una fina punta metálica, dispuesta previamente con tinta de ese mismo color, se asomará para contarle cómo conseguir lo que necesita. Claro que, eso tendrá que descifrarlo de entre una horrenda maraña de disparates que llevan acumulados miles de años a la espera de ser expresados. Su salvación se acostará entre líneas esperando su beso.

Leyó, y escribió, y leyó, y escribió. Y cada color le hablaba con un tono más o menos despectivo, con voz cariñosa o con caligrafía descuidada. El rojo le puso enfermo con sus faltas de ortografía: tantas guardaban turno desde el principio de la historia de la escritura, que dudó de que las primeras en salir fueran siquiera palabras de su idioma. El naranja decidió dibujar; y esto le facilitó el echar un vistazo a la progresivamente vacía tasca mientras le concedía a su muñeca libertad de movimiento.

Pasó las noches a solas con el bolígrafo, pidiendo consejos o quizás inventándolos. Buscando soluciones o quizá imaginándolas. Removiendo el pasado, o puede que intuyendo el futuro. Describiendo el presente, escuchándolo muy, muy atentamente, sacándole hasta la última gota de su jugo. El viejo barbudo tenía razón sobre el asunto de la sed. Durante el día, dormía soñando que escribía, bebía de los manantiales cuya ubicación había sido indicada en los mapas de su desvelo, comía de los mismos vertederos de siempre sin asquearse, sino todo lo contrario: muerto de ganas de sobrevivir una noche más para poder experimentar de nuevo aquella alegría sin aditivos.

Se quedó mudo sin enterarse, el Primo ya tampoco se molestaba en dirigirle la palabra, agitando la bandera blanca ante la precipitada conclusión de la locura ajena, mentira y excusa frecuentes para nuestra propia rendición. Se quedó mudo por la boca y nació de nuevo por las manos, por los ojos. Se reencarnaba cada doce horas sin necesidad de soporte material, ya sólo vivía en esencia. Mantenía a su cuerpo con el único propósito de seguir reconociéndose el alma.

Las pocas veces que miraba a las estrellas bendecía la noche en que le fue entregada aquella magia que sabía transmitirle las palabras de quién sabe qué espíritus, qué seres residentes en otros planetas. A todos los amaba por igual: eran diez, y cada uno se confirmaba y se negaba a sí mismo. El amarillo siempre rezaba: no utilizarás el azul. El azul negaba: no utilizarás el rojo. El rojo se equivocaba: “nó utillicarás el bioleta.” El violeta gemía: por favor, no utilices el naranja. Diez mandamientos que cerraban un círculo en el que todos necesitaban ser leídos. Diez mandamientos que guiaban sus pasos cada día.

La verdad fue que ni el propio bolígrafo sabría explicarse cuándo dio la orden, o el consuelo, o la luz verde, de aparición de la Mujer. El muchacho, ya viejo y barbudo como su predecesor, tampoco recuerda el momento exacto en que levantó la vista del papel a las estrellas y su recorrido se interrumpió con una silueta femenina que le prometió fidelidad, compresión y todo tipo de tentadoras y falsas expectativas. Durante aquella época, sus balanceos tuvieron lugar entre la rigidez recta del bolígrafo, que le seguía proporcionando moldeables opciones y visiones maravillosas de mundos que pocos más habían alcanzado jamás; y la curva imperfección de la Mujer, que lo mantenía despierto sobre el circo romano de los días y le administraba la inyección de adrenalina cotidiana que le hacía desear aún con más fuerza la llegada de la noche.

Cuando la Mujer decidió hacerse un hueco en la memoria del muchacho y marcharse en dirección contraria a la taberna, sus razones se basaban en la imposibilidad de ser escogida. A ella le habría gustado formar parte de ese maldito objeto que creaba vida como un dios alargado y silencioso; pero en aquellos tiempos de puertas herrumbrosas, de calor de una vela, de enredones de cabello, de uñas sucias bajo la lluvia impúdica, en aquellos tiempos, había que resignarse a ser de carne y hueso y en blanco y negro.

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