Rebobinado: manual de instrucciones.

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Al doblar la hoja A4 en dos, su única manera de poder comenzar a narrar; miga a miga; a corto plazo; ocultando una mitad del antifaz para mejorar su visión, comprendió.

Al doblar y fijar con la uña el centro de lo doblado, al separar dos entes uniéndolos por la espalda, al romper el mismo ser obligándolo a mirar en direcciones opuestas antes de forjar sus dos mitades a golpe de un mismo relato, comprendió.
Comprendió que doblar el papel para hacer de dos historias una, equivalía al caer de rodillas y doblarse en uno mismo.
Comienza en la cabeza, nuestro primer renglón, la chispa que prende la ristra de dinamita que, como esas velas bromistas de los cumpleaños infantiles, perduran encendidas por mucho viento que intente asesinarlas. El relámpago inicial afecta profundamente al sistema nervioso: si hay un asiento cerca el impacto es menor. Los pulmones se rinden, las costillas se ablandan y el tronco se arquea hacia adelante, se inclina hacia la vida con humildad. Las manos se aferran temblorosas a quien pueden. La soledad intangible e inasible no ayuda en dichos casos. El papel principal lo tienen las rodillas y esta noche se ausentan sin excusa de la función; el sustituto elegido acaba siendo el suelo, que recibe un solo aplauso, o bueno, dos, hueso contra madera o contra piedra clavándose implorante.
Al final, ves las fuerzas volando por el resquicio abierto al sol de primavera. Y todo tú pareces querer unirte de nuevo con la tierra como en un ensayo de suicidio. La tierra no te traga y lloras tu impotencia, sueltas quizás alguna palabra de ésas de las más hondas y más avergonzantes. A estas alturas tan bajas, con el papel completamente doblado y la prosa en los pies, el antifaz te trepa por el pelo y se desliza a través de tu trenza, de tu jersey de cuello de cisne, o de tu amuleto inútil; y se marcha.

Al abrigo y soporte del borde de madera de su memoria, a estribor, se dobló y comprendió, se dobló y proyectó su voz hacia el núcleo mismo del ataúd tallado por sus manos: En este preciso instante, el único que existe, lamento tanto haberte matado tanto y tan mal.

No tarda el antifaz en regresar y en desdoblar la hoja. Leer la realidad de repente la anula.

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