H&M

Las dos de la mañana habían sucumbido con sigilo a las tres, Marta llevaba agua en los zapatos y música en la memoria. Sonidos electrónicos, estridentes, que todavía hacían juego con sus pasos desde las puertas entreabiertas de los bares. Arrastraba el lodo, no quería irse a casa, pero la habían dejado sola hacía un rato. 

Apareció Héctor y su brazo. Héctor había perdido su otra extremidad en el exilio suizo, en alguna fábrica que aglutinaba emigrantes y diferentes tipos de madera, conglomeración doble y multilingüe. Allí aprendió canciones de piratas, de noche, bebiendo con sus compañeros de los días, saltando para el amo, el acordeón feroz y despiadado que hacía sucumbir hacia las tres a las dos de la mañana.

Sin muchas cavilaciones y con las presentaciones justas, Marta se rescolgó del brazo de aquel rudo marinero de los bosques, que al no poder fumar con un muñón, tuvo que cederle caballerosamente el cigarrillo encendido. Los humos eran densos, de limusinas, de alientos condensando la noche entre beso y beso, de tabaco liado con premura.

Llegaron al hotel, Marta se desnudó y se acomodó en el alféizar congelado de una ventana que daba directamente a enero. En España, los Reyes Magos se habrían escandalizado al verla así, sentada al borde de la neumonía, esperando. Héctor se sonreía, se frotaba en muñón, después abría la boca y soltaba la primera carcajada, se llevaba el muñón al estómago, y después no podía parar de reír por ver aquella melena pardusca intentando volar hacia adentro y a la vez hacia afuera. Después calló, miró a los ojos al rostro volteado de ella, enmarcado en un verde difuso de rimmel de fantasía y de neón; y le prometió mostrarle el futuro dentro de aquella habitación. Fuera está aún muy oscuro, explicó.

Así que Marta se recostó tranquila, observó paciente la empedernida misión de Héctor en los cajones de la cómoda y vio cómo sacaba un pato con la cabeza azul. Un simple pato, quizás del jardín de algún duque de entonces. Marta no se inmutó cuando su hombre le arrancó la cabeza al animal y la tiró a la papelera del baño. Bajo la cama tanteó la parrilla, la enchufó desenchufando la linda lamparita de noche; y así, medio a oscuras, despedazaron, asaron y devoraron a su pato hasta quedar saciados y listos para seguir con vida, o para no seguir, o para lo que fuera. Ellos lo hicieron bien, supieron identificar la forma aleatoria del destino, que estaba por allí mismo, entre sus cosas. Y se lo tragaron con calma. Pluma a pluma.

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