Consumirse preferentemente.

 

Pedro F., de Argamasilla de Calatrava, vino al mundo por el mismo procedimiento de dos rombos por el que todos llegamos, aunque un par de meses antes de lo esperado y envuelto en una capa crujiente desconocida hasta el momento en la ciencia de la obstetricia. En las primeras ruedas de prensa, el médico dudó:

– Los primeros análisis realizados con una toallita húmeda, con fragancia de Nenuco, creo, no son del todo concluyentes. No descartamos que se trate de una malformación de la placenta.

Normalmente, desde que el ser humano pisó este planeta, la placenta se hornea durante nueve meses alrededor del bebé para hacerle llegar el alimento. La esponjosidad de la misma es mayor a medida que la alubia se va haciendo rana, luego gnomo de los bosques, y finalmente algo creíble y digno de vida.

– El pan que traía Pedro F. bajo el brazo no mostraba resto alguno de levadura – respondió el hospital a través de un informe redactado por el departamento de ginecología en colaboración con el de pediatría y Potitos Nestlé, porque tu bebé se merece un crecimiento sano y natural.

La contundente afirmación de los especialistas se debía a que el grosor de la capa que envolvía a Pedro F. era mínimo, casi impalpable. Parecía increíble que se hubiera presentado ante el mundo con aquella especie de oblea, cuando todos los demás seres humanos habían traído pan, pan rojo, pero pan al fin y al cabo: con su corteza y su miga. La depresión postparto de la madre fue inevitable.

Tres días después, los periódicos abrieron con el siguiente titular:

” Pedro F., primer niño en traer un papel bajo el brazo” (Subtítulo: “En él se han descubierto unos símbolos ininteligibles que podrían ocultar un mensaje secreto”.)

Los meses siguientes se convirtieron en una búsqueda incesante, un estudio constante que reunió y sacó de quicio a expertos en criptología, pero también a antropólogos, historiadores del arte, criminólogos y lectores del tarot. Sólo en la provincia de Ciudad Real, dos mil trescientos becarios fueron contratados en los medios de comunicación locales para cubrir el asunto. Mientras tanto, Pedrito dormía profundamente, engordaba a pasos agigantados y comía Potitos Nestlé, porque su hijo merece estar en buenas manos. Las redes sociales se llenaron de fotos de la Piedra Rosetta. Alguien habló de las profecías mayas, algunos de Nostradamus. Cierto presentador de radio, que tenía un programa de misterios, sufrió un derrame cerebral debido a la presión del momento. No se produjo ningún registro de niños nacidos bajo el nombre de Pedro en varios meses. Se duplicó la venta de armas blancas en Castilla la Mancha y Toledo tuvo que importar espadas. Corea del Norte cortó de raíz las negociaciones con Estados Unidos.

Hasta que un buen día, María Antonia D., abuela paterna de Pedro F., se hartó y salió de casa con el abrigo a medio atar y unos pelos que, según afirmó más tarde ante la mirada atenta de las cámaras, “daban vergüenza, qué vergüenza y qué mal rato pasé al verme en el cristal de la frutería”. Su intrépida y cercana familiar decidió personarse en el centro de investigación, un cuarto habilitado en el mismo hospital en el que había nacido su nieto y en el cual expertos con máscaras sacudían la cabeza (con un gorro protector) y se rascaban la barbilla (con guantes de látex.)

– ¡Ya está bien de tanto descifrar y de tanta pamplina! – declaró, según los testigos allí presentes, que quedaron boquiabiertos ante la desfachatez de la anciana, que cogió con ambas manos el papel en el que venía envuelto su nieto al nacer y se lo alzó a la altura de sus ojos. En una incómoda y tensa pausa, la señora se colocó las gafas de media luna, provistas de un cordel anticaídas, y volvió a mirar detenidamente el misterioso documento.

– ¡Esto es un “porspeto”! – gritó mitad emocionada, mitad decepcionada.

Queriendo decir en realidad prospecto, María Antonia D. se convirtió así en la primera mujer manchega mayor de 65 años cuyo nombre figura como palabra clave en la hemeroteca digital de la revista Nature. Más tarde, ganaría un Nobel póstumo y un Príncipe de Asturias, que le hizo más ilusión porque ella quería “conocer a la Leti”.

Y es que fue la abuela de Pedrito quien revolucionó el mundo con la primera lectura del prospecto que los niños comenzaron a traer bajo el brazo. La diplomacia comenzó a carecer de sentido; la tasa de pobreza extrema se rebajó hasta límites insospechados; no hizo falta la llegada de un nuevo Mesías, ni del viejo; los parados se pusieron manos a la obra en el desarrollo de energías alternativas; los enamorados se reenamoraron, los desenamorados se perdonaron; cada persona escribió un libro y leyó y halagó el de su vecino; nacieron miles de Pedritos y Pedritas con sus versiones chinas y anglosajonas; se izaron estandartes con la foto del bautizo de Pedro F. y la Tierra se convirtió al fin en un lugar habitable en toda su superficie.

Pedro creció abrumado por el bullicio y lo entendió todo una tarde de domingo, revisando cintas VHS en el salón de su casa. Encontró las declaraciones de su fallecida abuela, grabadas por un becario al que ese día contrataron indefinidamente. Algo no cuadraba en aquel vídeo. La abuela leía, ante la mirada atenta de los expertos, frases como “acariciar antes de dejar crecer”, “no conservar en el frigorífico”, “mantener siempre al alcance de otros niños” y “tomar una dosis de su risa después de cada comida”. Rebobinó hasta la parte en que todos los científicos rompían en un aplauso estruendoso y alguien abría una botella de Coca Cola por no haber champagne por allí cerca. Repitió la escena varias veces porque, a pesar de que su abuela leía con lentitud, no acababa de entender cuál era el mensaje revelador. Al final logró comprender:

“Posibles efectos secun…secundarios de la vida: puede provocar náuseas, mareos, dolor en general e incluso la muerte.”

Huelga decir que la nueva religión cayó “como agua de mayo”, según María Antonia D. Ante ese temor imperante, que se tradujo en alegría, ningún laboratorio se atrevió a desarrollar vacunas. Por una vez el miedo se enfocó ante un ente digno de temer y, bueno, los seres humanos siguieron unidos ante él, plantándole cara y exprimiéndose reflexiva y recíprocamente, celebrando que Pedro F. se afeitaba por primera vez.

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