Del verbo sobrar.

Guarnición_ http://www.goear.com/listen/17aa1ae/one-love-people-get-ready-bob-marley

Cuando yo era joven, se puso de moda la costumbre de cambiar los nombres de las cosas por otros que, en apariencia, no guardaban ninguna relación con el concepto o el objeto nombrado. Yo misma decidí cambiarme el nombre una mañana. Cogí un par de palabras prestadas, un yogur de la nevera y pensé: pues por qué no.

Así pues, era común pasear por las calles y escuchar estas novedades lingüísticas en conversaciones ajenas, aunque sólo cuando la batería del mp3 pedía clemencia. Entonces nos gustaba mirar y escuchar a otros. Debo decir que, en una primavera del norte de Europa, que fue bastante otoñal, pasé varias noches en vela intentando averiguar el objeto de conversación de los jóvenes que alumbraban la nocturnidad de la ciudad. Por supuesto que las diferencias idiomáticas añadieron dificultad al asunto, aunque sirvió también para que se convirtiera en un reto. Intentaré traducir mis recuerdos.

Una pareja comía un par de helados, como si el tiempo acompañara. Ella, rubia, le miraba a los ojos; y él, también casi rubio, miraba al helado, como excusándose. Los fragmentos de conversación me llegaron lentos, casi en diferido. La traducción simultánea no era entonces mi fuerte. Ella reprochaba “No me das suficiente tiempo libre”. Él decía: “yo nunca te prometí tiempo libre”. Y ella, mitad furiosa, mitad divertida: “Excepto cuando quieres que hagamos el tiempo libre”.

Achaqué la confusión a mi reciente llegada al país y seguí caminando. El fin de semana se presentaba solitario, no me quedaba ni un euro para escapar con el resto a la costa. Sí para comprar un helado. El camarero de la cafetería italiana me guiñó un ojo: “Aquí tienes, mi tiempo libre”, dijo mientras me entregaba el helado y la vuelta. Me prometí a mí misma buscar en el diccionario la repetida palabra; tenía que haberla memorizado mal en el colegio, haberla asociado a la idea equivocada.

Como siempre que me quedaba a solas con las calles, me vi invadida por un impulso de espiritualidad, así que caminé hacia la catedral. Las campanas resonaban sobre los toldos del mercado de la plaza, que ya se plegaban, como el sol a esas horas. Dentro de la iglesia se estaba bien, pensé en arrodillarme, me avergoncé, no supe cómo poner las manos. De repente apareció el cura; no esperaba que diera misa ante aquella audiencia tan de caber en un taxi. Demasiado tarde para escapar, me quedé a escuchar, porque responder no sabía. A los pocos minutos, me creí testigo de una epifanía, víctima de una broma divina y en definitiva, posible protagonista de un exorcismo. ¡Ahí estaba otra vez la condenada palabra! Miré a mi alrededor: ¿Ni aquella vieja devota, ni aquel sintecho, ni aquel estudiante notaban nada? ¿Permitía el Vaticano la instalación de cámaras ocultas en los capiteles neogóticos?

Comenzó el sermón y yo me tapé los oídos, desesperada. Después me apreté los párpados con las yemas de los dedos hasta que vi lucecitas, por lo que renuncié a mi sordera. Intenté pensar en castellano: inútil. Ahí estaba ese sustantivo compuesto, cuya traducción era “tiempo libre”. ¡Lo estaban usando mal, por Cervantes, por Goethe, por Fray Luis de León y por Santa Teresa de Jesús! ¡Ningún código semántico terrestre aceptaba semejante aberración!

“Y dijo Jesús: daos vuestro tiempo libre los unos a los otros, como yo os lo he dado”.

Salí de la iglesia despavorida, agitando los brazos y profiriendo improperios, que es una cosa muy mía, ante la mirada estupefacta de los asistentes, que es una cosa muy de guión de cine. Iba a añadir que al cura se le cayó el cáliz de la mano y se rompió en mil pedazos, mientras se llevaba la mano a la boca murmurando: “¡Habrase visto!”. Pero no os voy a mentir, no me fijé en su reacción, quería salir de allí cuanto antes.

Horas más tarde, con la noche caída como una buena falda sobre los tejados, se me acercó un amigo reciente, también extranjero; y yo sentí que no tenía ningún derecho a descubrirme llorando en aquel lugar tan público y a la vez tan secreto para mí.

“¿Ya estás otra vez buscando, querida?”, sugirió, y yo le solté una carcajada que debió de asustarle bastante. “¿Qué es esta vez, qué sentido se te ha escapado?”

Creo recordar que le puse la mejilla en el hombro y le expliqué que creía que me estaba volviendo loca. Él calló, mala señal. Yo proseguí mis lamentos:

“No entiendo por qué no nos conformamos con que las cosas sean como son”, le expliqué, “parece que no pudiéramos dejar paradas nuestras neuronas, que siempre estuviéramos hambrientos. Yo, esta noche, no voy a poder dormir pensando en por qué la gente pronuncia “tiempo libre” cuando no toca”.

Se hizo otro silencio cómodo. Me acarició el pelo y, como aquello se estaba poniendo bastante raro, me fui a dormir; y soñé con patos cuyo lenguaje no entendía. Luego con zorros; después, con zorros con plumas y patos con pelo. Me desperté envuelta en sudor y en sábanas, me deshice como pude de todo y abrí el cajón de la mesilla tan rápido como me lo permitió mi astigmatismo avanzado. Ya con gafas, desempolvé una vieja carta que, a mi parecer, contenía la respuesta del enigma.

“El amor es como el tiempo libre”, decía la carta, “es algo que se nos concede al nacer; es más, es algo de lo que nacemos, provenimos de un rato ocioso y hacia él se nos proyecta. Se nos da una carga ilimitada de amor y de tiempo libre, para que hagamos con él lo que nos plazca. Algunos lo entregan, algunos lo malogran. Unos crean en su nombre y otros matan con su uso.” Yo me rasqué la cabeza. “El amor y el tiempo libre son sinónimos: vivimos deseando alcanzarlo, volvemos a casa exhaustos después del trabajo esperando que nos esté esperando en el sofá, somos puro amor y tiempo libre. Hay quien quiere eternizarlo en un intento vano, cuando simplemente hay que racionarlo”.

“Duérmete, me dije, mañana vas a tener mucho tiempo libre que ofrecer y recibir”. Al cerrar los ojos, vi pasar por delante de mis ojos conceptos que cambiaban con la moda. Fabuloso se hizo guay, carroza se transformó en viejuno, computadora se convirtió en ordenador. Amor se transfiguró tiempo libre. “Yo nunca te prometí mi tiempo libre”. Algo en mi interior se dio cuenta de que estaba hecha de la misma masa que el resto del universo; y tuvo hambre.

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