El hombre más alto de la Tierra.

El perdón era una puerta espejada, y él no conseguía traspasarla sin lastimarse la barbilla, o las cejas, si se agachaba.

El perdón era una puerta espejada y él no conseguía atraversarla si se sentaba frente a ella a mirarse a los ojos.

El perdón era una puerta espejada y despejada, custodiada sólo por el terrible hombre al que le faltaba la mitad superior de la cabeza.

El perdón era una puerta espejada que se rompía cuando rozaba los nudillos de los llamadores y los hería con sus treinta y un pedazos de idénticos triángulos equiláteros.

El perdón era una puerta espejada tan ancha como el horizonte. En ella cabían la soledad, los pasteles, las ensaladas y el recuerdo de su cuerpo, incluyendo todos y cada uno de los poros cubiertos de sudor, de saliva, de resina y de barniz.

Pero por la puerta espejada del perdón no entró el hombre más alto de la Tierra.

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