Tostadas.

 

Los dibujos animados de la infancia, los libros de esas autoras españolas que sólo saben escribir para mujeres, las revistas de psicología de la sala de espera del dentista, el reflejo de todos mis defectos físicos en el espejo interior del armario y por encima de todos ellos, mi madre, me habían convencido de que el hombre que terminara por enamorarse de mí lo haría de mi yo de recién levantada. Yo me encogía cada mañana en el asiento del metro mirando hacia los lados, con las ojeras aún aplastándome la cara, mascando chicle e intentando concentrarme en los compases que brotaban de mis auriculares y se me anudaban al cerebro como una enredadera con ataques de vértigo.

De recién levantada. No me lo creía.

No lo creía hasta la mañana en que me enamoré del cartero. Y él de mí, por supuesto.

Comencé a gastarme cantidades asombrosas de dinero en enviarme cartas certificadas a mí misma. Lo pasaba bien inventándome las identidades de los remitentes. Sacaba los nombres de los personajes que había soñado la noche anterior y los escribía en el reverso de sobres vacíos.

La primera carta fue cierta, claro. Era una multa de tráfico, del día que perdía el avión a Managua y sonreí al radar de la autopista a casi doscientos. Pero al ver al cartero en el umbral de mi puerta, no me sonrojé por recibir ese justificante oficial de mi torpeza natural, sino por mi costumbre de dormir con cualquier cosa que encontraba en los cajones. A él debió de parecerle divertido mi aspecto, pues no dejó de sonreír mientras yo procuraba no acercarme demasiado al firmar el acuse de recibo.

Digamos que forcé lo que él no se atrevía a hacer el día que me autoenvié un ramo de flores. Ya nos tuteábamos, él conocía de sobra mis trucos, yo había memorizado todos sus gestos. Cuando lo vi plantado en mi puerta, la cazadora amarilla se transformó en esmoquin. Mi pijama seguía siendo pijama. Lo mantuve cada mañana como un reto personal para mí, como una prueba de fuego para él.

– Esto es para ti, Cloti. – me dijo. Me entregó las margaritas que yo misma había encargado y pasó a tomar café. Al contrario que en las relaciones normales, la rutina se tornó magia. Se enamoró de mí y yo de él, como decía. Se enamoró de mi yo recién levantado.

Como temía perder su puesto de trabajo a causa de nuestros escarceos, algunas veces olvidaba algo al borde de la cama antes de coger de nuevo el carrito lleno de cartas apresuradamente y seguir con su tarea. Una mañana le seguí medio desnuda escaleras arriba para devolverle un folleto que había olvidado y le descubrí regalándole flores a una vecina que estaba en camisón. Herida en mi falta de exclusividad, le di a aquel gesto todo el significado que él no le daba. Le tiré una pantufla entre ceja y ceja y regresé a mi vida de pastelería y libros de autoayuda. A mi madre le retiré la palabra durante una semana.

Esta mañana he encontrado el panfleto que se dejó el cartero en mi habitación. Se trataba sólo de una lista de los servicios de paquetería y mensajería ofrecidos por su empresa.

No incluía el envío de flores, pero me percaté demasiado tarde.

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