Color charco no había en las Plastidecor.

La procedencia de nuestros antepasados se divisaba de lejos por el color de sus pieles. Según cuentan los archivos de este nuevo mundo, solían quedar para fumar shisha y hablar por la boca. Utilizaban también la boca para muchas más acciones cuyo significado desconozco pero he visto en algún vídeo. Comían a través de ella, algo que me resulta inaudito. Gesticulaban abriéndola y cerrándola, emitiendo monstruosidades sonoras llamadas “carcajadas”, y al hacerlo se convulsionaban. Me pregunto si dolería. Lo que no concibo es algo a lo que llamaban “besar”. Es lo más grotesco que he presenciado, o mejor dicho, visionado nunca.

Insistía en el tema de la pigmentación cutánea porque se me antoja curioso, casi primitivo. Con los años, la globalización hizo del mestizaje la norma general. Ahora que somos todos grises, es complicado encontrar un motivo para la discriminación. Lo mismo ocurre con el índice de masa corporal. En dos o tres generaciones, la homogeneización de la especie humana ha culminado en esto que somos ahora. No puedo imaginarme a mi bisabuelo sentado en uno de esos cojines redondos, comunicándose y viviendo a través de la boca. ¡Qué cosa tan antihigiénica, qué desvirtuación de la condición humana, qué poco respeto por la dignidad propia! En la Antigüedad tenían un concepto del placer totalmente inmoral.

Mis amigos y yo somos mucho más felices. Yo me voy a unir a una de ellos cuando acabe de descargar todos los datos relativos a su anterior amor. Tampoco sé de qué lengua muerta proviene esa palabra, pero aún la utilizamos para nombrar al acto de perpetuación de nuestra raza. Como decía, mis amigos y yo también nos reunimos para hacer muchas cosas. El otro día estuvimos de pinchos. Así llamaban mis tatara-tatarabuelos a los dispositivos USB. Nos teletransportamos cuando los rascacielos de la luna empiezan a divisarse tras los nuestros; y si alguien no puede venir, llama por Skype. Es increíble que el Skype haya durado tantos siglos. Quedamos en la puerta de algún antro y allí elegimos desde qué puerto queremos descargarnos la cena y la bebida. Allí puedes alquilar los cables, pero casi todo el mundo se trae el suyo de casa, es más económico y seguro.

Mis padres, pobrecillos, tenían que remangarse las camisetas para enchufarse el cable al puerto USB de las sangraduras, pero hace años que sólo se diseña ropa agujereada en la parte interior del brazo, opuesta al codo. Allí nos conectamos todos juntos y comemos. Lo más divertido es compartir la comida en Facebook y comentar si está picante, fría, pixelada. A veces, cuando vamos de tranquis, buscamos un vídeo con la receta de dicho plato y lo vemos todos juntos. O una peli, o un concierto. Es fácil conocer a la gente que está sentada en el mismo antro, puesto que estamos todos conectados a la misma red local. Mis antepasados tenían que imaginarse qué estudiaría la chica que estaba apoyada en la barra del bar y comprar un poco de valor para acercarse a preguntárselo (creo haber oído que se compraba.) Ahora ya no tenemos ese problema, porque todos esos datos son públicos en su perfil.

No sé quién narices dejó entrar al tipo ese hace unos días, pero nos pegó un buen susto a todos. Se metió en vena tantas descargas, mezclando todo tipo de archivos -con lo mucho que han advertido los médicos sobre la peligrosidad del multimedia- que al final no era capaz de controlar ningún movimiento, y terminó bajándose un virus que se extendió por todo el local y nos dejó varias horas tirados en el suelo, incapaces de movernos, hasta que llegó la ambulancia informática. Uno de mis colegas, de hecho, quedó tan dañado que no pudo recuperarse. Por fortuna era el novio de la chica que me gusta. Pienso ser muy feliz con ella, pero siempre usando protección, claro. Ella es muy vintage y amante de esos seres que se llamaban “animales”, así que me voy a bajar el Panda Antivirus, que seguro que le hace ilusión para nuestra primera vez.

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