Dulces sueños.

Érase que se era un pequeño hombrecillo del tamaño de una mosca y tan golosa como ella. El pequeño hombrecillo, preso de sus frustraciones, proyectadas hacia el futuro en forma de fracasos premeditados e intentos abortados, vivía abrazado a la superficie esférica de un caramelo. Una superficie brillante, jugosa y por encima de todo, dulce.

Pegado a ella divisaba el mundo hasta el grado de amplitud que los tendones de su cuello le permitían alcanzar. Contemplaba los pasos de lo ajeno, las curiosas miradas, las potentes válvulas de escape de sus congéneres. Las admiraba; pero a la vez las temía y, como consecuencia, a veces hasta las despreciaba.

El pequeño hombrecillo sabía que, con el impulso interior necesario, podría despegar(se) de su cómodo, conocido y acaramelado planeta. Y sabía también que caería al abismo. Esa desorientación imaginada le perturbaba hasta un límite que su comprensión era incapaz de manejar. ¿Quién podía darle referencias de su cero absoluto? ¿Qué se aparecería más allá? Como un equilibrista, al reflexionar sobre sus opciones se erguía algunas veces; y con mucho cuidado se colocaba de pie sobre el caramelo, caminando despacio para hacerlo rodar, siempre con la precaución de mantener una de las suelas incrustadas en el azúcar para no caer.

En una soporífera mañana de verano, tumbado bocabajo, a la sombra, los ojos fijos en algún fragmento de aire, la columna arqueada cóncavamente sobre la golosina, le sorprendió el arrastrar de ocho patas acercándose con sigilo. Una enorme araña lo miraba desde su gula infinita, relamiéndose (porque, como todos sabemos, las arañas también tienen lengua.) Conmocionado, confuso, obligó a su cerebro a reaccionar y sopesar las consecuencias de su decisión. Decidió no morir engullido, no ya tanto por la dolorosa muerte, sino más por el indigno descanso final de sus huesos digeridos. Y de un salto, abandonó el caramelo.

El pánico lo invadió cuando se percató de que sus pies llevaban consigo tanta azúcar, que no era capaz de echar a correr. Pegado al suelo, pero en un punto demasiado lejano para tocar a su amado mundo, sucumbió a la tentación de pensar en que iba a experimentar la más triste y solitaria de las agonías. Cerró los ojos, en parte para no ver y en parte para no darle el gusto a su verdugo de verlo llorar, y esperó.

La araña parecía tardar tanto que el hombrecillo casi suspiró aliviado, creyendo que había cambiado de objetivo y se había marchado. Pero al abrir los ojos, permaneció inmóvil: la araña se estaba comiendo su caramelo. Sin prisa, de fuera adentro, toquiteándolo con sus ocho tenedores antes de llevárselo a la boca. La espera fue impotente, eterna.

El sentimiento que experimentó el hombrecillo al ver marchar al empalagado arácnido no puede ser descrito. Él tampoco supo qué nombre ponerle, aunque habló de dolor, de liberación, de paz y de deseos de venganza; pero nunca quiso posicionarse por ninguna palabra en concreto. Lo que sí cuentan es que, a partir de esa mañana, se vio obligado a alimentarse de algo más que de caramelos; y creció; y nunca más volvió a ser pequeño; y nadie más volvió a llamarle hombrecillo.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s