Brecha.

 

La hora del aperitivo; y yo sentado en aquellas húmedas baldosas, frente a un tipo que no dejaba de mirarme. Nos unía un solidario rugido común de estómago. Éramos dos siameses de sensaciones, en aquel momento. Y sin embargo, me embargaba la más pesada de las extrañezas, la más infundada de las desconfianzas hacia su mirada vacía. Me pregunté si mi compañero de calabozo estaría drogado y él me preguntó por qué motivo había ido a parar allí, a plena luz del día. Parecía un veterano burlándose de mi falta de experiencia delictiva. Parecía orgulloso de ello. Parecía estúpido.

 

Supongo que, tres horas y pico antes, yo también lo había parecido. Estúpido, ridículo y cualquier otro adjetivo esdrújulo que describiese mi idea, convertida en acción, de quemar el periódico de la mañana sobre la tumba de mi escritor paisano de referencia. Pirómano. Quería manchar su nombre, quería vengarme de sus promesas lanzadas a la eternidad con tanta alevosía, con tanta desfiguración de la realidad provocada por su efímero paso por la vida. No sé qué pretendía demostrar ni simbolizar con mi acto profanador. Necesitaba romper un lazo cuyo extremo primero escapaba a mi alcance; y probé prendiéndole fuego a la primera frustración matutina que encontré, para ver si siguiendo la llama podía encontrar la raíz de mi malestar, el cimiento podrido de mis castillos en el aire y en definitiva, el inicio de mi entonces mil veces automaldecido cordón umbilical.

 

–          Supongo que quería morir y que no supe cómo – le traduje al otro detenido.

 

–          ¿Y eso cómo se come? – hablando imponía bastante menos respeto.

 

–          Tenía los ingredientes: la frustración, el fuego, el cementerio. Se me cortó la mayonesa.

 

–          Tío, qué raro hablas. ¿Eres un perroflauta de esos?

 

Aquello sí que no me lo esperaba. Nos miramos fijamente durante unos segundos, yo contrariado, él semiarrepentido, ambos dudosos. Después sonreí y comenzamos a hincharnos con una especie de  helio absurdo que nos hizo acabar estallando en carcajadas. Éramos dos locos del mediodía. Ambos estábamos terriblemente tristes.

 

Esa certeza, firmemente impresa en nuestras consciencias, pasó desapercibida para el policía que nos pidió silencio a través de la puerta. Las rejas habían pasado, pude comprobar, a un plano mucho más romántico y antiguo. Volvimos al mutismo de gotelé, por lo tanto. Yo reuní todas mis fuentes de energía para intentar no pensar en el camino recorrido por el coche patrulla, que partió desde el cementerio a través de la ciudad entera y por delante de nuestro desvencijado edificio familiar, hasta llegar a la comisaría. Esta descripción mental fue un aborto de mis intenciones: comencé a torturarme sin llegar a las lágrimas, que es la peor tortura.

 

Recordé; y focalicé mi recuerdo en un punto determinado del espacio y del tiempo, como si así fuera a reubicarme. El radar me situó en el final de un verano. No, no era un verano. Era el verano. 2006 no nos ofrecía aún la coraza de la crisis, la excusa perfecta para escapar. Las oportunidades laborales nos abordaban por las calles de mi ciudad, nadie con cuatro dedos de frente y tres de remordimientos habría sido capaz de esquivarlas. Yo deseaba con todas mis fuerzas, adquiridas durante siestas eternas; y con toda mi capacidad retentiva de bebidas alcohólicas, no toparme con ellas. La brecha que me separaba de Nunca Jamás era demasiado ancha para unas piernas atrofiadas durante cinco años en una biblioteca. Las mías. Las que temblaban de pánico tras los finales y ante los principios.

 

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