Milésima.

 

Sonaba un son. La Habana en la memoria, sus ojos abrasados, en fin, cosas que antaño merecieron la pena y hoy solamente eran nubes pasando grises por entre los barrotes de su balconada, riéndose de cualquier intento de brote, de raíz, de color que él intentara ponerle a su vida.

No pudo evitar mover los tobillos, no obstante. Conocía el tema, se le subió a las caderas, pero no llegó a tentarle los brazos. Estaba tan lejos de aquellos soles infinitos, de la humedad que le invitaba a diario a vestirse con hojas de parra y morder manzanas hasta saciarse; estaba tan lejos que decidió no volver atrás jamás para acercarse a su paraíso perdido. El único medio sería aislarse, crear una celda de dos pasos cuadrados, para que si intentaba dar uno hacia atrás se chocara con su propia espalda. No, por favor, trompetas no, le rogó al cerebro, o el cerebro a él, qué más daba, ya estaba bailando y, a la vez, construyendo su refugio, su repudio, su reflexión de ladrillo y sombras. A ritmo de renuncia, con sabor a sacrificio; y con pinta de excusa al fin.

Irguió una pequeña muralla a su alrededor. Quedó preciosa. Quedó de postal. De hecho, pensó mirándola fijamente, creía que estaba inspirada en una postal. ¡Claro! En aquella postal que un antiguo camarada comunista le había enviado desde China, hacía al menos siete años. Era una imitación de la Muralla China. Una miniatura, un juguete, una creación poco original, pero le serviría, pensó de nuevo, para encarcelarse tras la autocrítica, tras el juicio propio al que acababa de someterse. Se condenó acuclillándose entre aquel fuerte de estética oriental. Se sentía bien en aquel esperpento. El surrealismo era cómodo y lo suficientemente excitante como para aportarle a su vida algo de ese color que las nubes le estaban robando a diario, sobre y frente a las balconadas.

Esperó, a ver si aparecía el fantasma de la soledad y le indicaba si debía arrepentirse o regocijarse.

Fue entonces cuando comenzó a ver aproximarse, poco a poco, a su equivocación. Un error de millones y millones de ojos rasgados que se acercaban a su escondite con cámaras de fotos y sonrisas que hacían que se rasgaran aún más. Chinos, chinos y más chinos. Chinos felices y de vacaciones. Muchos seres humanos dirigiéndose con prisa y sin pausa hacia su sueño. Ten un hijo, escribe un libro, planta un árbol y construye una buena muralla para morir tranquilo, decía el dicho. Deberían haber añadido, pensó, maldita sea, qué manía aquélla de pensar, deberían haber añadido la prohibición de hacerla a imagen y semejanza de la Muralla China. Murió aplastado, por supuesto, pero eso no le dolió. Le dolió la patada irónica del mundo en las costillas, la escabechina de sus planes de viejo solitario, la imposibilidad de regodearse en su propio charco de miseria. Y sobre todo, la falta de perplejidad con la que comprobó que toda aquella gente no había venido a verlo a él.

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