Desahucios.

 

1. m. Acción y efecto de desahuciar (‖ despedir a un inquilino).

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desahuciar.

(De des- y ahuciar).

1. tr. Quitar a alguien toda esperanza de conseguir lo que desea. U. t. c. prnl.

2. tr. Dicho de un médico: Admitir que un enfermo no tiene posibilidad de curación.

3. tr. Dicho de un dueño o de un arrendador: Despedir al inquilino o arrendatario mediante una acción legal.

¿Qué tal, cómo están? Me encuentro al borde del abismo; he fracasado, no estrepitosamente, sino en silencio, arrastrando una sospecha que mi familia y mis amigos comprobaban desde lejos, como si fuera una larga cola que saliera de mi espalda, una serpiente que siempre me acompañara a comprar el pan, a llevar a los niños al colegio, a la Almudena a dejarle las flores a un padre que –oh Dios mío, evítalo– espero que no vuelva nunca a levantar la cabeza.

Me pregunto si alguna vez alguien creyó en mí. Padre solía hacerlo, sólo porque de niños todos tenemos altas expectativas y sueños nobles, porque somos promesas tiernas al fin y al cabo. Nadie duda de una raíz, nadie ve las raíces podridas. Es durante el torcido crecer del tallo cuando suena la voz de alarma, un reproche sordo, omnipotente. Bueno, no creo que nadie creyera en lo que yo creía y ahora estoy aquí, sentada en un alféizar. Diría en “el alféizar”, pero es indefinido, no pertenece a nadie, si acaso a una malformada masa sin rostro aparente.

He fracasado en silencio y pese a que todo el mundo sabía cómo iba a acabar esto, nadie fue capaz de pasarme por debajo de la puerta una advertencia, de darme un codazo durante la cena de Nochebuena, de echarme una mirada limpia de pretextos y convenciones sociales. Nadie fue capaz de desprenderse de una falsa confianza hacia mi futuro que en realidad no sentían, nadie fue capaz de sincerarse para llevarme, y conmigo llevarse, al límite del ridículo. Y ahora estoy aquí, una heroína del siglo veintiuno, no seré Juana de Arco, no una mártir que se propague en bautismos de una nueva generación, no seré nadie porque nunca fui nadie. Sentada en el límite entre la ridiculez y el heroísmo, que castiza y curiosamente está sembrado de geranios. Desde abajo señalan un par de personas. Es demasiado tarde, no podéis persuadirme de no tomar malas decisiones cuando todas han sido ya tomadas. He fracasado en silencio: así se encuentra el pequeño comedor, que no “mi comedor”, ahora que los niños siguen en sus actividades extraescolares, creyendo que eso es precisamente el mundo, un ocio a elegir, un cuento de buenas noches que nos deja con buen sabor de boca antes de irnos. Queridos hijos, es bilis lo que sube por mi garganta en estos momentos, es miedo, pero es un miedo a la propia indiferencia que me acorrala y me empuja. Os evitaría esta verdad si no supiera que lo que estoy a punto de hacer va a arrebataros injustamente toda vuestra inocencia. Pero es inútil ya evitar ese hecho, así que  de todos modos quería contaros lo mal que sabe la muerte, algo así como la coliflor sin mayonesa, para que nunca hagáis lo mismo que estoy a punto de hacer yo. Sí, la muerte huele a las verduras hervidas que la viejecilla del tercero va a cenarse esta noche, o quizás mañana al mediodía, que se elevan desde el extractor de una cocina solitaria que le regaló Franco. A mí nadie me regaló nada; y  menos mal, porque así conocí el verdadero sabor de la lucha.

No estaría bien que esta mierda comenzase a atraer a las moscas smartphones, por lo que voy concluyendo. He fracasado y no quiero tener que arrastrar por las calles una colorida caravana de circo, visible esta vez, serpiente o cola de la humillación, formada por algún mueble que no tengo dónde colocar, un par de hijos que no sé dónde bañar ni acostar y un puñado de billetes que me gustaría arrojar a los ojos de algún banquero para provocarle numerosas úlceras en las córneas, pero que he tenido que dejar, niños, en el joyero de lata de la mesilla de noche; lo guardáis, que Pedro lo divida entre dos, que ya sabe, e intentáis que no os lo quiten por si tenéis que compraros para el recreo algún Bollycao. Los libros, los metéis en cajas pero no los olvidéis, llevadlos con vosotros donde sea. Al hámster intentáis venderlo, regáis un poco las plantas antes de que vengan los del banco y les ofrecéis algo de beber, sed amables. Pero nunca seáis inocentes.

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