Paisaje fluvial de octubre.

 

Los cuerpos yacían uno junto al otro, su mano derecha casi rozando su mano izquierda, los párpados inmóviles y la piel indiferente al borboteo del río -imprevisible y nuevo a cada paso- que les besaba los pies en la añoranza de ahogar a algún amante del pasado.

Allá quedaban los restos de cáscaras otoñales salpimentando el terreno y crujiendo en silencio cada vez que una mirada moteada, frágil, se posaba sobre ellas. Los zapatos, siniestramente abandonados; la respiración que no llegaba al grado de invernal. El alma acompasada de los que antes no compartían alma, entrando y saliendo de sus cuerpos invisiblemente, formaba, sin que nadie lo sospechase, la neblina que al día siguiente saldría al paso del lecho fluvial, lo cubriría totalmente con polvos de talco y lo apartaría, como una sábana santa, de la curiosidad de quienes entonces comenzarían a llamarlo misterio.

Natalia y Carlos detenían su ofrenda de dióxido de carbono sobre sus cráneos dormidos, la despedían cariñosamente con la punta de la nariz y la dejaban volar, con la condición de que jamás regresaría al nido. La sorpresa del amor les había enseñado a compartirse hasta un límite indefinible y ya no les importaba cederle el combustible a otros proyectos, mantenerse alejados del bullicio y buscar alimento en las estrellas. Las copas de los árboles dificultaron la tarea embelleciéndola, que es la forma perfecta de los retos. Los pies estaban fríos como si hubieran apostado por ello, es decir, con la consciencia plena de querer estarlo. Ya las manos se habían enlazado, jugueteaban en sueños, detectives de su concavidad y su simetría.

Nadie pudo moverlos del paraíso. La persuasión salió de boca de unos cuantos; pero sólo la muerte pronunciaría el discurso ganador. Echaron sus cenizas al río sin llorar y sólo un joven pariente se fijó (no quiso ser objeto de burla o impresentar respetos; y calló) en las pequeñas olas del agua de la orilla, que no eran otra cosa que los surcos de dos pares de pies arrugadísimos, veinte dedos ya blandos, endurecidos una vez por la falta de rumbo. Contará la leyenda que la niebla les hacía cosquillas algunas madrugadas; y desde el puente se podía escuchar que el río se reía como nunca rió.

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