Fragmento (quizás.)

 

Emilia y Rodrigo acaban de conocerse. Ante la perplejidad de él, ella pregunta: ¿Cómo crees que será separarnos? ¿Qué cantidad de lágrimas es necesaria para que una persona no necesite llorar nunca más? La pregunta no es del todo exacta, no es del todo… correcta. Deja que la reformule, le pide Rodrigo, pero ella se autocorrige. ¿Qué cantidad de lágrimas es necesaria para que una persona crea que nunca más va a necesitar llorar? Es curioso, Emilia, francamente divertido, perdóname el sarcasmo, cómo has dado por hecho que este encuentro nuestro va a terminar en lágrimas, no hoy, quizás tampoco mañana, pero un día cualquiera del futuro, un día que se asemejará a uno pasado, que será idéntico, así que quizás sí sea hoy, quizás ya fuese ayer, Emilia, el día en que lloraste por nosotros aunque aún no nos conociéramos. Es curioso que hables de que una persona no necesitaría llorar nunca más cuando ya haya llorado lo suficiente y, sin embargo, estás planeando que un día vas a llorar por mí, estás presuponiéndolo, oliéndolo en el aire, la intuición del dolor arde por encima de estos vasos en los que tan sólo queda el hielo. Emilia, Emilia, no quiero sonar cínico, no quiero sonar reduccionista, pero la cantidad de lágrimas necesaria para que una persona no necesite llorar más es inconmensurable y se reduce a nada, porque ese nunca más es incierto, incierto, Emilia, incierto, no cierto; es falso. Y no quiero parecer un sabio, querida, pero la cantidad de lágrimas necesaria para que una persona crea que nunca más va a necesitar usarlas es cualquiera. Me vale una gota y me vale un río. El impulso con que la Tierra, al girar, obliga a levantarse al ser humano cada vez que cae, esa contradicción con la que el planeta se ríe de su propia condición gravitatoria y de nosotros sus parásitos, hace que la suma de lágrimas sea indefinida, porque el ser humano, independientemente de lo vacío que quede, va a volver a llenarse. Y lo que es más importante aún: va a querer volver a llenarse. Ésa es mi respuesta, Emilia: Si quisiéramos acumular una cantidad precisa de lágrimas para no tener que llorar nunca más, no las derramaríamos, no irían a parar al camino final de la evaporación; que me parece, si puedo incluir el comentario, la manera más elegante de morir. Ojalá fuéramos líquido. Muy bien, reconoció Emilia, y sin embargo yo tengo otra respuesta que con creces va a superar a la tuya. Vamos, pregúntame de nuevo. Emilia, niña Emilia, tú y tus juegos… de acuerdo, ¿cuántas lágrimas son necesarias para que el ser humano crea que no necesita llorar nunca más? Y Emilia sonrió muchísimo, su sonrisa se expandió por toda la sala con satisfacción: Las lágrimas, Rodrigo, pueden ser suficientes para ciertos propósitos, y escucha bien la palabra, comprende el significado que encierra, suficientes, Rodrigo, suficientes, pero jamás van a ser necesarias. Y bueno, como es lógico, tras el cortejo dialéctico llegó el contacto físico, vino como para corroborar, como para dar el último paso, subir el último escalón y divisar un fin allí a lo lejos, un fin cualquiera, impreciso y ficticio, allá abajito, y aquella distancia que los distanciaba del fin también podría ser cualquiera, ellos lo sabían, siempre lo supieron, que los horizontes son tan peligrosos que deberían dejar ciegas a las personas y que sin embargo, las dejaban en éxtasis, las transformaban en gigantes, las convertía en dioses, que es lo mismo que decir: les devolvía la inocencia.

Anuncios

Un pensamiento en “Fragmento (quizás.)

  1. yo

    y tu

    tu y yo
    y nosotros y

    un encuentro
    y nosotros.
    tu y yo que nos hemos encontrado

    un ser humano
    y las estrellas,
    las estrallas que en algún antes fueran lágrimas
    o el sudor
    de ángeles perdidos.

    un ser humano,
    y lo absoluto.
    lo absoluto, tan profundo, que nos deja callado
    boca arriba
    por su aridez indigente y absolutamente boca abierta
    por absolutamente aburridísima que es la película que ya no vemos
    porque haciendo el amor en la ultima fila del cine
    somos cazados a nuestra inocencia.

    el ser humano
    y la repetición
    de fines, de fines absolutamente definitivos,
    de primeros besos, primeros besos a personas nuevas,
    de las caracolas que acumulamos
    siendo absorbido por otra cosa
    que también creció en sucesión de fibonacci
    esa sucesión de inevitables regresos a la infancia,
    y sus miradas a lo azul del cielo.
    ese cielo con ese azul terrible
    que ya no es color, sino un cielo.
    pero un cielo
    sin estrellas sin lágrimas.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s