Let it Snowden.

No voy a entrar en el manido debate de si las coincidencias existen o no. Voy a contarles lo sucedido; y la verdad se convertirá, cuando terminen estas líneas, en un asunto de incumbencia ajena: estarán en todo su derecho de no creerme, y en todo su deber de hacerlo.

Tengo que empezar por la mitad. Me crucé con un viejo amigo ayer por la mañana y ambos notamos el cansancio infinito en los ojos del otro. Nos reímos ante la idea de ser dos veinteañeros con apariencia de viejos poetas. Hablamos de lo incómodo que resultaría suicidarse en verano, hicimos un par de chistes negros más y al final me convenció para llevarme al Malabar aquella noche, a escuchar jazz. Yo odiaba el jazz y odiaba tener que fingir que me gustaba. Pero de nuevo vi el tedio acumulado en su mirada; y pensé que a ninguno de los dos nos harían mal una copa y un par de confesiones susurradas, acumuladas durante los años de separación y dispuestas a incordiar, pobrecillos, a los músicos.

No fue mi peor concierto en este género, aunque sospecho que el alcohol y la compañía ayudaron un poco. Al final, como siempre, se nos fue de las manos. Algo me decía que no debí haber aceptado la invitación, pero ese algo no fue lo suficientemente fuerte como para bajarme de los bancos de la calle principal, desde donde vimos partir navíos, cantamos retazos de ópera y nos dedicamos a repartir sonoros insultos a todo aquél que pasara a menos de tres metros. “¡Mequetrefe! ¡Osario!” Aquello era francamente divertido, la temperatura de la noche no descendía y finalmente nos sentamos en el banco para contar toda la calderilla que nos quedaba en los bolsillos. No era demasiada, no era en absoluto suficiente como para pagar la entrada del garito al que queríamos entrar, pero aun así lo intentamos. Yo puse mis habituales ojillos de cordero degollado, él solamente se aguantó la risa. No funcionó, así que nos metimos en el de al lado, donde sabíamos que la música sería basura, pero basura gratuita.

Al son de esa basura bailamos como poseídos, como delante de un espejo, carcajeándonos de nosotros mismos y un poco expectantes, como si tuviera que llegar alguien a decirnos que parásemos, o a darnos un beso en la boca, porque en ese momento conformábamos una escena tan adorable como grotesca. A los veinte minutos me detuve en la barra a tomar aliento y alguna cosita más. Entonces lo vi. Entrecerré los ojos para enfocar mejor su cara. No podía ser él. Llevaba hasta los mismos auriculares enormes y amarillos, y pinchaba un ‘techno minimal’ espantoso. El DJ alzó la vista y me miró, por lo que yo cogí a mi confundido amigo de la mano y me precipité con él a codazos hacia la salida. Tenía que irme de allí antes de que pudieran constatar mi identidad.

Cuando ya había recorrido media ciudad, con mi amigo persiguiéndome y pidiéndome explicaciones, por supuesto, paré a descansar en un parque bastante oscuro y traté de no echar el corazón por la boca. Mi amigo, asustado, se sentó a mi lado y me preguntó por qué huía de él. Le conté que no huía de él, sino del DJ de aquel sitio, porque debía tener interpuesta, como mínimo, una orden de alejamiento contra mí. Le había hecho la vida imposible hacía unas dos semanas, presa de uno de mis ataques paranoicos contra desconocidos de mi entorno.

Había estado pasando unos días en el apartamento de Ibiza, pudriéndome al sol y alimentando a los mosquitos, y la imagen de aquel hombre en el balcón de abajo me perturbaba a diario y en extremo. Como una estatua, permanecía inmóvil durante horas frente a su ordenador portátil, sentado en una de esas sillas blancas de plástico que ya forman parte de la fauna autóctona del Mediterráneo. Mañana, tarde y noche. Cada vez que asomaba mi curiosa cabezota, allí estaba, inmerso en quién sabe qué mundo paralelo al que llegaba aislándose con aquellos cascos, dignos de un manipulador del más ruidoso martillo eléctrico. Comencé a preocuparme. Cuando volvía de la playa, él continuaba quieto en el mismo punto donde lo había dejado al marcharme. Aquello era extrañísimo y, en esos días, los informativos me bombardeaban con noticias sobre el filtrado de datos institucional, Snowden, Wikileaks, supermanes que luchaban contra los ladrones de la intimidad. Aquello no podía ser casual y yo quería unirme a los héroes de la era de la información, no sólo porque ser heroína tiene su encanto y atrae el reconocimiento, sino porque, admitámoslo, el verano es la estación más soporífera del año.

Aburrida, equivocada y convencida de que ese espía estaba apoderándose a través de las ondas de mis más profundos e inconfesables secretos, decidí tomar cartas en el asunto y realizar mi propio ataque fuera del mundo virtual. En realidad fueron varios, primero anónimos e indignantes, luego ya pensé que, total, si aquel hombre conocía hasta mi grupo sanguíneo, por qué iba a ocultar mi rostro ante él. Mientras le contaba aquello, mi amigo abría mucho los ojos, no sé si porque estaba borracho o trataba de averiguar si le estaba mintiendo. Así que le puse el ejemplo de mi ataque final y se lo expliqué como si de una receta de cocina se tratara. La tarde previa a mi partida, había rescatado un litro de horchata al que le faltaba un trago, lo había mezclado con un paquete grande de harina y había machacado unas cuantas ciruelas para darle un color verdoso y repelente. Mi intención era lanzarle la masa grumosa directamente contra su brillante cabeza rapada, para hacerle huir presa del asco y la desorientación, quién sabía si ciego. Sin embargo, al asomarme disimuladamente por encima de mi barandilla, quedé completamente sorprendida: no estaba allí. Se había levantado por primera vez en siete días. Era humano. Bien, eso lo hacía más vulnerable a la textura de mi postre, pero la masa no se colaría entre sus circuitos para destruirlo. El cielo se abrió en ese instante sobre mi tez. ¡No entre sus circuitos! Pero sí entre los de su ordenador…

Con cuidado incliné el recipiente, y una espesa cascada de apariencia mucosa cayó invencible sobre la sesión en la que aquel DJ profesional estaba trabajando para debutar en Ibiza y hacerse famoso. Y por eso ustedes no lo han conocido hasta este momento, en el que yo me redimo presentándoles a un quieroynopuedo, a un artista frustrado y lleno de ira del que, por mi bien, sólo espero no sepa ni dónde vivo.

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