Salamanca 1939

 

Cada vez dudo menos de la paridad entre una región y sus habitantes. Cuando mis padres decidieron regresar por el camino de sus raíces, nosotros, los que ya éramos flores, nos sentimos un poco desubicados, pese a que por nuestras arterias fluyese la savia de un carácter a cuyo sabor estábamos muy acostumbrados. Sabor sobre todo a embutido, a legumbres; y a agua con demasiado cloro. Pero alejándonos de la gastronomía: mudarme a Salamanca supuso un déjà vu que duró siete años, como si el vértice fijo del compás que trazase mi vida hubiese estado desde siempre clavado, y fuera a estarlo también para siempre, en esta casualidad de la Submeseta Norte. Es difícil desprenderse de un lugar cuando ha estado al menos tres siglos en tu árbol genealógico. Es inevitable cogerle cariño al folclore, al tonillo cantarín de su castellano purísimo, o a unos atardeceres que nada tienen que envidiarle a los de la sabana africana.

Cada vez que regreso, como decía, bien sea para poner a prueba mi fe católica durante la educación secundaria, o bien para pasar sólo diez días cerca de mis abuelos y de mis gatos y de mis bicicletas, anoto un punto en la idea cada vez más firme de que los salmantinos son salmantinos porque han crecido en Salamanca. Sufro el vicio de obviar y el de generalizar, qué le voy a hacer. Que me perdonen los cincuenta andaluces serios y los cuatro vascos extrovertidos: las raíces maman de los manantiales que tienen a su disposición, y todos sabemos que el planeta sería un lugar mucho más tolerante de asumir esta premisa previamente. En mis amagos por comprender a quienes tengo alrededor, y por ende a mí misma, comprendo también que somos solamente el suelo que pisamos y los vientos que nos azotan.

Para quien no conozca Salamanca fuera de sus callejas universitarias y sus altísimas torres de piedra dorada, diré que ésta es una región seca y árida, pero agradecida con quien la labra y la trabaja; y estaré al mismo tiempo definiendo a sus habitantes. Son y somos gente seria a simple vista y tender la mano nos cuesta pensárnoslo un par de veces. Creo que ahondar en nosotros es un proceso muy lento y caeré en el cliché al decir esto, pero gran culpa de ello deben tenerla las heladas inmisericordes que convierten al campo -cada vez menos a menudo- en una especie de anulación que va de horizonte a horizonte y de norte a sur. Hoy en día y en nuestra vida de ciudad y capitalismo, las coyunturas meteorológicas se reducen a anécdotas, pero imagino, con esa imaginación que me otorga haber escuchado atentamente a mis mayores, las heladas como una reclusión impuesta por Dios, como un castigo para la vida floreciente, para los brotes que iban a ser cosecha y que iban a ser sustento. El invierno como negación, como amenaza y como puro azar del que no se puede huir. Y tres cuartos de lo mismo en verano: ni la altitud ni la latitud nos libran del batallar continuo de abanico, de siesta, entonces de botijo. Los labradores salmantinos han nacido y han muerto con el sufrimiento físico pegadito a los huesos, y por eso no podían permitirse que les doliera también el espíritu. Mi conclusión es que ese estoicismo es la causa de su ser y no ser. De su no quejarse demasiado, de su excavar pozos, porque pozos siempre hay. De aprovechar la tierra que se ha sacado de ese pozo para otra tarea. De las misas de los domingos, de comulgar con ruedas de molino, de nunca decir no, de ver pasar de lejos a los Comuneros tras el escondite de sus visillos. De dejar que fueran ejecutados. Castilla es la España profunda y nadie le hace ni puñetero caso.

No me juzguéis: todo el mundo busca excusas para los errores, o tan sólo para los sucesos, que acontecen a su alrededor. A mí me gusta buscar en los inicios, en las causas, casi en el clima, como veis. Por eso, para que mi cabecita acepte ciertas cosas, justifique de algún modo otras, juego a ser antropóloga o alguna cosa así, porque de historiadora ya tiré la toalla, o mejor dicho, no llegué nunca a cogerla. Se trata de conjeturar para calmar mi conciencia y la de mis antepasados, a los que por cierto no creo que les hiciera mucha gracia leer todo esto. El único objetivo es encajar las historias que van surgiendo en mi pueblo, o en mi familia, de manera que sus recuerdos se conviertan en una base sobre la que erigirme, y de manera que pueda moldear unos valores que actualmente son injustos, desfasados, mitológicos casi, para que completen mi vida sin alterarla, porque renegar de ellos es imposible. La idiosincrasia es la piel de la memoria, y arrancarla supone lanzarte a su tumba para morir con ella.

Toda esta reflexión nace de una de esas conversaciones en las que el tiempo te produce vértigo. Mi abuelo no recordaba que junto a la iglesia estuvo un día la escuela. Pero que mi abuelo no recuerde cosas es tan normal, que su afirmación no me causó ninguna impresión. Lo que me afectó fue lo que dijo después: que tampoco nadie que él hubiera conocido le había contado nunca que la escuela hubiera estado allí. “Abuelo”, le dije, “tú tienes casi cien años. Si no tienes ninguna referencia de ese sitio, quizás la escuela estuvo allí hace doscientos.” No sé si realmente me escuchó, pero a mí el hecho de imaginarme niños de hace doscientos años, corriendo por la misma calle que pisábamos, me produjo tantos escalofríos como me habría dado el ver a sus fantasmas recitando las tablas de multiplicar. La Historia es un fruto venenoso de delicioso aroma y en éstas mis epifanías absurdas entiendo por un instante a sus adictos, entiendo la maldita fragilidad del ser humano, su constante repetición que además nunca lo es.

Seguimos caminando y haciendo cuentas. Siempre me alegró saber que mi abuelo nació en el 27, ajeno a las maravillas literarias, que entonces no eran más que modas, que se desarrollaban en otros lugares. Pero yo nunca había hecho la suma, aunque tuve siempre en mis manos los sumandos: mi abuelo dejó la escuela en 1939, año del fin de la Guerra Civil. Lo que para mi abuelo es hoy un suspiro de resignación, a mí se me antoja un maldito símbolo histórico que se me clava en las entrañas. Mi abuelo tenía 12 años y se fue a escardar con un tal Bernardo. Mi abuelo aprendió a leer, a escribir y las operaciones aritméticas básicas; y después se convirtió en herbicida. En arado, en cosechadora. Cómo coño podemos a veces rendirnos ante el tedio y declararnos tristes. Por genética, yo no tengo ningún derecho a rendirme ante nada. Porque yo tengo pantalones largos y botas para la nieve. Porque he pasado más tiempo entre cuentos que sudando.

Para mi abuelo, como contaba, el tema de la guerra no supone un punto de referencia, porque por los caminos de Castilla la guerra pasó como una liebre de noche: la escucharon tres o cuatro desprevenidos que acabaron en las cunetas y de cuyos nombres ya nadie se acuerda. La guerra para mi abuelo fue una falsa pared que su padre construyó para tapiar la que de niña fue mi habitación; y así emparedar y esconder los sacos de grano que el ejército venía a cobrar como si fuera un diezmo. Pasé noches y noches soñando con esta escena casi mágica durante años. La guerra en Salamanca, de todas formas, no fue apenas guerra y mucho menos fue rebelión. Franco debió encontrar la mesa puesta al llegar. Madrid tuvo hambre en la posguerra. Supongo que Salamanca ya la tenía desde siempre, y por eso tampoco notó mucho la diferencia.

Y aquí voy a dejar volar mi imaginación y mi aplastante lógica (y también mi ironía), le voy a pegar una patada a los libros de Historia y voy a decir que si Salamanca fue un sí para los militares, es porque nunca fue un no. La Salamanca paupérrima no tuvo nunca interés en complicarse la vida, porque la vida era ya demasiado complicada. Se necesitaba una tierra, una determinada cantidad de lluvia, salud en primer lugar y un patrón al que dedicarle un baile al año en último caso. Franco jugó la baza del catolicismo y por eso le ofrecieron una cuchara, avivaron el brasero y lo arrimaron al puchero bajo las faldillas de la mesa camilla. Porque había que hacer lo que había que hacer. Porque si no se hacía lo que se debía, las semillas no brotaban y el estómago rugía, o el pecado te arrastraba a los infiernos. Había que ser justo, había que ser santo, había que resignarse. En definitiva: había que tragar o volverse loco, en el sentido más social de la palabra.

Creo que lo que estoy diciendo tiene al menos una pizca de sentido. Una mieja, que diría mi abuelo. Supongo que es lo que busco, sentido. Es demasiado fácil espetarle a las anteriores generaciones un “¿cómo os dejasteis hacer aquello?” Mis nietos van a preguntarme lo mismo y yo diré que me dio demasiada pereza oponer resistencia, o que se volvió demasiado peligroso. Por eso, para escapar del cómodo reproche, intento contextualizar, buscar el por qué. Comprender no va a evitar que sienta nostalgia de todo eso que no viví, pero me va a ayudar a sobrellevar las secuelas que padezco de aquellos hechos: mi forma de ser, mis ideales, incluso los pasos que voy a dar en un futuro. Todos tenemos que intentar limpiar lo más concienzudamente posible las lentes que nos permiten ver y a la vez nos limitan. Si nos preocupa algo la justicia en el mundo, tenemos que ser justos en primer lugar con nuestros orígenes y creo que empaparnos de ellos puede hacernos empatizar, y la empatía siempre implica una crítica dura y un amor extremo. O quizás el amor implique crítica y empatía. Cualquier variante vale mientras nos haga pensar. Y cualquier reflexión de este tipo es lícita y susceptible de ser comparada con la realidad actual, para que podamos encontrar respuestas, para saber por qué España es España, la España siempre quebrada, siempre orgullosa, siempre lo dicho: escarpada y dura e impasible y con la cabeza gacha para todo menos para leer un libro.

Me quedo con la imagen del consuelo de mi abuelo, que me parece muy tierna. Precisamente alrededor del año 39, (¿casualidades de la vida? No creo que lo sepamos nunca) cambiaron al maestro de la escuela. Era un señor que venía en bicicleta desde la ciudad -calculo hora y media de trayecto- y que, según mi abuelo, era mucho peor que el anterior. La gente le recriminaba no saber algunas cosas, algún alumno le corrigió y bueno, para no faltar al respeto a la memoria de gente que no conocí, diré sólo que a lo mejor mi abuelo no se perdió tanto por abandonar la escuela en ese momento, aunque ésta sea la mentira más gorda y menos piadosa de toda mi vida y de toda la suya.

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