Enemigos, liquidación de existencias.

Después de haber vendido ya dos antiguas figuritas de porcelana y mi motocicleta, toqué fondo poniendo en venta lo único que me sobraba y a lo que, a la vez, podía renunciar: mis enemigos.

Puse un pequeño anuncio en la biblioteca municipal. Cogí prestada una chincheta a un profesor de guitarra a domicilio; la otra a la casera de un piso de estudiantes. Colgué mi oferta de sus dos esquinas superiores y acto seguido, me di la vuelta y volví a mirarlo casi con un espasmo, para tratar de recrear la espontaneidad con la que un transeúnte cualquiera se llevaría esa primera impresión que yo trataba de descubrir, pero que siempre era mi segunda. Mi tercera. Mi cuarta. Dejé mi estúpido paso de baile y corrí escaleras abajo. Aunque desde allí volví a mirar mi cartel.

En menos de 24 horas recibí un par de llamadas. El autor de la primera quería mejorar mi conexión inalámbrica a internet y yo se lo agradecí cortésmente antes de añadirlo a mi lista de sujetos en venta. La segunda era una chica muy tímida, probablemente extranjera, que acababa de llegar a la ciudad y necesitaba alguien con quien formar un grupo de debate.

Yo le expliqué muy despacio la situación: mis enemigos no eran tertulianos de plató ni espejos frente a los que sentarse a dialogar sobre qué hay más allá de la vida o más acá de la muerte. Eran verdaderos cúmulos de mi odio concentrado. Eran rencor con cuatro patas y dos ojos. Eran feos por dentro según yo. Los vendía baratos porque no valían más y porque necesitaba el dinero con urgencia para gastármelo en drogas, por ejemplo. La chica se quedó muy callada durante unos segundos; y luego me dijo muy suavemente que yo le daba pena.

Colgué sintiéndome un poco indiferente, pero lo cierto es que, durante las semanas siguientes, al irme desprendiendo de aquel cabrón, aquella mala amiga, este vecino loco y algún profesor presuntamente pedófilo, la frase iba adquiriendo más y más peso y posándoseme sobre la coronilla como un gas deefectoinvernadero harto de que nadie le preste un rato de atención.

Vendí a mis enemigos, me pregunté si ellos me habían vendido a mí también, si por eso sentía ese vacío, que es igual que decir que no sentía nada. Me compré una pizza precocinada y se me pasó un poco. Quise llamar a la chica y rectificar en lo de los espejos. Pensé en regalarle un espejito con tapa. Pensé, ¿y si fuera guapa? No quería crearme una enemiga que no me conociera, eso sí que sería un peso para ella. Y si es frágil, pensé.

Busqué su número en la memoria del teléfono. Tantas habían sido las llamadas de esos últimos días interesadas en comprarme, que se había borrado automáticamente, como si ese cacharro todo pintorrejeado de dígitos fuera una maldita máquina del tiempo.

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