Tienes 10 minutos para escribir un relato (I)

Tiene que ser un nombre con S. Y no vale Sonia ni Selena.

Soledad, por supuesto.

Soledad se detiene en el paso de peatones que cruza hacia la otra acera de la calle Arturo Soria. Espera pacientemente y cruza. Lo hace porque, desde ese lado, puede observar los coches que circulan hacia la periferia por la autopista, en la misma dirección de su marcha. Es decir, que los ve de espaldas. Que los ve irse. Que puede despedirlos como cada tarde, desearles un buen fin de semana los viernes, y sentir que las luces de freno parpadean un momento muy breve hacia arriba, hacia el puente por el que ella se asoma. Los autobuses truenan y algunas motos apenas reaccionan, pero en general todos devuelven el saludo.

Pero Soledad ha de estar atenta. Hechizados por su silueta femenina, que es capaz de petrificar el atardecer, algunos transeúntes se detienen junto a ella y comienzan a hacer algo muy peligroso, tanto para ellos mismos como para los demás y contra lo que varias campañas de tráfico han estado trabajando: pensar.

Al principio sólo le preguntan qué está haciendo. Algunos van directos al grano: ¿No te querrás suicidiar, bonita? Lo dicen como esperando un sí, un poco de emoción. Lo dicen como un ¿no querrás llevarte también un kilo de peras limoneras, que están maduras? Otros esperan a que ella abra el camino conversacional, hasta que se dan cuenta de que siempre está abierto y sencillamente, se dejan llevar por él como por los hilos luminosos que tejen la  hipnótica serpiente que repta por debajo de Arturo Soria.

Hablan, pues.

A alguno le permite suicidarse. Qué va a hacerle ella. No puede luchar contra los buenos argumentos. Otros se enamoran de Soledad, y le llevan chocolatinas y fotos antiguas de personas desconocidas, porque son dos regalos que combinaban muy bien y dotan a la escena de una nostalgia artificial muy necesaria para este tipo de encuentros.

Pero los que más le gustaban a Soledad son los niños. Se acercan a ella cubiertos de barro, sol y picaresca, y siempre traen algo que han visto en la televisión para ser imitado. Las originalidades son poco comunes, pero sí, a veces también inventan los juegos -o quizás solamente olvidan las fuentes-. A veces lanzan aviones de papel, que terminan muertos bajo las ruedas de los camiones o milagrosamente encajados en un limpiaparabrisas. Todo depende de la dirección del viento de ese día, le explican los niños a Soledad.

(Me sobrepasé un minuto.)

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