Languidecer.

Languidecer es un verbo que me apetece. Me lo comería para recuperar fuerzas, para mostrarme de nuevo el sentido. Me arroparía ahora mismo con él, no por el frío, sino por la cantidad de ojos que me miran; y sobre todo, por los que ya no. Suena a padecer largamente. A obedecer los apetitos. Languidecer suena como sonaría el lecho de un río en verano, sobre el que te acostases sin meter la cabeza. No se puede languidecer en un edificio con ascensor, ¡de ninguna manera! Sentado en un taburete, tampoco es cómodo. Tengo la idea de que uno necesita tumbarse para languidecer. Además, necesita pensar sin proponérselo, o proponerse pensar pero no conseguirlo. Cualquier acto voluntario paraliza el languidecer y lo hace rígido, como una corriente de aire endurecería una cascada de cemento que hasta ese momento era libre e incluso bella.

En la calle Reichenberger hay un perro que me da mucho miedo. Menciono el verbo haber, y en presente, porque siempre está allí. Su posición denota alerta y su raza me inspira desconfianza, porque hacia los animales también tenemos muchos prejuicios. Al bebé sólo le produce curiosidad y yo lo envidio. El peligro nos elige en función de nuestra percepción hacia él. Supongo que nos imantamos nosotros solitos. El caso es que este animal tiene siempre una mirada lánguida, porque el dueño es lánguido también, como si fuese miembro de esa secta de personas a la que me gustaría pertenecer. Nunca he hablado con él. Me parece de otra esfera.

El bebé mantiene un silencioso diálogo con el perro y me pongo celosa. Hablan de la comodidad de ser cuidado, de la indiferencia que les provocan ciertos fenómenos y de cómo dan un respingo cada vez que escuchan un estruendo. Después discuten sobre quién tiene más miedo de la oscuridad, o de quién disfruta más de las caricias. Al final se ríen, lo sé aunque no pueda oírlos, porque saben que mañana quizás nieve y puedan jugar. Como dos adultos que, conversando en una fiesta, saben que el otro podría ser el amor de su vida, pero también que jamás volverán a verse, el bebé y el perro comparten un mismo universo, observable pero impenetrable, que renuevan cada vez que se cruzan, o cada vez que se cruzan con un perro o con un niño que se les parece. 

 

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