Mientras el hombre vive

Cuentan que los dioses nos regalaron el sueño por compasión, pero también porque los estábamos olvidando y necesitaban de nuestra atención. Y es que los dioses padecen también de inseguridades. Los seres humanos lo aceptaron: por un lado, porque no les quedaba otro remedio; y por otro, porque intuían las catastróficas consecuencias que conlleva el hacer sentir frágil a cualquier dios. Así que los unos entre vengativos y generosos, los otros entre sumisos y dispuestos a dejarse hacer, dioses y humanos firmaron la creación de este meeting point en tierra de nadie, que tendría como función reparar lo dañado, restablecer el orden y mitigar, o acercar por el contrario si fuera necesario, a los fantasmas.

Así pues a determinados tipos de hombres, los dioses les entregaron el vacío que necesitaban para sus vidas repletas, desordenadas y excesivamente lógicas. Este abismo era personal e intransferible, ya que de haber sido compartido, el propósito del mismo se habría visto anulado. Por lo tanto el susodicho caía rendido, o tras un par de horas de insomnio, en un mar caliente y oscuro que no recordaba a nada. El placer momentáneo ahogaba cualquier asomo de desubicación y el durmiente se entregaba, libre de voluntades. Olvidaba. Y en ese olvido había miles de espejos en los que su rostro, multiplicado, le gesticulaba muchas preguntas: aquélla bondadosa, ésta un reproche, la de más allá, un simple cómo estás. Y el durmiente conversaba consigo mismo hasta que se quedaba dormido y sonaba el despertador.

Luego estaban los afortunados. Sí, por supuesto que el vacío es tentador, pero no deja de ser una desdicha si se repite cada noche; y lo sería indudablemente en este segundo caso, en el que los durmientes ya padecían de vacío durante su vigilia. No; los dioses necesitaban su equilibrio. Al sueño lleno y suculento se accedía por una escalera de incendios apresuradamente. Al mirar abajo, se veía a un extraño que nos perseguía cubierto por una capa y un sombrero; agitaba el puño porque tenía vértigo y había de abandonar su caza en la acera. Se llegaba a un ático, donde el amor de nuestra vida nos saludaba con un beso apresurado y nos pedía que nos quedáramos. Imposible, el sueño tenía que continuar trepidante e insensato. Cruzando por varios pasillos nos topábamos con tres ascensores. El primero subía, el segundo bajaba y el tercero no se abría, porque en su interior estaba el mar caliente de los sueños de los otros, sonando como una ducha tras una puerta de baño cerrada. Los que soñaban este sueño sabían que los dos primeros ascensores conducían al mismo lugar, pero sería una lástima desvelar aquí cuál es y por mucho que nos torturasen para ello, no sabríamos explicarlo.

Ambas recompensas hacían felices a dioses y hombres.

P.D. La razón de que el hombre se sienta desamparado y se vuelva ateo es muy sencilla: los dioses duermen mientras el hombre vive; y nos observan mientras soñamos. Por eso los sueños son incomprensibles. Están escritos en idioma sagrado.
Son la literatura de los dioses (y nuestros sueños recurrentes, sus best-sellers.)

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