Desde un alma

Lo que yo no quiera darte, no me lo podrás quitar.

La nota pendía de la rama de un árbol, mecida en la propia ausencia de su autor. Tal vez tomaba aliento, o sólo se rendía a su harakiri vegetal en busca de una casualidad forzada, seduciendo ya a cualquier lector. Detenerse era sólo una máscara de prudencia. Por su tinta, inyectada en lugar de posada sobre la superficie, se intuía el despecho, la idea fundamental transparentándose por el dorso del papel, queriendo huir, no posponer el vuelo. Denotaba también el cansino desarraigo, la necesidad infinita de simple contemplación desde lo alto. Ver adónde se dirigen los pasos de los otros. Mirar, mirar, las manos aferradas a paraguas, a otras manos, a teléfonos portátiles y a golosinas. Empalada a propósito, con las alas dispuestas; un pliegue central marcaba la frontera entre lo suyo y lo ajeno, escrito todo con la misma letra, en el mismo folio. El trazo imaginario que la identidad y la cordura precisaban, rasgado por la abertura sangrante de su torso y una rama asomando sus borbotones hacia el vacío: un sacrificio ignorado por los viandantes; un agujero hiriente hacia el futuro, túnel de letras y madera, un grueso fósforo que recuerda al suicidio.

La traición nos observa y nos espera. Nos caza, nos desnuda, nos desguaza. Nos reduce a la nada, a una mano, a otra mano, al mango de un paraguas. A un teléfono, o a alguna golosina. 

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