Bloglobo

Soñar es peligroso. Los gobiernos lo prohíben, la Historia lo documenta, la Literatura lo avala y los padres disuaden a sus hijos de hacerlo.

No veas esa película, que luego sueñas. Anda, no digas tonterías. Vaya imaginación tiene este niño. No pintes las paredes. No ensucies, no te ensucies, no me ensucies (el suelo.)

Nunca creí en la cigüeña como mensajera. Me parecía inseguro depender de un animal al que, durante su larga travesía migratoria, seguramente le acosara el hambre y confundiese los sonidos de ese diminuto recién nacido con los de un ratón. Además, tratándose de una cigüeña española, no cabe duda de que el encargo llegaría incompleto, víctima de una picaresca con pico.

Ya he dicho alguna vez que yo creo en los globos. Quizás porque hubo muchos en mi infancia, siempre los he relacionado con lo primordial. El útero es casi un globo, un globo de agua que se hincha hasta que explota. Yo elijo creer que todos llegamos en globo: sobrevolamos los encrespados lomos de montañas ancestrales, ya canosos; atravesamos los fríos vientos marinos; miramos las ciudades con curiosidad como desde un avión, distinguiendo piscinas y estadios de fútbol.

Un cordón umbilical nos une a nuestro globo, que permanece invisible sobre nosotros, uniéndonos con nuestra preexistencia. Es por ello que nos cortan ese hilo para traernos a la realidad; con la esperanza de que el globo se pierda en sus eternidades. O mejor dicho que lo perdamos de vista, que olvidemos nuestra conexión con él.

Todos sentimos, de vez en cuando, esa conexión. Quien la busca sin descanso es poeta, quien siente nostalgia de ella es soñador y quien la recupera a intervalos mientras duerme es humano.

Mientras se es niño, el vínculo con los sueños es más fuertemente recordado, por ser más reciente la separación. El adulto lo refuerza inconscientemente con cuentos y bromas. El sueño es lícito en la niñez. Se entiende como efímero y por tanto se perdona.

Sin saber mucho de física quiero creer que la adolescencia es una etapa clave, en la que el globo ejerce una presión vertical máxima. Es lógico pensar que tira tanto que se produce en la persona un crecimiento inusitado, en cuerpo y mente. Si el adolescente no cuida la relación con su más allá –tarea harto difícil porque ese más allá no es un hecho, sino solo una intuición– el globo huye. Y aunque lo vigile, rondándole hasta la muerte desde lo alto, apenas vuelven a comunicarse.

Si por el contrario, el adolescente refuerza ese nexo, el globo se mantendrá fiel y cercano por bastantes años más; a veces incluso para siempre. Ayudan a alimentar la relación los libros, las preguntas y las situaciones sentimentales complicadas.

En todo caso e independientemente del camino elegido (¿?), el choque contra la generación anterior, dueña de las tijeras de la razón, es cuestión de tiempo y prácticamente ineludible. Para aquellos cuyo globo es ya un puntito diminuto, es mucho más sencillo adaptarse a la opinión general, porque los sueños se les convierten en estrellas y se les confunden entre los ajenos. Los que persiguen sueños originales, por el contrario, tienen que saltar muro tras muro; se vuelven ágiles atletas de la dialéctica; se sientan frustrados en los arcenes; se resisten a rendirse y al día siguiente se rinden; pero un día después se reincorporan a la carrera. 

Todo esto da lugar a adultos comodones, por un lado, y a adultos cansados por el otro; que se convierten respectivamente en viejos topos, los primeros, y en viejos búhos, los segundos. La diferencia reside en que los viejos topos luchan en vano contra sus oscuridades; pero los viejos búhos se adueñan de ellas. Poseen un sol que flota, porque no han olvidado.

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