No hace falta

Hay tanto por hacer
y la mitad ya no nos interesa.

El tiempo, estático, se me ha pegado a la sartén.

Siento un escalofrío que recorre mis hombros con su ciempiés travieso. Somos -¿lo somos?- una mera pieza en el engranaje evolutivo. Atesoro, a ese fin, suerte de anchas caderas, reprobación del otro y risa del espejo. Tengo el culo cuadrado de sentarme y la imaginación en un coma inducido.

No quiero ser mañana herramienta que apriete los óxidos de otras generaciones. Quiero parir buñuelos, cucarachas, caminos y violetas. Abandonar de pronto la línea de montaje para poner un huevo y que no venga lleno. La evolución no puede hacerse repitiendo. Quiero huir de las redes del pensamiento opaco y celebrar las máscaras sólo en los carnavales.

(¿Qué será sin mí el mundo, sino el mismo?)

No quisiera campar a través de la sombra. No al reguero de sangre del sofá de la tarde. No al ladrón. No al cobarde. Sí al pegamento salvo para sueños de plástico. Muerte al ya me da igual y así basta. Sí a dos tazas que hablen encima de la mesa; sí paciencia y esfuerzo de procurar llenarlas. Sí a la dulzura tibia que impregne nuestras pieles de la forma en que ellas decidan que suceda. Muerte a las sobredosis y muerte al arrepentimiento por dichas sobredosis. Cauces a las ideas, y -prioritariamente- acceso a esas ideas: goteros, rampas, puentes, símbolos y sillas bien incómodas. No olvidarnos regar, ni los grifos abiertos. No olvidarnos secar nuestras inundaciones.

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