Por qué Pérez-Reverte debería dejar de intentar educarnos

Si mañana no tuviese que estar en el metro desde las 8:00 hasta las 9:00, tal vez habría esperado a Arturo Pérez-Reverte en la salida del Teatro Español tras asistir a la presentación de su último libro y, al saludarlo, le habría recomendado una serie documental: Cosmos, un remake de la FOX sobre los orígenes, la composición y el funcionamiento del universo.

Creo que el autor podría aprender mucho de un producto cultural que, como el suyo, llegará a miles de mentes jóvenes recomendado por sus profesores y que, de nuevo como el suyo, cuenta con el respaldo de una enorme empresa que le garantizará dicha audiencia masiva. Y lo creo porque ambos comparten la pretensión de envolver en papel de caramelo una asignatura obligatoria. ¿La diferencia? Que Cosmos agarra de la mano al estudiante y Reverte lo bendice desde un trono. Que Cosmos nos arranca suspiros de fascinación y Reverte, de resignación.

Tengo que ser franca desde el inicio: mi opinión hacia el escritor es un péndulo. Me cayó simpático en una entrevista telefónica en la universidad y ahora, en persona, me ha gustado su tartamudeo, propio de quien tiene el cerebro más veloz que la lengua; e incluso en un momento de la conferencia he pensado que tenía ciertos gestos de Karlos Arguiñano. Pero soy incapaz de perdonarle dos cosas: primero, su frivolidad con las mujeres, que he constatado en varios de sus artículos, y que hoy ha provocado las risas del auditorio (“Sí, la que se salvó fue la fea, a las demás se las llevaron a burdeles en Serbia, y os voy a decir algo, ¡sí que era fea!”) y segundo, su faceta de héroe pesimista.

Me refiero  -y no quería usar esta referencia precisamente hoy- a su constante necesidad de salvar España aunque, según él, estemos condenados sin remedio. A que tome siempre como punto de partida nuestra ignorancia. Me indigné, por ejemplo, cuando presentó su adaptación del Quijote (avalada por la RAE) de la que muy orgulloso eliminó “lo que le sobraba”, como si quisiera convencernos de que nuestros dientes no son aptos para masticar porque aún son de leche. Ahora, con La Guerra Civil contada a los jóvenes, me ha recordado a Luis Alberto de Cuenca escribiendo aquello de “yo no creo en la igualdad”, en su poema Political incorrectness. Huir de lo políticamente correcto no debería confundirse con el insulto, puesto que al menospreciar al lector, Reverte se aleja de él y establece dos estratos. Cae en dos errores de los que supuestamente carece su libro: la generalización y la clásica división de España en dos bandos. En resumen: el autor quiere, sin conseguirlo, desterrar la idea de un conflicto con ‘buenos’ y ‘malos’.

Pues bien, yo añado: ni listos, ni tontos. Está bien adaptar el Quijote, está bien contar la Guerra Civil a los jóvenes. Hacer pensar, sí, pero no desde la violencia intelectual, que recuerda a Jordi Évole y a su falso documental. Ambos parecen advertirnos de que tenemos que indagar más en nuestro pasado y para ello nos llaman idiotas. Y no es necesario.

La juventud, ha dicho hoy Pérez-Reverte, es ignorante; y la juventud, ha dicho hoy Pérez-Reverte, es cobarde (“nuestros abuelos se habrían abalanzado contra los kalashnikovs”, dijo refiriéndose a los atentados de París.) No es justo para los que estamos intentando hacerlo todo, verlo todo, conocerlo todo y no decepcionar a nadie en el intento de mantenernos a flote sobre la incertidumbre económica.

Pese a que el libro va a estar sobre muchos zapatos esta Navidad, no me parece una buena táctica de acercamiento hacia mi generación ni hacia las venideras, que deberán utilizar las palabras de Pérez-Reverte quizás como cimientos, pero nunca como ventanas. Superarlo, en definitiva. Porque él es como el profesor que me provocaba tanto miedo en la E.S.O., el que me hizo creer que yo jamás serviría para la física. Por suerte, siempre me quedará Cosmos.

 

 

 

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