La pintada

El primer lunes después de Año Nuevo, Eugenia y María Teresa se encuentran, como siempre, frente al hogar del jubilado de la Huerta de la Salud. La una pasea un perro minúsculo, la otra su carrito de dos ruedas, vacío todavía (“¡No, no!” Suele exclamar cuando lo trae lleno. “No me entretengo que se me descongelan los congelados”).

Eugenia viene arrebolada, compungida. Tira del animal sin compasión y éste chilla con la vejiga desbordante.

– ¡Señora Teresa! ¡Señora Teresa!

– ¿Qué le ha pasado, doña Eugenia? – pregunta agitada su vecina.

– ¡Ay, qué disgusto! ¡Ay, qué-dis-gus-to! – los años traen consigo un deseo de hacerse de rogar y la señora Eugenia tiene ya una edad. No la sabemos. Sería feo saberlo.

– ¡Cálmese! – María Teresa va a llorar y no sabe por qué – Cuénteme qué ocurre.

La señora Eugenia se toma su tiempo. Se saca un pañuelo del bolsillo del chaquetón y duda entre limpiarse la lagrimilla, el moquillo o el sudor de la frente. Ante esta explosión de fluidos, el perro se hace pis por solidaridad; pero ni por esas consigue algo de atención. Las mujeres consensúan en silencio acercarse a un banco. Se estiran bien el abrigo para forrarse el culo: la madera está húmeda de la noche anterior y no quieren mancharse ni coger cistitis. Así lo comenta María Teresa aparcando el carrito frente a ella, como en doble fila.

– La cistitis es lo que menos me preocupa, amiga – responde una todavía angustiada Eugenia, terca en la intriga, mirando a su alrededor con desconfianza.

– Dígame de una vez qué es lo que ha visto, qué es lo que le han dicho.

– Pues… que parece que tenemos otro criminal suelto en Hortaleza, fíjese.

– ¿Otro? – se sulfura María Teresa – ¿Pero cuánta gentuza vive en este barrio? ¡Virgen Santísima!

– Pues sí, sí, figúrese usted, que después de aquel pederasta que secuestraba niñas en los parques y del estrangulador del otro día, todavía nos debe de quedar alguno suelto.

– ¡Esto con Franco no pasaba! O si pasaba, no se veían tantos. Se quedaban en casita. La gente de hoy en día no sabe ser discreta – María Teresa suspira nostálgica y retira la tapa del carrito, como si quisiera encontrar aquella época al fondo de ese pozo oscuro. Después le sobreviene una duda sobre las fuentes – ¿Pero cómo se ha enterado usted, doña Eugenia?

– Huy, ¡he visto una pintada donde lo acusan! Allí, allí en el hogar del jubilado.

– ¡Serán cochinos! – se altera María Teresa – ¿No pueden avisarnos de otro modo?

– Ya ve. Pues dice hasta el nombre. Un nombre rarísimo – afirma Eugenia.

– Será extranjero, como todos los criminales que vienen a este país. ¿Me lleva usted a ver la pintada?

– Con mucho gusto.

Las mujeres se cogen del brazo como dos amigas. El perro, en su alivio, se despereza lentamente y luego se ve arrastrado de nuevo. Los tres caminan a la misma velocidad y piensan en qué van a comer y a quién van a contar la anécdota del criminal y del orín, ambos fugados.

– Lo que usted decía, señora Teresa. Extranjero, seguro. Me apuesto mi medallita de la Virgen del Carmen.

– ¿Quién será? Suena como italiano – aventura doña Eugenia – Lo mismo ha venido en patera.

– Lo mismo es moro. A saber.

– Vámonos a casa, que aunque ahora es de día, nunca se sabe.

– Sí, sí, yo ni voy al súper. Además, ya me estará esperando mi marido.

Se separan sin despedirse, como se hacía antaño en los pueblos, cuando tenías la certeza de que en unas horas volverías a ver a la otra persona y en vez de “adiós” simplemente decías “venga” o “hale.” Apresuran el paso en la medida en que se lo permiten las articulaciones.

El pobre perro no quiere irse a casa y tuerce el morro. Apenas acaban de salir a la calle y ha tenido que hacer sus necesidades en condiciones irrisorias. ¿Qué menos que un paseo por el césped para jugar un poco con las hojas muertas? Todo por culpa de aquel criminal, piensa mientras gira la cabeza para ladrar con rabia a la pintada: “PATRIARCADO ASESINO”.

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