Desde un alma

Lo que yo no quiera darte, no me lo podrás quitar.

La nota pendía de la rama de un árbol, mecida en la propia ausencia de su autor. Tal vez tomaba aliento, o sólo se rendía a su harakiri vegetal en busca de una casualidad forzada, seduciendo ya a cualquier lector. Detenerse era sólo una máscara de prudencia. Por su tinta, inyectada en lugar de posada sobre la superficie, se intuía el despecho, la idea fundamental transparentándose por el dorso del papel, queriendo huir, no posponer el vuelo. Denotaba también el cansino desarraigo, la necesidad infinita de simple contemplación desde lo alto. Ver adónde se dirigen los pasos de los otros. Mirar, mirar, las manos aferradas a paraguas, a otras manos, a teléfonos portátiles y a golosinas. Empalada a propósito, con las alas dispuestas; un pliegue central marcaba la frontera entre lo suyo y lo ajeno, escrito todo con la misma letra, en el mismo folio. El trazo imaginario que la identidad y la cordura precisaban, rasgado por la abertura sangrante de su torso y una rama asomando sus borbotones hacia el vacío: un sacrificio ignorado por los viandantes; un agujero hiriente hacia el futuro, túnel de letras y madera, un grueso fósforo que recuerda al suicidio.

La traición nos observa y nos espera. Nos caza, nos desnuda, nos desguaza. Nos reduce a la nada, a una mano, a otra mano, al mango de un paraguas. A un teléfono, o a alguna golosina. 

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Mientras el hombre vive

Cuentan que los dioses nos regalaron el sueño por compasión, pero también porque los estábamos olvidando y necesitaban de nuestra atención. Y es que los dioses padecen también de inseguridades. Los seres humanos lo aceptaron: por un lado, porque no les quedaba otro remedio; y por otro, porque intuían las catastróficas consecuencias que conlleva el hacer sentir frágil a cualquier dios. Así que los unos entre vengativos y generosos, los otros entre sumisos y dispuestos a dejarse hacer, dioses y humanos firmaron la creación de este meeting point en tierra de nadie, que tendría como función reparar lo dañado, restablecer el orden y mitigar, o acercar por el contrario si fuera necesario, a los fantasmas.

Así pues a determinados tipos de hombres, los dioses les entregaron el vacío que necesitaban para sus vidas repletas, desordenadas y excesivamente lógicas. Este abismo era personal e intransferible, ya que de haber sido compartido, el propósito del mismo se habría visto anulado. Por lo tanto el susodicho caía rendido, o tras un par de horas de insomnio, en un mar caliente y oscuro que no recordaba a nada. El placer momentáneo ahogaba cualquier asomo de desubicación y el durmiente se entregaba, libre de voluntades. Olvidaba. Y en ese olvido había miles de espejos en los que su rostro, multiplicado, le gesticulaba muchas preguntas: aquélla bondadosa, ésta un reproche, la de más allá, un simple cómo estás. Y el durmiente conversaba consigo mismo hasta que se quedaba dormido y sonaba el despertador.

Luego estaban los afortunados. Sí, por supuesto que el vacío es tentador, pero no deja de ser una desdicha si se repite cada noche; y lo sería indudablemente en este segundo caso, en el que los durmientes ya padecían de vacío durante su vigilia. No; los dioses necesitaban su equilibrio. Al sueño lleno y suculento se accedía por una escalera de incendios apresuradamente. Al mirar abajo, se veía a un extraño que nos perseguía cubierto por una capa y un sombrero; agitaba el puño porque tenía vértigo y había de abandonar su caza en la acera. Se llegaba a un ático, donde el amor de nuestra vida nos saludaba con un beso apresurado y nos pedía que nos quedáramos. Imposible, el sueño tenía que continuar trepidante e insensato. Cruzando por varios pasillos nos topábamos con tres ascensores. El primero subía, el segundo bajaba y el tercero no se abría, porque en su interior estaba el mar caliente de los sueños de los otros, sonando como una ducha tras una puerta de baño cerrada. Los que soñaban este sueño sabían que los dos primeros ascensores conducían al mismo lugar, pero sería una lástima desvelar aquí cuál es y por mucho que nos torturasen para ello, no sabríamos explicarlo.

Ambas recompensas hacían felices a dioses y hombres.

P.D. La razón de que el hombre se sienta desamparado y se vuelva ateo es muy sencilla: los dioses duermen mientras el hombre vive; y nos observan mientras soñamos. Por eso los sueños son incomprensibles. Están escritos en idioma sagrado.
Son la literatura de los dioses (y nuestros sueños recurrentes, sus best-sellers.)

Sobre esta vida perra y dementora.

Niños, piénsenlo dos veces antes de convertir sus aficiones en obligaciones, porque quizás acaben compartiendo los últimos momentos del día con las personas que más odian o dediquen su tiempo libre a cosas insípidas como tender la ropa o aplastar metódicamente los cartones de leche para que quepan en el cubo de la basura. O lo que es peor: abandonarán los libros y se dedicarán a ver series americanas que les digan cómo sentirse con respecto a su sexualidad o a sus sueños. Niños, piénsenlo dos veces antes de crecer; y si van a crecer hacia arriba, será mejor que intenten crecer también hacia adentro.

Anoche intenté por todos los medios no quedarme dormida porque necesitaba soñar. Probé a ponerme de pie, manteniendo el equilibro sobre una sola pierna. Paseé por el pasillo y a cada vaivén leí una de las cartas que se apiñaban en el recibidor. Ninguna me mandaba recuerdos; sólo números, sólo productos coloreados. Al final logré un insomnio bastante aceptable y al amanecer me senté en el alféizar e imaginé que tenía un laúd, pero sonaba tan desafinado que tuve que lanzarlo por la ventana y chocó estruendosamente contra el asfalto del patio interior.

Mañana quiero volver a despedir al alba. Pero no al cerrarse las puertas de un ascensor sino al cerrarse mis párpados. Mañana voy a quedarme dormida y no voy a ir a trabajar. O mejor: iré dormida y nadie va a notarlo. Me pagan demasiado poco como para reparar en mi velocidad de reacción o en la dirección de mi mirada. Quizás lleve las gafas de sol. Seguro que así el sol se da por aludido. El sol, o quienquiera que nos mire desde allá arriba.

Me di cuenta de que la persona encargada de limpiar los cielos trabaja demasiadas horas al día, como todos nosotros. Y que empieza siempre por arriba, es decir, por el sur, donde los deja vacíos y de un azul reluciente. Cuando llega a esta latitud se cansa y se sienta en una silla, o coge su furgoneta, o se muere y ya está. O se le acaba el contrato. Este cielo está sucísimo y yo no alcanzo ni a tocarlo.

Languidecer.

Languidecer es un verbo que me apetece. Me lo comería para recuperar fuerzas, para mostrarme de nuevo el sentido. Me arroparía ahora mismo con él, no por el frío, sino por la cantidad de ojos que me miran; y sobre todo, por los que ya no. Suena a padecer largamente. A obedecer los apetitos. Languidecer suena como sonaría el lecho de un río en verano, sobre el que te acostases sin meter la cabeza. No se puede languidecer en un edificio con ascensor, ¡de ninguna manera! Sentado en un taburete, tampoco es cómodo. Tengo la idea de que uno necesita tumbarse para languidecer. Además, necesita pensar sin proponérselo, o proponerse pensar pero no conseguirlo. Cualquier acto voluntario paraliza el languidecer y lo hace rígido, como una corriente de aire endurecería una cascada de cemento que hasta ese momento era libre e incluso bella.

En la calle Reichenberger hay un perro que me da mucho miedo. Menciono el verbo haber, y en presente, porque siempre está allí. Su posición denota alerta y su raza me inspira desconfianza, porque hacia los animales también tenemos muchos prejuicios. Al bebé sólo le produce curiosidad y yo lo envidio. El peligro nos elige en función de nuestra percepción hacia él. Supongo que nos imantamos nosotros solitos. El caso es que este animal tiene siempre una mirada lánguida, porque el dueño es lánguido también, como si fuese miembro de esa secta de personas a la que me gustaría pertenecer. Nunca he hablado con él. Me parece de otra esfera.

El bebé mantiene un silencioso diálogo con el perro y me pongo celosa. Hablan de la comodidad de ser cuidado, de la indiferencia que les provocan ciertos fenómenos y de cómo dan un respingo cada vez que escuchan un estruendo. Después discuten sobre quién tiene más miedo de la oscuridad, o de quién disfruta más de las caricias. Al final se ríen, lo sé aunque no pueda oírlos, porque saben que mañana quizás nieve y puedan jugar. Como dos adultos que, conversando en una fiesta, saben que el otro podría ser el amor de su vida, pero también que jamás volverán a verse, el bebé y el perro comparten un mismo universo, observable pero impenetrable, que renuevan cada vez que se cruzan, o cada vez que se cruzan con un perro o con un niño que se les parece. 

 

España en una cajita

Mamá me ha mandado un paquete que está a punto de llegar. Se avecinan las vacas flacas y las nieves, y tanto el transporte como el ocio en esta ciudad son caros, es decir, que mis planes se van a reducir a los 15 metros cuadrados de mi habitación y de las de mis pocos amigos. Por eso le pedí que me enviara una baraja española. Por eso y por no sentirme tan sola en Navidad cuando todos se vayan. Se me ocurre que voy a sentar a la mesa al rey de copas; lo moveré como una marioneta y le obligaré a decir: me llena de orgullo y satisfacción. Ensayaré varias voces -y varias veces- hasta que salga la definitiva. Después le apuntaré con una linterna directamente a los ojos y lo torturaré: ¿orgullo de qué, personajillo caducado? Seré cruel, le diré atrocidades hasta que llore pero después lo rodearé de sotas y se callará. Haré una carrera con los caballos: él mirará complacido. Después comprobaré si ha mordisqueado el jamón serrano que venía junto a él en la caja, en ese caso cometeré regicidio.

El otoño es época de resignación, en este lugar. El otoño prácticamente no existe, al igual que la tarde. Existen el mediodía, la sobremesa y la oscuridad, por ese orden. Hay que hacer un esfuerzo para darse cuenta de que la vida sigue cuando se pone el sol; hay que recuperar las ganas, los proyectos; hay que dejar de posponer las llamadas y el correo y darle una nueva oportunidad a ciertos libros que se nos atragantan una y otra vez. ¡Hay que rebelarse contra la hibernación! Y hay que cambiar de opinión para regenerarse.

Pero otras cosas deben permanecer firmes. Entre el comer y el jugar, hay que elegir siempre lo segundo. Porque para limitarnos a masticar cómodamente ya tenemos la primavera y el resto de nuestras vidas.

Tienes 10 minutos para escribir un relato (I)

Tiene que ser un nombre con S. Y no vale Sonia ni Selena.

Soledad, por supuesto.

Soledad se detiene en el paso de peatones que cruza hacia la otra acera de la calle Arturo Soria. Espera pacientemente y cruza. Lo hace porque, desde ese lado, puede observar los coches que circulan hacia la periferia por la autopista, en la misma dirección de su marcha. Es decir, que los ve de espaldas. Que los ve irse. Que puede despedirlos como cada tarde, desearles un buen fin de semana los viernes, y sentir que las luces de freno parpadean un momento muy breve hacia arriba, hacia el puente por el que ella se asoma. Los autobuses truenan y algunas motos apenas reaccionan, pero en general todos devuelven el saludo.

Pero Soledad ha de estar atenta. Hechizados por su silueta femenina, que es capaz de petrificar el atardecer, algunos transeúntes se detienen junto a ella y comienzan a hacer algo muy peligroso, tanto para ellos mismos como para los demás y contra lo que varias campañas de tráfico han estado trabajando: pensar.

Al principio sólo le preguntan qué está haciendo. Algunos van directos al grano: ¿No te querrás suicidiar, bonita? Lo dicen como esperando un sí, un poco de emoción. Lo dicen como un ¿no querrás llevarte también un kilo de peras limoneras, que están maduras? Otros esperan a que ella abra el camino conversacional, hasta que se dan cuenta de que siempre está abierto y sencillamente, se dejan llevar por él como por los hilos luminosos que tejen la  hipnótica serpiente que repta por debajo de Arturo Soria.

Hablan, pues.

A alguno le permite suicidarse. Qué va a hacerle ella. No puede luchar contra los buenos argumentos. Otros se enamoran de Soledad, y le llevan chocolatinas y fotos antiguas de personas desconocidas, porque son dos regalos que combinaban muy bien y dotan a la escena de una nostalgia artificial muy necesaria para este tipo de encuentros.

Pero los que más le gustaban a Soledad son los niños. Se acercan a ella cubiertos de barro, sol y picaresca, y siempre traen algo que han visto en la televisión para ser imitado. Las originalidades son poco comunes, pero sí, a veces también inventan los juegos -o quizás solamente olvidan las fuentes-. A veces lanzan aviones de papel, que terminan muertos bajo las ruedas de los camiones o milagrosamente encajados en un limpiaparabrisas. Todo depende de la dirección del viento de ese día, le explican los niños a Soledad.

(Me sobrepasé un minuto.)

Enemigos, liquidación de existencias.

Después de haber vendido ya dos antiguas figuritas de porcelana y mi motocicleta, toqué fondo poniendo en venta lo único que me sobraba y a lo que, a la vez, podía renunciar: mis enemigos.

Puse un pequeño anuncio en la biblioteca municipal. Cogí prestada una chincheta a un profesor de guitarra a domicilio; la otra a la casera de un piso de estudiantes. Colgué mi oferta de sus dos esquinas superiores y acto seguido, me di la vuelta y volví a mirarlo casi con un espasmo, para tratar de recrear la espontaneidad con la que un transeúnte cualquiera se llevaría esa primera impresión que yo trataba de descubrir, pero que siempre era mi segunda. Mi tercera. Mi cuarta. Dejé mi estúpido paso de baile y corrí escaleras abajo. Aunque desde allí volví a mirar mi cartel.

En menos de 24 horas recibí un par de llamadas. El autor de la primera quería mejorar mi conexión inalámbrica a internet y yo se lo agradecí cortésmente antes de añadirlo a mi lista de sujetos en venta. La segunda era una chica muy tímida, probablemente extranjera, que acababa de llegar a la ciudad y necesitaba alguien con quien formar un grupo de debate.

Yo le expliqué muy despacio la situación: mis enemigos no eran tertulianos de plató ni espejos frente a los que sentarse a dialogar sobre qué hay más allá de la vida o más acá de la muerte. Eran verdaderos cúmulos de mi odio concentrado. Eran rencor con cuatro patas y dos ojos. Eran feos por dentro según yo. Los vendía baratos porque no valían más y porque necesitaba el dinero con urgencia para gastármelo en drogas, por ejemplo. La chica se quedó muy callada durante unos segundos; y luego me dijo muy suavemente que yo le daba pena.

Colgué sintiéndome un poco indiferente, pero lo cierto es que, durante las semanas siguientes, al irme desprendiendo de aquel cabrón, aquella mala amiga, este vecino loco y algún profesor presuntamente pedófilo, la frase iba adquiriendo más y más peso y posándoseme sobre la coronilla como un gas deefectoinvernadero harto de que nadie le preste un rato de atención.

Vendí a mis enemigos, me pregunté si ellos me habían vendido a mí también, si por eso sentía ese vacío, que es igual que decir que no sentía nada. Me compré una pizza precocinada y se me pasó un poco. Quise llamar a la chica y rectificar en lo de los espejos. Pensé en regalarle un espejito con tapa. Pensé, ¿y si fuera guapa? No quería crearme una enemiga que no me conociera, eso sí que sería un peso para ella. Y si es frágil, pensé.

Busqué su número en la memoria del teléfono. Tantas habían sido las llamadas de esos últimos días interesadas en comprarme, que se había borrado automáticamente, como si ese cacharro todo pintorrejeado de dígitos fuera una maldita máquina del tiempo.

Salamanca 1939

 

Cada vez dudo menos de la paridad entre una región y sus habitantes. Cuando mis padres decidieron regresar por el camino de sus raíces, nosotros, los que ya éramos flores, nos sentimos un poco desubicados, pese a que por nuestras arterias fluyese la savia de un carácter a cuyo sabor estábamos muy acostumbrados. Sabor sobre todo a embutido, a legumbres; y a agua con demasiado cloro. Pero alejándonos de la gastronomía: mudarme a Salamanca supuso un déjà vu que duró siete años, como si el vértice fijo del compás que trazase mi vida hubiese estado desde siempre clavado, y fuera a estarlo también para siempre, en esta casualidad de la Submeseta Norte. Es difícil desprenderse de un lugar cuando ha estado al menos tres siglos en tu árbol genealógico. Es inevitable cogerle cariño al folclore, al tonillo cantarín de su castellano purísimo, o a unos atardeceres que nada tienen que envidiarle a los de la sabana africana.

Cada vez que regreso, como decía, bien sea para poner a prueba mi fe católica durante la educación secundaria, o bien para pasar sólo diez días cerca de mis abuelos y de mis gatos y de mis bicicletas, anoto un punto en la idea cada vez más firme de que los salmantinos son salmantinos porque han crecido en Salamanca. Sufro el vicio de obviar y el de generalizar, qué le voy a hacer. Que me perdonen los cincuenta andaluces serios y los cuatro vascos extrovertidos: las raíces maman de los manantiales que tienen a su disposición, y todos sabemos que el planeta sería un lugar mucho más tolerante de asumir esta premisa previamente. En mis amagos por comprender a quienes tengo alrededor, y por ende a mí misma, comprendo también que somos solamente el suelo que pisamos y los vientos que nos azotan.

Para quien no conozca Salamanca fuera de sus callejas universitarias y sus altísimas torres de piedra dorada, diré que ésta es una región seca y árida, pero agradecida con quien la labra y la trabaja; y estaré al mismo tiempo definiendo a sus habitantes. Son y somos gente seria a simple vista y tender la mano nos cuesta pensárnoslo un par de veces. Creo que ahondar en nosotros es un proceso muy lento y caeré en el cliché al decir esto, pero gran culpa de ello deben tenerla las heladas inmisericordes que convierten al campo -cada vez menos a menudo- en una especie de anulación que va de horizonte a horizonte y de norte a sur. Hoy en día y en nuestra vida de ciudad y capitalismo, las coyunturas meteorológicas se reducen a anécdotas, pero imagino, con esa imaginación que me otorga haber escuchado atentamente a mis mayores, las heladas como una reclusión impuesta por Dios, como un castigo para la vida floreciente, para los brotes que iban a ser cosecha y que iban a ser sustento. El invierno como negación, como amenaza y como puro azar del que no se puede huir. Y tres cuartos de lo mismo en verano: ni la altitud ni la latitud nos libran del batallar continuo de abanico, de siesta, entonces de botijo. Los labradores salmantinos han nacido y han muerto con el sufrimiento físico pegadito a los huesos, y por eso no podían permitirse que les doliera también el espíritu. Mi conclusión es que ese estoicismo es la causa de su ser y no ser. De su no quejarse demasiado, de su excavar pozos, porque pozos siempre hay. De aprovechar la tierra que se ha sacado de ese pozo para otra tarea. De las misas de los domingos, de comulgar con ruedas de molino, de nunca decir no, de ver pasar de lejos a los Comuneros tras el escondite de sus visillos. De dejar que fueran ejecutados. Castilla es la España profunda y nadie le hace ni puñetero caso.

No me juzguéis: todo el mundo busca excusas para los errores, o tan sólo para los sucesos, que acontecen a su alrededor. A mí me gusta buscar en los inicios, en las causas, casi en el clima, como veis. Por eso, para que mi cabecita acepte ciertas cosas, justifique de algún modo otras, juego a ser antropóloga o alguna cosa así, porque de historiadora ya tiré la toalla, o mejor dicho, no llegué nunca a cogerla. Se trata de conjeturar para calmar mi conciencia y la de mis antepasados, a los que por cierto no creo que les hiciera mucha gracia leer todo esto. El único objetivo es encajar las historias que van surgiendo en mi pueblo, o en mi familia, de manera que sus recuerdos se conviertan en una base sobre la que erigirme, y de manera que pueda moldear unos valores que actualmente son injustos, desfasados, mitológicos casi, para que completen mi vida sin alterarla, porque renegar de ellos es imposible. La idiosincrasia es la piel de la memoria, y arrancarla supone lanzarte a su tumba para morir con ella.

Toda esta reflexión nace de una de esas conversaciones en las que el tiempo te produce vértigo. Mi abuelo no recordaba que junto a la iglesia estuvo un día la escuela. Pero que mi abuelo no recuerde cosas es tan normal, que su afirmación no me causó ninguna impresión. Lo que me afectó fue lo que dijo después: que tampoco nadie que él hubiera conocido le había contado nunca que la escuela hubiera estado allí. “Abuelo”, le dije, “tú tienes casi cien años. Si no tienes ninguna referencia de ese sitio, quizás la escuela estuvo allí hace doscientos.” No sé si realmente me escuchó, pero a mí el hecho de imaginarme niños de hace doscientos años, corriendo por la misma calle que pisábamos, me produjo tantos escalofríos como me habría dado el ver a sus fantasmas recitando las tablas de multiplicar. La Historia es un fruto venenoso de delicioso aroma y en éstas mis epifanías absurdas entiendo por un instante a sus adictos, entiendo la maldita fragilidad del ser humano, su constante repetición que además nunca lo es.

Seguimos caminando y haciendo cuentas. Siempre me alegró saber que mi abuelo nació en el 27, ajeno a las maravillas literarias, que entonces no eran más que modas, que se desarrollaban en otros lugares. Pero yo nunca había hecho la suma, aunque tuve siempre en mis manos los sumandos: mi abuelo dejó la escuela en 1939, año del fin de la Guerra Civil. Lo que para mi abuelo es hoy un suspiro de resignación, a mí se me antoja un maldito símbolo histórico que se me clava en las entrañas. Mi abuelo tenía 12 años y se fue a escardar con un tal Bernardo. Mi abuelo aprendió a leer, a escribir y las operaciones aritméticas básicas; y después se convirtió en herbicida. En arado, en cosechadora. Cómo coño podemos a veces rendirnos ante el tedio y declararnos tristes. Por genética, yo no tengo ningún derecho a rendirme ante nada. Porque yo tengo pantalones largos y botas para la nieve. Porque he pasado más tiempo entre cuentos que sudando.

Para mi abuelo, como contaba, el tema de la guerra no supone un punto de referencia, porque por los caminos de Castilla la guerra pasó como una liebre de noche: la escucharon tres o cuatro desprevenidos que acabaron en las cunetas y de cuyos nombres ya nadie se acuerda. La guerra para mi abuelo fue una falsa pared que su padre construyó para tapiar la que de niña fue mi habitación; y así emparedar y esconder los sacos de grano que el ejército venía a cobrar como si fuera un diezmo. Pasé noches y noches soñando con esta escena casi mágica durante años. La guerra en Salamanca, de todas formas, no fue apenas guerra y mucho menos fue rebelión. Franco debió encontrar la mesa puesta al llegar. Madrid tuvo hambre en la posguerra. Supongo que Salamanca ya la tenía desde siempre, y por eso tampoco notó mucho la diferencia.

Y aquí voy a dejar volar mi imaginación y mi aplastante lógica (y también mi ironía), le voy a pegar una patada a los libros de Historia y voy a decir que si Salamanca fue un sí para los militares, es porque nunca fue un no. La Salamanca paupérrima no tuvo nunca interés en complicarse la vida, porque la vida era ya demasiado complicada. Se necesitaba una tierra, una determinada cantidad de lluvia, salud en primer lugar y un patrón al que dedicarle un baile al año en último caso. Franco jugó la baza del catolicismo y por eso le ofrecieron una cuchara, avivaron el brasero y lo arrimaron al puchero bajo las faldillas de la mesa camilla. Porque había que hacer lo que había que hacer. Porque si no se hacía lo que se debía, las semillas no brotaban y el estómago rugía, o el pecado te arrastraba a los infiernos. Había que ser justo, había que ser santo, había que resignarse. En definitiva: había que tragar o volverse loco, en el sentido más social de la palabra.

Creo que lo que estoy diciendo tiene al menos una pizca de sentido. Una mieja, que diría mi abuelo. Supongo que es lo que busco, sentido. Es demasiado fácil espetarle a las anteriores generaciones un “¿cómo os dejasteis hacer aquello?” Mis nietos van a preguntarme lo mismo y yo diré que me dio demasiada pereza oponer resistencia, o que se volvió demasiado peligroso. Por eso, para escapar del cómodo reproche, intento contextualizar, buscar el por qué. Comprender no va a evitar que sienta nostalgia de todo eso que no viví, pero me va a ayudar a sobrellevar las secuelas que padezco de aquellos hechos: mi forma de ser, mis ideales, incluso los pasos que voy a dar en un futuro. Todos tenemos que intentar limpiar lo más concienzudamente posible las lentes que nos permiten ver y a la vez nos limitan. Si nos preocupa algo la justicia en el mundo, tenemos que ser justos en primer lugar con nuestros orígenes y creo que empaparnos de ellos puede hacernos empatizar, y la empatía siempre implica una crítica dura y un amor extremo. O quizás el amor implique crítica y empatía. Cualquier variante vale mientras nos haga pensar. Y cualquier reflexión de este tipo es lícita y susceptible de ser comparada con la realidad actual, para que podamos encontrar respuestas, para saber por qué España es España, la España siempre quebrada, siempre orgullosa, siempre lo dicho: escarpada y dura e impasible y con la cabeza gacha para todo menos para leer un libro.

Me quedo con la imagen del consuelo de mi abuelo, que me parece muy tierna. Precisamente alrededor del año 39, (¿casualidades de la vida? No creo que lo sepamos nunca) cambiaron al maestro de la escuela. Era un señor que venía en bicicleta desde la ciudad -calculo hora y media de trayecto- y que, según mi abuelo, era mucho peor que el anterior. La gente le recriminaba no saber algunas cosas, algún alumno le corrigió y bueno, para no faltar al respeto a la memoria de gente que no conocí, diré sólo que a lo mejor mi abuelo no se perdió tanto por abandonar la escuela en ese momento, aunque ésta sea la mentira más gorda y menos piadosa de toda mi vida y de toda la suya.

Let it Snowden.

No voy a entrar en el manido debate de si las coincidencias existen o no. Voy a contarles lo sucedido; y la verdad se convertirá, cuando terminen estas líneas, en un asunto de incumbencia ajena: estarán en todo su derecho de no creerme, y en todo su deber de hacerlo.

Tengo que empezar por la mitad. Me crucé con un viejo amigo ayer por la mañana y ambos notamos el cansancio infinito en los ojos del otro. Nos reímos ante la idea de ser dos veinteañeros con apariencia de viejos poetas. Hablamos de lo incómodo que resultaría suicidarse en verano, hicimos un par de chistes negros más y al final me convenció para llevarme al Malabar aquella noche, a escuchar jazz. Yo odiaba el jazz y odiaba tener que fingir que me gustaba. Pero de nuevo vi el tedio acumulado en su mirada; y pensé que a ninguno de los dos nos harían mal una copa y un par de confesiones susurradas, acumuladas durante los años de separación y dispuestas a incordiar, pobrecillos, a los músicos.

No fue mi peor concierto en este género, aunque sospecho que el alcohol y la compañía ayudaron un poco. Al final, como siempre, se nos fue de las manos. Algo me decía que no debí haber aceptado la invitación, pero ese algo no fue lo suficientemente fuerte como para bajarme de los bancos de la calle principal, desde donde vimos partir navíos, cantamos retazos de ópera y nos dedicamos a repartir sonoros insultos a todo aquél que pasara a menos de tres metros. “¡Mequetrefe! ¡Osario!” Aquello era francamente divertido, la temperatura de la noche no descendía y finalmente nos sentamos en el banco para contar toda la calderilla que nos quedaba en los bolsillos. No era demasiada, no era en absoluto suficiente como para pagar la entrada del garito al que queríamos entrar, pero aun así lo intentamos. Yo puse mis habituales ojillos de cordero degollado, él solamente se aguantó la risa. No funcionó, así que nos metimos en el de al lado, donde sabíamos que la música sería basura, pero basura gratuita.

Al son de esa basura bailamos como poseídos, como delante de un espejo, carcajeándonos de nosotros mismos y un poco expectantes, como si tuviera que llegar alguien a decirnos que parásemos, o a darnos un beso en la boca, porque en ese momento conformábamos una escena tan adorable como grotesca. A los veinte minutos me detuve en la barra a tomar aliento y alguna cosita más. Entonces lo vi. Entrecerré los ojos para enfocar mejor su cara. No podía ser él. Llevaba hasta los mismos auriculares enormes y amarillos, y pinchaba un ‘techno minimal’ espantoso. El DJ alzó la vista y me miró, por lo que yo cogí a mi confundido amigo de la mano y me precipité con él a codazos hacia la salida. Tenía que irme de allí antes de que pudieran constatar mi identidad.

Cuando ya había recorrido media ciudad, con mi amigo persiguiéndome y pidiéndome explicaciones, por supuesto, paré a descansar en un parque bastante oscuro y traté de no echar el corazón por la boca. Mi amigo, asustado, se sentó a mi lado y me preguntó por qué huía de él. Le conté que no huía de él, sino del DJ de aquel sitio, porque debía tener interpuesta, como mínimo, una orden de alejamiento contra mí. Le había hecho la vida imposible hacía unas dos semanas, presa de uno de mis ataques paranoicos contra desconocidos de mi entorno.

Había estado pasando unos días en el apartamento de Ibiza, pudriéndome al sol y alimentando a los mosquitos, y la imagen de aquel hombre en el balcón de abajo me perturbaba a diario y en extremo. Como una estatua, permanecía inmóvil durante horas frente a su ordenador portátil, sentado en una de esas sillas blancas de plástico que ya forman parte de la fauna autóctona del Mediterráneo. Mañana, tarde y noche. Cada vez que asomaba mi curiosa cabezota, allí estaba, inmerso en quién sabe qué mundo paralelo al que llegaba aislándose con aquellos cascos, dignos de un manipulador del más ruidoso martillo eléctrico. Comencé a preocuparme. Cuando volvía de la playa, él continuaba quieto en el mismo punto donde lo había dejado al marcharme. Aquello era extrañísimo y, en esos días, los informativos me bombardeaban con noticias sobre el filtrado de datos institucional, Snowden, Wikileaks, supermanes que luchaban contra los ladrones de la intimidad. Aquello no podía ser casual y yo quería unirme a los héroes de la era de la información, no sólo porque ser heroína tiene su encanto y atrae el reconocimiento, sino porque, admitámoslo, el verano es la estación más soporífera del año.

Aburrida, equivocada y convencida de que ese espía estaba apoderándose a través de las ondas de mis más profundos e inconfesables secretos, decidí tomar cartas en el asunto y realizar mi propio ataque fuera del mundo virtual. En realidad fueron varios, primero anónimos e indignantes, luego ya pensé que, total, si aquel hombre conocía hasta mi grupo sanguíneo, por qué iba a ocultar mi rostro ante él. Mientras le contaba aquello, mi amigo abría mucho los ojos, no sé si porque estaba borracho o trataba de averiguar si le estaba mintiendo. Así que le puse el ejemplo de mi ataque final y se lo expliqué como si de una receta de cocina se tratara. La tarde previa a mi partida, había rescatado un litro de horchata al que le faltaba un trago, lo había mezclado con un paquete grande de harina y había machacado unas cuantas ciruelas para darle un color verdoso y repelente. Mi intención era lanzarle la masa grumosa directamente contra su brillante cabeza rapada, para hacerle huir presa del asco y la desorientación, quién sabía si ciego. Sin embargo, al asomarme disimuladamente por encima de mi barandilla, quedé completamente sorprendida: no estaba allí. Se había levantado por primera vez en siete días. Era humano. Bien, eso lo hacía más vulnerable a la textura de mi postre, pero la masa no se colaría entre sus circuitos para destruirlo. El cielo se abrió en ese instante sobre mi tez. ¡No entre sus circuitos! Pero sí entre los de su ordenador…

Con cuidado incliné el recipiente, y una espesa cascada de apariencia mucosa cayó invencible sobre la sesión en la que aquel DJ profesional estaba trabajando para debutar en Ibiza y hacerse famoso. Y por eso ustedes no lo han conocido hasta este momento, en el que yo me redimo presentándoles a un quieroynopuedo, a un artista frustrado y lleno de ira del que, por mi bien, sólo espero no sepa ni dónde vivo.

Fragmento (quizás.)

 

Emilia y Rodrigo acaban de conocerse. Ante la perplejidad de él, ella pregunta: ¿Cómo crees que será separarnos? ¿Qué cantidad de lágrimas es necesaria para que una persona no necesite llorar nunca más? La pregunta no es del todo exacta, no es del todo… correcta. Deja que la reformule, le pide Rodrigo, pero ella se autocorrige. ¿Qué cantidad de lágrimas es necesaria para que una persona crea que nunca más va a necesitar llorar? Es curioso, Emilia, francamente divertido, perdóname el sarcasmo, cómo has dado por hecho que este encuentro nuestro va a terminar en lágrimas, no hoy, quizás tampoco mañana, pero un día cualquiera del futuro, un día que se asemejará a uno pasado, que será idéntico, así que quizás sí sea hoy, quizás ya fuese ayer, Emilia, el día en que lloraste por nosotros aunque aún no nos conociéramos. Es curioso que hables de que una persona no necesitaría llorar nunca más cuando ya haya llorado lo suficiente y, sin embargo, estás planeando que un día vas a llorar por mí, estás presuponiéndolo, oliéndolo en el aire, la intuición del dolor arde por encima de estos vasos en los que tan sólo queda el hielo. Emilia, Emilia, no quiero sonar cínico, no quiero sonar reduccionista, pero la cantidad de lágrimas necesaria para que una persona no necesite llorar más es inconmensurable y se reduce a nada, porque ese nunca más es incierto, incierto, Emilia, incierto, no cierto; es falso. Y no quiero parecer un sabio, querida, pero la cantidad de lágrimas necesaria para que una persona crea que nunca más va a necesitar usarlas es cualquiera. Me vale una gota y me vale un río. El impulso con que la Tierra, al girar, obliga a levantarse al ser humano cada vez que cae, esa contradicción con la que el planeta se ríe de su propia condición gravitatoria y de nosotros sus parásitos, hace que la suma de lágrimas sea indefinida, porque el ser humano, independientemente de lo vacío que quede, va a volver a llenarse. Y lo que es más importante aún: va a querer volver a llenarse. Ésa es mi respuesta, Emilia: Si quisiéramos acumular una cantidad precisa de lágrimas para no tener que llorar nunca más, no las derramaríamos, no irían a parar al camino final de la evaporación; que me parece, si puedo incluir el comentario, la manera más elegante de morir. Ojalá fuéramos líquido. Muy bien, reconoció Emilia, y sin embargo yo tengo otra respuesta que con creces va a superar a la tuya. Vamos, pregúntame de nuevo. Emilia, niña Emilia, tú y tus juegos… de acuerdo, ¿cuántas lágrimas son necesarias para que el ser humano crea que no necesita llorar nunca más? Y Emilia sonrió muchísimo, su sonrisa se expandió por toda la sala con satisfacción: Las lágrimas, Rodrigo, pueden ser suficientes para ciertos propósitos, y escucha bien la palabra, comprende el significado que encierra, suficientes, Rodrigo, suficientes, pero jamás van a ser necesarias. Y bueno, como es lógico, tras el cortejo dialéctico llegó el contacto físico, vino como para corroborar, como para dar el último paso, subir el último escalón y divisar un fin allí a lo lejos, un fin cualquiera, impreciso y ficticio, allá abajito, y aquella distancia que los distanciaba del fin también podría ser cualquiera, ellos lo sabían, siempre lo supieron, que los horizontes son tan peligrosos que deberían dejar ciegas a las personas y que sin embargo, las dejaban en éxtasis, las transformaban en gigantes, las convertía en dioses, que es lo mismo que decir: les devolvía la inocencia.